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El almirante Cervera en el mar de Santiago

Título del libro: El almirante Cervera en el mar de Santiago

(Escrito en coautoría con el español Ricard Reig Vidal)

 

Género: Novela

 

Sinopsis:

Relata desde la perspectiva de la ficción la guerra interior que libraron los personajes españoles, cubanos y norteamericanos, durante los días cercanos a la derrota de la escuadra española en el puerto de Santiago de Cuba ocurrida en julio de 1898. Sin llegar a ser una novela histórica propiamente dicha, se basa en algunos elementos de la historia real para construir un mundo de ficción.

 

Resumen argumental:

Tiene como autores implícitos a dos descendientes del almirante, escritores ambos, uno español y otro cubano, a quienes las circunstancias juntan con la misión de rescatar del olvido al notable marino y sobre todo, descubrir cuánto existe de verdad en las acusaciones que le señalan como el gran culpable de la derrota naval española el 3 de julio de 1898 frente a las costas de Santiago de Cuba. Es a la vez que novela histórica, historia sentimental de un hombre completamente convencido de ser el instrumento elegido por los gobernantes de su país para cargar con la culpa de una derrota militar inevitable.

En cuanto a la trama, presenta por medio de los recursos de la ficción una etapa histórica de Cuba (año l898), quedando sugerido el importante papel que jugaron las fuerzas cubanas del Ejército Libertador en la mal llamada guerra hispano-norteamericana. Además, ofrece una imagen de la vida de Santiago de Cuba a finales del siglo XIX y de manera paralela, a finales del siglo XX; relata las posibles reacciones sentimentales de una figura histórica tomada como pretexto narrativo (el almirante don Pascual Cervera y Topete) al saberse eje central del derrumbe del imperio español, fabula las probables relaciones interpersonales del almirante Cervera con las fuerzas de la marina norteamericana y el Ejército Libertador cubano, así como con los representantes del gobierno español en la isla; y expone los sucesos acaecidos el 3 de julio de 1898 durante la batalla naval que frente a las costas de Santiago de Cuba marcaron el final del llamado imperio en el que no se ponía el sol en los tiempos de Felipe II, empleando los recursos de la ficción.

Aunque existe abundante literatura sobre los sucesos relacionados con la guerra hispano-cubano-norteamercana que permite indagar a fondo sobre un suceso como el de la batalla naval entre la escuadra española al mando del almirante Cervera y la escuadra de Estados Unidos que comandaba el almirante William T. Sampson, dicha literatura resulta polémica en muchos de sus detalles y en los presupuestos históricos de que parte. Por tanto, esta novela no se propone establecer de manera directa un juicio contra dichos textos, sino ofrecer una versión novelada de los hechos auxiliándose de la indagación en tales textos y agregando además elementos de ficción que podrían acercarse a los sucesos realmente ocurridos.

Muestra de los dos primeros capítulos:

-1-

Las monumentales puertas del salón de actos de la Real Sociedad de Marinos necesitaron de varias personas para moverlas; finalmente, tras algo de esfuerzo, a las nueve horas exactas se cerraron y todos los reunidos sentíamos algo de nostalgia porque luego de diez días de compartir ideas comunes deberíamos separarnos.

Todos permanecíamos en nuestras butacas numeradas; dentro de la construcción decimonónica, reflejo de pretéritos lujos, el encierro para favorecer la ventilación artificial obligaba al protagonismo de la luz eléctrica sobre tapices, cuadros de monarcas, preciosistas cúpulas, robusto mobiliario y alfombras de impresión.

Sonó, arrollando, el grito de auxilio de un teléfono móvil. El murmullo fue decreciendo en competición con el silencio que se automatizaba. Las primeras palabras en forma de saludo partieron del secretario dando paso al conferenciante designado para clausurar el congreso. Se le aplaudió con breve intensidad.

No era extraño que el catedrático de historia que iniciaba el parlamento fuese de apellido Cervera; tampoco resultaba insólito que los oyentes, en cantidad cercana al millar, también lo fuesen. Bastaba leer el cartel en soporte de plástico y letras gigantes situado al fondo de la mesa del conferenciante para comprender que se trataba del octavo congreso de los descendientes del almirante don Pascual Cervera y Topete.

