10:36 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Atrapados por el vicio

Título del libro

 

Género: Novela breve

 

Carátula original:

 

Sinopsis:

La trama transcurre en una pequeña ciudad cubana de la zona oriental de Cuba, y la trama adentra al lector en una realidad marginal de la que muy poco se habla pero que no por ello deja de existir en esta nación caribeña.

Novela que el autor califica entre sus creaciones de apropiadas para la espera en aeropuertos y estaciones del Metro, tal como hace con todas las que clasifica entre las novelas breves, cuya relativa poca extensión las convierte en ideales para ser leídas en poco tiempo y poseen una gran intensidad narrativa.

 Resumen argumental:

Enmarcada dentro del género policiaco, el texto relata el vía crucis que debe atravesar el oficial de la policía cubana Félix Ramírez cuando se propone evitar una matanza entre un grupo de delincuentes vinculados al mundo de la droga, muchos de cuyos integrantes fueron protegidos antaño por un oficial corrupto. Durante el curso de sus investigaciones, Ramírez descubre hechos sorprendentes.

 Muestra de los dos primeros capítulos:

 Capítulo 1

Jamás pensé utilizar los recuerdos para exorcizar a mis fantasmas, y es que en alguna medida la muerte de Armando del Real resume todas las muertes ocurridas a mi alrededor e incluso, aquellas lejanas a mí que no solo no pude evitar, sino también que no imaginé o por el contrario, ocurrieron porque otro como yo no supo (o no pudo) llegar a tiempo para que en ese instante al menos no sucediera. Aunque por supuesto, tampoco lloré por la muerte de Armando del Real.

Mi sentimiento de culpabilidad quizás fueron más bien mis estudios universitarios, porque según explicaba en sus clases el doctor Abel Morales Azcuy, era una obligación inexcusable de la policía poner en conocimiento del fiscal los hechos apenas iniciara las actuaciones y además atenerse a los términos legales durante la etapa de las diligencias de prueba, así como cumplir otros deberes que pasaban a segundo plano para mí cuando metía los ojos dentro de mi trabajo y no era capaz de sacar la nariz ni para respirar.

Basta de exordios y vayamos al grano, porque es la única forma que tengo de exorcizar esos fantasmas de que hablé y que todos tenemos, como me sugirió al que le dicen Santiago el Rojo aquella tarde que de manera encubierta fui con él a psicoanalizarme creyendo que sería la forma más directa de penetrar en el mundo de la droga en esta pequeña ciudad con ínfulas de ser grande.

Seis meses antes, llegué aquí cargado de ilusiones y de planes; después de haberme graduado en la academia de cadetes me había mantenido en puestos subalternos hasta que concluí los estudios universitarios y entonces me decía a veces sin creerlo, o se lo confiaba a mi mujer cuando despertaba en las madrugadas y el insomnio me obligaba a acariciarla más allá del deseo: “No puedo creer que ya soy un licenciado en Ciencias Jurídicas”.

—Capitán —me dijo el coronel Altuna cuando me recibió en su oficina, amplia, amueblada con sillones donde uno se hundía y hubiese podido dejar allí todo el cansancio de noches sin dormir esperando algún alijo de droga en la costa—, a partir de hoy se hará usted cargo de los casos que venía llevando el teniente Lorié.

Así de manera tan simple me instalé en una oficinita que apenas rebasaba los cinco metros cuadrados, luego de haber entregado mis documentos oficiales en el área de personal.

Ahora tendría que preocuparme por el traslado de mi esposa y los niños hasta este lugar, un sitio que los habaneros llamamos el campo porque se sale de los límites de La Habana que consideramos metropolitana y desde luego, además entablar relaciones adecuadas con mis futuros compañeros de trabajo, llegando hasta un mundo regido por leyes diferentes a las de la capital cubana, allá donde lo más importante es el dinero, al menos en el reparto residencial donde vivía con mi esposa y nuestros hijos.

Aquí, apenas llevaba unas horas de haber entrado por vez primera al la Delegación Provincial del Ministerio del Interior, varios compañeros me habían dado ya la bienvenida, expresando su voluntad de ayudarme en todo.

—¿Sabes lo que es todo? —me preguntó un capitán que dentro de unos días sería para mí simplemente Reutis—. Que si necesitas que te laven los calzoncillos también puedes contar con nosotros.

Los que estaban junto a Reutis y a mí, rieron al ver la expresión de mi cara más apropiada para una recepción oficial que para un encuentro entre compañeros de trabajo durante el horario del almuerzo. Durante la hora del descanso, Reutis me llamó aparte; sus dedos gruesos parecían enormes plátanos y la piel no era tan negra como para que pudiera decirse que era negro, sino eso que de manera eufemística llamamos en Cuba un jabao. En fin, que más parecía una de esas figuras de santos deformes que venden los negociantes de la fe en Shangó y Obatalá que propiamente un oficial de policía.

—¿Ya Altuna se entrevistó contigo? —fue directo, sin rodeos, como me gusta a mí que sean las personas.

Le expliqué que si entrevistarse con alguien significaba una taza de café de por medio, brindar de una caja de cigarros Popular que no acepté porque no fumo y algunas palabras de aliento tan generales como preguntarme por la familia o interesarse acerca de cómo había dormido la noche anterior, entonces sí, el coronel se había entrevistado conmigo. Desde luego, yo cumplía con el principio de la compartimentación al no confiarle al capitán Reutis que con voz ordenadora el coronel expresó al final de nuestro encuentro, como para que no tuviera dudas: “Fíjese bien porque luego no quiero rollos, lo único que usted tiene que hacer por el momento es evaluar la situación objetiva de la droga en esta ciudad”.

—Altuna es una gran persona —rotundo, Reutis no me dejaba lugar para las dudas. El coronel llevaba cinco años aquí, y poco a poco fue acabando con ciertas prácticas que anteriormente llegaron a convertirse en algo tan normal como detener a un delincuente sin haber confeccionado el expediente o con el aporte de pruebas insustanciales. También cortó algunos procedimientos que ya eran rutinarios, como enamorar a la mujer de un detenido con el propósito de acumular evidencias, llegarse hasta el lugar de los hechos y sembrar una buena cantidad de semillas de pruebas, la confianza excesiva en los agentes encubiertos y otras costumbres que fueron pasando de año en año por el tamiz de la indolencia sin que a nadie le importara. En definitivas, todos luchaban por el mismo propósito: acabar con la droga por el método que fuese necesario justificándose con aquella manida expresión de que el fin justifica los medios.

Altuna en cambio era un jefe apegado a los procedimientos legales y no admitía la desviación hacia el terreno de la ilegalidad que combatíamos por razones del oficio policial. Días después le escucharía decir esto en varias oportunidades, y fue precisamente aquella manera torcida de proceder lo que había sacado de este lugar al teniente Lorié.

—¿Fueron esas las razones? —le pregunté interesado a Reutis al llegar a este punto de la conversación.

—Exacto —dijo mientras prendía un cigarro—. El coronel en casos como el de Lorié siempre es inflexible.

Nunca llegué a conocer en realidad al mencionado teniente, porque lo habían trasladado hacia un trabajo de poca importancia en otra provincia; sin embargo, en todo momento su actuación fue desde ese instante un referente de lo que jamás aceptaría. Tantos años estuvo Lorié en este lugar, que conocía con igual profundidad a sus informantes personales, a los asignados centralmente por la agentura y a los propios traficantes y consumidores. Muchos delincuentes pasaban frente a él una o dos veces al año, o los visitaba para convencerlos de que no continuaran relacionándose con alguno de los fichados, de tal manera que en una oportunidad compartía con cualquiera de ellos una taza de café, en otra un trago de ron, hasta que un día lo llamó a conversar Yiseldis Molina, alias El Guapo, un joven de apenas veinte años al que algunos de sus compinches le decían como sobrenombre El bárbaro de la yerba.

El Guapo sabía que a Lorié no le importaban los traficantes menores, porque para ir detrás de ellos tenía a sus agentes, ni tampoco los tramposos porque a esos los controlaba por mediación de sus informantes que habían logrado penetrar aquel mundillo de cosecheros y pasadores. A Lorié sólo le interesaban los que entre nosotros llamábamos los importantes.