Durante la charla, se ampliaron algunos datos sobre el desastre naval de 1898 en las costas de Santiago de Cuba en el que el ilustre antepasado de los allí reunidos jugó un papel determinante. Reiteración de todo lo dicho durante las largas sesiones de trabajo de estos días. Repetición de sucesos que me obligaron a pensar que no estaba allí de balde. Antes de conversar mis inquietudes con mi primo Andrés acerca de lo dicho por Rodrigo Cervera y Puerto Arellano, profesor emérito en la Universidad Javeriana de Bogotá, adiviné que si yo le hubiera asegurado, basándome en los conceptos de don Rodrigo, que la historia no es la unión mecánica de hechos realmente sucedidos, él con su característico estilo violento al hablar me hubiese respondido: “La historia no existe”.

Aplaudimos, ahora sí efusivamente y se inició un cuchicheo que rápido se tornó en bulllicio. Aquel congreso formaba parte de una tradición repetida cada tres años, iniciada a finales de la década del setenta por Ignacio Cervera Breu, con el propósito de unir en un ideario común a los integrantes del árbol genealógico del almirante a quienes una parte de sus contemporáneos consideró culpable de uno de los mayores descalabros en la historia de España y otra parte lo supuso víctima del gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta. Sin embargo, lo más importante no era la historia en sí misma, sino que a largo de estos congresos habíamos aprendido a querernos como integrantes de una gran familia sin importar que fuéramos madrileños, andaluces o catalanes, ni que se unieran unos primos dublineses, holandeses, romanos, bonaerenses, mexicanos, cubanos, neoyorquinos, ni el parlanchín australiano de ascendencia valenciana. Representantes de casi todos los países nos habíamos reunido una vez más en este caluroso julio de 1898 en la capital española para concluir tomados de las manos entonando el himno compuesto por el músico Paco Cervera Restrepo titulado El amor todo lo puede.

Esta extraña mezcolanza de nacionalidades, lejos de producir un distanciamiento había ido creando un vínculo más allá de la sangre y del idioma. La diversidad cultural y generacional convertía estas reuniones en una suerte de microcosmos, donde el ser al que se consagraban todas las miradas y esfuerzos era a la vez personaje decisivo en la historia de la nación a la que todos amábamos como nuestra madre: España.

Este era uno de los motivos determinantes del éxito de la gigantesca reunión familiar, de las misas que celebraban los propios sacerdotes Cervera en su memoria, de la revista anual Cartas a los Cervera financiada por un pariente editor en la que se intercambiaban noticias y acontecimientos relacionados con todos nosotros y de otros tantos actos menores que nos hacían sentir que formábamos parte de un linaje común.

Al quedar definitivamente clausurado el congreso, estuvo claro en la mente de todos un propósito inexcusable: restaurar, explicar, sacar a la luz la verdadera historia del almirante don Pascual Cervera y Topete, y no aquella en la que se le convertía en cabeza de turco de una España en franca decadencia.

Mi primo Andrés y yo nos levantamos de nuestras respectivas butacas, numeradas con el 224 y el 226 de la fila 32 derecha. Nos habíamos conocido en el congreso anterior celebrado en La Habana y la amistad que se inició en aquella época había continuado aunque a veces discutíamos de manera incluso violenta porque no compartimos los mismos criterios en una infinidad de aspectos. Y aunque no nos habíamos vuelto a ver, sí nos manteníamos en contacto frecuente por la vía del correo electrónico.

Había llegado el ansiado momento para mí, el final de este octavo congreso, de comenzar a darle cuerpo a una idea que me había traído de cabeza desde mis días de estancia en La Habana en ocasión del séptimo congreso y de unas pequeñas vacaciones en las playas de Las Tunas donde vivía Andrés. Idea de mi primo que consistía en escribir una novela sobre los acontecimientos ocurridos en Santiago de Cuba en julio de 1898, y que yo no me había animado a proponerle que la escribiésemos entre los dos.