“Mire teniente, yo sé que usted así vestido de civil puede conversar conmigo aquí en esta carpita mientras nos bebemos unas cervezas”, comenzó diciéndole Molina a Lorié según la versión que recuerdo narrada por Reutis, aunque advierto que otros oficiales lo contaban de diferente manera.

Al poco rato de haber comenzado a conversar, el teniente Lorié aceptó beber una cerveza Bucanero porque en realidad hacía bastante calor, y con lo que ganaba al mes apenas podía costear la manutención de los dos hijos del primer matrimonio y alimentar y vestir a la familia actual con tres hijos más.

El Guapo también sabía que al teniente le perjudicaba que los volviesen a ver juntos, le dijo para tranquilizarlo cuando ya habían bebido lo suficiente como para tratarse de una manera parecida a la amistad. Sin embargo, de ahora en adelante sería un hermano de Molina quien se encargaría de entregarle todos los meses esta ayudita.

Y mientras pronunciaba la última palabra, metió la mano en el bolsillo, la movió en un arco que parecía un intento de agresión y ya Lorié tenía de manera inconsciente la mano derecha al nivel de la cintura donde la Makarov de reglamento con una bala en el directo le daba cierta sensación de superioridad, cuando comprendió que no se trataba de ninguna agresión.

“Quiero fumar la pipa de la paz con usted, teniente”, dijo El Guapo en el instante que depositó el sobre justo al alcance de la mano de Lorié; la franca sonrisa que mostraba unos dientes perfectos desarmó por completo las defensas del oficial.

Si después bebieron cinco o diez cervezas más, resulta irrelevante porque a fin de cuentas, yo soy de los que creen que un policía es un ser humano en nada diferente a cualquier otro, y si decide emborracharse esa es su propia decisión que a nadie incumbe. Incluso, el teniente hubiese podido echarse el sobre al bolsillo sin que le temblara la mano como le tembló cuando sus dedos oprimieron el paquete, o habiéndole temblado no atreverse a conocer su contenido antes de tiempo.

Mientras un rato después Lorié permanecía encerrado en el baño de la casa, la mujer le gritaba improperios. Borracho de mierda, descarado, parece mentira que salieras a las siete de la mañana en la motocicleta Ural para la Delegación Provincial y te aparezcas a esta hora sin importarte si los muchachos bebieron leche o tienen ganas de tomarse un helado aunque sea de los que venden en El Yumurí. Claro, siempre compartiendo con tus compinches, esos policías de mierda con los que parece que resuelves todos los problemas, desayunas, almuerzas y comes en la Delegación como un rey y a nosotros que nos parta un rayo; pero lo que más me jode es que nunca habías venido borracho.

La mujer de Lorié se desgañitaba, y a él le temblaban las manos. Sabía que su deber resultaba inexcusable: esperar el día siguiente sin rasgar la tapa del sobre y llegar donde Altuna y decirle: “Coronel, necesito comunicarle algo de extrema gravedad. Los traficantes están tratando de comprarme”. Después, cuando llegara el momento del juicio contra Yiseldis Molina, alias El Guapo, podría testificar, responder las preguntas del fiscal y la defensa, aclararle algunos detalles al presidente del tribunal y sentirse orgulloso de no haber faltado al juramento que un día hizo ante la bandera cubana.

Sin embargo, allí recostado contra la pared del baño mientras las ofensas de su mujer atraviesan la puerta, el teniente Lorié rasga el abultado sobre porque está deseoso de descubrir qué precio le ha puesto El Guapo.

—Durante dos años —dice en tono conclusivo Reutis—, el teniente nos estuvo engañando. Hasta que…

—Se cumplió —lo interrumpo— una verdad bíblica que dice: “Nada ha de andar oculto que no sea en alguna ocasión revelado”.

—Exacto —sonríe Reutis—. Y entonces llegas tú a ocuparte de ese digamos… tumor… que Lorié ha dejado en activo, reproduciéndose más allá de la voluntad de Yiseldis Molina, al que no hemos podido todavía agarrar por el cuello.

 Capítulo 2

Con el paso de los días mi vida comenzó a acomodarse. La compañía de Ana Julia y los niños en aquel apartamento de un edificio ubicado en el Reparto Las Cuarenta, rodeado de otros militares tanto de las Fuerzas Armadas como del Ministerio del Interior, ya me estaban haciendo sentir parte de esta ciudad cuya historia comenzaba a conocer en los matutinos diarios de la unidad, los programas de la emisora local y el telecentro que funcionaba durante dos horas al día.

Ana Julia, que sabía de mi celo por el cumplimiento del deber con excelencia, no sólo se ocupaba de mantener mis uniformes brillosos durante el tiempo que le dejaban sus obligaciones en el policlínico de la comunidad donde ya era conocida como la doctora Martínez, sino también me ayudaba a encajar en aquel medio tan diferente al de la capital.

—Tengo necesidad de llegar donde uno que se dice psicoanalista empírico —le confié una noche luego del acto sexual—. Me imagino que ese individuo conoce lo suficiente el mundo de la delincuencia como para que se convierta en mi primer objetivo.

—¿Qué sabes sobre él? —susurró ella, con esa calidez que siempre me proporciona descanso cuando el trabajo policial me agota o la dureza del mundillo de los delincuentes me obstina hasta el punto de molestarme el uso del uniforme que en tales circunstancias me deprime vestir, y eso que para mí el uniforme es todo un orgullo no tanto personal como en el plano de lo ético: aborrezco a esos que no les importa si traen las axilas sudadas o el cuello negro por el churre, y mucho menos que los grados hayan girado unos ángulos de su sitio. Para mí, si el uniforme no confiere autoridad no es más que un simple disfraz.

—Que en una oportunidad se entrevistó con un psicoanalista español muy famoso.

—¿Jorge Manzano?

—Ese mismo. ¿Acaso lo conoces?

—¿Quién no lo conoce en el mundo de la psiquiatría y la psicología cubana? Impartió varias conferencias durante los meses de julio y agosto del año pasado en La Habana, aunque pretendía impartirlas en esta misma ciudad que ahora estamos y no fue posible porque lo declararon persona no grata.

—¿Por considerarlo un agente enemigo?

—No es enemigo de nadie, sino un genio nacido en una época equivocada.

Trató de explicarme con más detalles el contenido de las conferencias de Manzano, pero yo le rogué que lo dejáramos para otro momento. Mi interés ahora se centraba en Santiago Igarza Iglesias o como él prefería nombrarse a sí mismo, Santiago el Rojo, escritor sin libros publicados y psicoanalista sin título alguno. Siguiendo las indicaciones de Altuna, solo me proponía en esta primera etapa de mi trabajo verificar hasta qué grado la información acumulada por Lorié resultaba confiable.

—¿Qué otra cosa sabes sobre ese al que llamas psicoanalista empírico? —me pregunta mientras pasa su mano por mi sexo que comienza a responder de nuevo a las caricias de una mujer que pinta mi soledad con colores de optimismo.

—Lo que dice su expediente. Que es oriundo de Puerto Padre, un lugar que se encuentra a unos sesenta kilómetros de aquí y donde no existen andenes de llegada ni de partida. Este tal Santiago el Rojo estuvo cinco años preso por un delito económico pero como se trata de un individuo inteligente, incluso escritor, se convirtió en una especie de líder espiritual dentro de la cárcel, respetado por reclusos y carceleros. Ya cumplió por completo la sanción, aunque vive de esa historia de psicoanalista.

—¿No trabaja quieres decir?

—¿Qué empresa estatal acepta a un tipo que fue condenado a cinco años de prisión y además se considera a sí mismo un intelectual y no piensa como la mayoría?

—Pero algún trabajo podría haber encontrado.

—Le propusieron ayudante de albañil, recogedor de basura y obrero agrícola en la granja de La Veguita. No quiso aceptar ninguna de las tres opciones que establece la ley laboral en estos casos.

—Y con ello se cumplieron los procedimientos administrativos que fija esa ley.

—Tú sabes cómo es esa mierda. Decimos que al extinguir la sanción, el delincuente ha pagado la deuda que contrajo con la sociedad cuando delinquió, pero tal expresión no es más que un discurso.

—Sí, una hermosa consigna repetida durante los aniversarios del Ministerio del Interior.

—¿Cambiamos el tema? A mí quien me interesa es Santiago el Rojo, no el ex delincuente que vive de cuanto trabajo ocasional se le presenta, sin tener en cuenta su legalidad. Incluso, hace de detective privado en el mundo de la delincuencia.