Mientras esperábamos que los más ancianos llegaran hasta el pasillo, al fin me decidí a lanzarle la propuesta que me rondaba cuando escuchaba la charla interminable de don Rodrigo. Sin muchos rodeos, le sugerí que alargase un poco más la estancia en España. El plan era permanecer aquel día en Madrid y luego tomar un avión hasta Barcelona, ciudad que sin duda le encantaría, darle la vuelta en un par de días y viajar hasta Lleida, donde he vivido desde siempre. Una vez allí, planeaba recomendarle que permaneciese en mi casa durante unos quince días, con el propósito de que elaborásemos el plan definitivo de la novela y me permitiera ser coautor de la misma. Una vez puestos de acuerdo, escribiríamos los primeros capítulos a manera de ensayo y cuando estuviesen bien afiladas y sincronizadas nuestras herramientas de narrar, volveríamos a Barcelona donde Andrés cogería vuelo de regreso a Cuba.

Cuando terminé de hablar sólo me respondió:

–No me es tan simple demorar más tiempo en España, mi buen amigo Ricard.

Desde el hotel donde nos alojábamos, solicitó una llamada a Las Tunas y en pocos minutos estaba conversando con su esposa Ana Reyna, quien le recibía según me dijo desde el teléfono de los vecinos más cercanos. Ella, al saber de nuestros planes, le puso más de mil pegas, recordándole al final que los chicos le esperaban para que cumpliera el compromiso de llevarlos al campismo de Monte Escondido y al de Río Cristal antes de finalizar las vacaciones, argumento que era tácitamente una exigencia de que volviera a Cuba.

Andrés dejó que Ana Reyna hablara sin parar durante un largo rato y cuando ella al fin se cansó de exponer argumentos, él fue demoledor con los suyos. Aquella oportunidad quizás nunca más en la vida la tendría, le dijo; no resultaría fácil conseguir la documentación necesaria para salir de Cuba de nuevo, y además tener un guía en un país tan distinto al suyo que estaba dispuesto a costearle todos los gastos de estancia. Ella acabó claudicando a regañadientes.

A Andrés le encantaron en igual medida Madrid, Barcelona y Lleida; en cada uno de sus rincones él encontraba el comentario preciso que me hacía ver ahora de manera diferente todo lo que conocía de mucho antes. Es curioso cómo cambian nuestros conceptos sobre el mundo que nos rodea según el cristal con que se mira. La inteligencia y cultura de mi primo, así como su carácter inquieto y tenaz, me dieron mucho que pensar esos días. Venía de un país subdesarrollado y pobre, mucho más pobre que la España de la era franquista, pero tenía una mente libre y esto lo ponía por encima de muchos que entre nosotros se las daban de ir un paso por delante.

Al fin me llegó el momento de plantearle en serio el asunto del trabajo que nos llevaría a vivir varios meses en comunicación constante, a discutir, a disgustarnos por el diferente modo que teníamos de encarar la vida. Descansábamos el domingo en mi chalet de Lleida acompañados de mi novia y yo preparaba un trago para cada uno; para mí y Laia, un buen vaso de vino, para él, que no bebía alcohol, un zumo de limón con bastante hielo picado, y fue Andrés quien provocó la conversación que yo estaba deseoso de iniciar desde hacía ya varios días porque realmente había vencido el término que me había impuesto para enseñarle las tres ciudades de España que más amo.

–¿Sabes  cuál  es  el  motivo  de mi estancia aquí unos días más?

–comenzó su pregunta de una manera enigmática y el corazón me dio un vuelco. Creí que iba a responderse a sí mismo: “No deseo regresar a Cuba”. Había leído en la prensa durante los últimos tiempos que gran cantidad de cubanos estaban exiliándose en Europa, y a no dudarlo si Andrés decidía hacerlo la responsabilidad me caería encima en todos los sentidos. Desde el ángulo económico, porque tendría que correr con su manutención y la de su familia hasta tanto encontrase trabajo; desde el punto de vista legal, porque me vería obligado a gestionarle documentos para permanecer en el país.

–¿Cuál motivo? –le respondí con el alma en vilo, temiendo lo peor.