—¿Pretendes detenerlo?

—Necesito que me prepares una leyenda para ir a psicoanalizarme con él ahora que muy pocos me conocen en la ciudad.

—No pierdes la costumbre de arriesgarte, de desafiar el peligro.

—Tengo necesidad de enterarme cómo funciona acá el mundo de la droga, y una conversación con el psicoanalista me podría ayudar mucho.

—Los psicoanalistas generalmente no hablan —me advierte Ana Julia—. Se comportan como el oído del paciente que vive con fantasmas dentro de su cerebro oprimiéndole la vida.

—¿Son mudos? —sonreí, totalmente excitado. Uno de sus pezones en mi boca y una mano acariciándole el húmedo sexo, eran ya razones suficientes para que el psicoanálisis dejara de importarme.

—Sólo hacen alguna observación ocasional —escuché decirle a Ana Julia mientras rodaba su cuerpo hacia abajo—, pero jamás se inmiscuyen en las emociones del paciente. Digamos que el psicoanálisis practica la terapia de la catarsis, dejando que el paciente se desahogue sin contradecirle jamás.

Y ya no habló más por el momento, porque su boca se mantenía llena de mí. Mientras acariciaba su rubia cabellera, me dije que me interesaba un diálogo con este individuo que se las estaba dando de detective privado y a partir de que lo pensé, decidí entregarme por completo a los placeres de ese instante.

Cuando terminamos de nuevo, Ana Julia se levantó yendo hacia el baño mostrándome sus nalgas de yegua fina. Ya de regreso, con el deshabillé negro que tanto me enerva, se tendió a mi lado. En casos como el de ahora, cuando se trataba para mí de comenzar a partir de cero, dominar los canales de la droga en la ciudad y de manera más concreta como me había indicado el coronel Altuna, elaborar una propuesta de estrategia a largo plazo para mantener bajo control a todos los relacionados con la droga; digo, en casos extremos como el de ahora, Ana Julia se convertía en mi mejor consejera.

—Dices que ese tal Santiago el Rojo hace tiempo realizó un encargo del hermano de Yiseldis Molina alias El Guapo.

—Exacto. Descubrió dónde se hallaba escondido Yiseldis que es uno de los importantes de la droga aquí, y lo llevó a la presencia suya, de su hermano quiero decir, para perdonarlo por no sé qué discusión entre ellos.

El Guapo todavía continúa siendo un prófugo, creo que me dijiste hace un rato.

—Y Santiago se las sigue dando de detective privado. Ahora anda averiguando algo que todavía no sabemos de qué se trata.

—Ahí lo tienes. En este país la profesión de detective privado no está registrada entre las que se conceden licencia para operar por cuenta propia. Resulta ilegal.

—Es obvio. Lo sé mejor que tú. Tú eres doctora y yo licenciado en derecho.

—Déjame hablar. Santiago el Rojo fue cómplice del hermano de un prófugo al que no desea reintegrar a la cárcel. Y el propio Santiago continúa practicando un oficio ilegal. Puedes detenerlo, guardarlo setenta y dos horas en el cuarto de los interrogatorios sin que estés violando la ley, y ahí adentro el psicoanalista eres tú.

Cuando acabó de hablar, subió encima de mí y la lengua se ocupaba de mi lengua en tanto una de sus manos bajaba con afán de convidarme una vez más y mis dos brazos se adueñaron de ella.

A la hora que comienza el canto de los gallos en esta ciudad, en la que despierto luego de haber estado levantándome desde mi niñez en una urbe donde los que cantan son el zumbido de los automóviles y el pregón de los vendedores de periódicos, comencé a cobrar conciencia de mí mismo y me dije que no tengo como primer objetivo en este sitio por el que pasan los carretones de caballos llenos de pasajeros sin que haya aún amanecido, detener al psicoanalista empírico sino evaluar qué conexiones tienen los traficantes de aquí con los de las provincias restantes.

Y mientras Ana Julia trajina en la cocina y yo me ocupo de mi aseo matinal, me despojo de todo afán de trascendencia que aqueja a cualquier mortal, sea oficial de la policía o conductor de un ómnibus, famoso artista de la televisión o multimillonario que no tiene necesidad siquiera de calzarse los zapatos. En instantes como este, recuerdo a mi madre con la Biblia encima de sus piernas, balanceándose de manera rítmica en un viejo sillón de caoba con la cabeza contra el pecho, mientras yo caminaba en puntillas para no despertarla en aquellas madrugadas de mis borracheras habituales a una edad en que todos los jóvenes se consideran dueños del mundo. Invariablemente, levantaba la cabeza y me preguntaba en un susurro, mezcla de lástima y autoridad: “Félix, hijo mío, ¿por qué llegas tan tarde?” Al principio, discutía con ella. “¿Por qué tiene usted que esperarme levantada?”, le preguntaba incómodo y ella quedaba pensativa, con un suspiro entre lágrima y lágrima, y en lugar de recitarme un verso bíblico como hacían otros religiosos de su iglesia que frecuentaban nuestra casa, simplemente respondía: “Porque soy tu madre, y estoy orando por ti, para que el Diablo no te lleve con él”.

La muerte de mi madre y la de otros seres queridos me fue enseñando una verdad que no podía proclamar entre mis compañeros, primero los de estudio y luego los de trabajo, todos según ellos mismos ateos convencidos en una época cuando creer en Dios era considerado por algunos una especie de delito: la muerte es una realidad insoslayable que se impone a la vida y todos debemos pasar por ella, sean tirios o troyanos, escribas o fariseos. La única diferencia para unos y otros depende de cómo piensen la muerte.

—Ya está el café —me advierte Ana Julia asomándose a la puerta del baño y sonríe. Me ha sorprendido conversando conmigo mismo frente al espejo.

—Estoy reflexionando sobre el sentido de la vida y la muerte —le confieso con el ánimo de evitar sus burlas.

Ella guarda silencio y me extiende la humeante taza de ese líquido que se ha convertido en un vicio para mí. Mientras lo bebo despacio, con fruición, deleitándome en cada sensación diferente que provoca en mis labios, el cielo de la boca, los dientes y la lengua, medito en las razones que mueven al drogadicto. La adicción no es más que una costumbre, me digo. Se puede ser adicto lo mismo a la cocaína que a leer novelas policíacas, la diferencia está en el daño que podemos producir en los demás o en nosotros mismos por culpa de nuestra adicción. Si leer novelas policíacas trae como consecuencia que mis hijos no coman porque yo no trabajo para buscarles el sustento, entonces mi adicción resulta tan dañina como la de aquel que consume crack o marihuana.

—¿En qué piensa Sherlock Holmes? —sonríe Ana Julia recogiendo la taza que le extiendo y ya escucho el runruneo de los niños que comienzan a levantarse con el propósito de ir hacia la nueva escuela, donde para burlarse de su manera de hablar les llaman los habaneritos.

—En mierderías —le respondo evasivo y le beso ligeramente los labios. Ya ha comenzado mi jornada laboral y a partir de esta hora vuelvo a ser el policía que debe guardar el reglamento de la compartimentación. En horas de trabajo un buen policía no debe hablar de los casos que investiga ni siquiera con su mujer, la única persona que guarda nuestro sueño y podría lo mismo salvarnos de un peligro que asestarnos una puñalada mortal por la espalda mientras dormimos sin que nosotros lo esperemos. Conozco casos de mujeres abusadas que han aprovechado el sueño del marido para rociarle alcohol mezclado con kerosene y prenderle fuego.

De nuevo en la Unidad, luego de haber repartido a los míos entre el seminternado y el policlínico, saludo a mis compañeros, participo en el matutino sin apenas escuchar las arengas del capitán Machado Armas y retorno al expediente en el sitio que me señala la marquilla que dice: “SOLO CRISTO SALVA”. Me río de mí mismo: esta marquilla que guarda el único recuerdo material que de mi madre he determinado conservar, podría complicar mi existencia si alguien llegase a descubrirla. Sonrío y trato de olvidar mis propias pasiones, mis sentimientos respecto a los seres queridos e incluso lo que pienso sobre mí mismo: un buen policía, si desea llegar a la excelencia, debe convertirse en una máquina de investigar.

 Lea en el próximo artículo:

Fiesta con Havana Club: sinopsis, resumen y muestra  de dos capítulos

Categorías: Obras publicadas

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