–He estado dudando hasta este mismo instante –dijo, dando vueltas mientras mi impaciencia crecía–, pero creo que todo puede salir bien.

Debió intuir lo que yo estaba pensando al notar mi evidente nerviosismo porque acto seguido procedió a informarme sin más embudos:

–El proyecto literario del que te hablé en Cuba hace tres años lo tengo por completo redactado. Y continúo convencido, tal como te aseguré entonces, de que sólo un español y un cubano podrían llevarlo hasta buen puerto. Me explicaré con toda claridad, porque he concebido la novela que te propongo escribamos entre tú y yo como la transgresión literaria de la historia.

Respiré tranquilo. Por suerte, no se trataba de lo que yo estaba pensando. Sin darme tiempo a contestar nada, extrajo del bolsillo trasero del pantalón una hoja de papel estrujada y mientras la iba consultando ampliaba las ideas. La novela llevaría por título El almirante Cervera en el mar de Santiago y tendría como narradores implícitos dos descendientes del marino a quienes las circunstancias juntaban sin haberse conocido jamás, porque uno vivía en Cuba y el otro en España, con el propósito de rescatarlo del olvido y sobre todo, descubrir cuánto existía de verdad en las acusaciones que le señalaban como el gran culpable de la derrota naval ocurrida frente a las costas santiagueras. Con sus palabras apasionadas, iba conceptualizando la obra no como una novela histórica, sino como la historia sentimental de un militar que acababa convirtiéndose en el instrumento elegido por los gobernantes de su país para cargar con la culpa de una catástrofe inevitable.

Las palabras de Andrés despertaron la curiosidad de mi novia, quien dejó de hojear una revista literaria para escucharlo, mientras él sin prestarnos atención cerraba su discurso con una explicación historicista que no acababa de convencerme. Me proponía que presentáramos por medio de los recursos de la ficción el protagonismo que según él habían desempeñado las fuerzas del Ejército Libertador o mambises en lo que él no llamaba guerra hispano-norteamericana sino hispano-cubano-americana, además de ofrecer una imagen de la vida en la isla durante las postrimerías del siglo XIX y novelar las reacciones de los marinos españoles y norteamericanos ante la batalla naval, así como de los mambises, los representantes del gobierno español en la isla y los diferentes grupos sociales que residían en Santiago.

Me propuse salir al exterior, zambullirme en la piscina y refrescar mi cabeza para pensar con claridad. Sin embargo, no me animaba a levantarme del acolchado sillón en que me encontraba arrellanado porque tantos días de paseos interminables con Andrés y mi novia me traían agotado. Alargué la copa casi de manera inconsciente y Laia, comprendiendo que yo necesitaba un buen trago para reponerme de la emoción escanció casi todo el vino criado en las bodegas del Castillo de Raimat que quedaba en la botella.

Sentía entusiasmo y a la vez preocupación. Entusiasmo porque el proyecto era alucinante y fantasioso, y si lográbamos llevarlo a cabo podíamos conseguir algo que estaba persiguiéndose desde hacía décadas en el círculo de los Cervera: dejar eternizada la memoria de nuestro antepasado en una obra literaria. Preocupación porque era una faena tan ambiciosa como difícil al menos para mí porque si bien es cierto que había escrito un par de novelas y más de cien cuentos nada había salido a la luz; no contaba con las tablas de Andrés quien ya había publicado cuatro novelas y dos libros de cuentos en su país.

Después de mucho pensarlo y debatirlo en común con Laia y con mi primo exponiendo todos estos inconvenientes y cientos más, determiné asumir el reto; había mucho que ganar y aunque pueda parecer un tópico, hay trenes que pasan sólo una vez en la vida. Cenamos en absoluto silencio y decidimos salir a caminar en medio de la noche sin hablar ni una palabra más sobre literatura.

El miércoles llegó implacable; el avión con destino a Santiago de Cuba salía a las 12 del mediodía.

–Sobre la novela –le dije en el momento de la despedida, dudoso–, vamos a intentarlo.

–¿Estás seguro? –me miró sonriente, eufórico–. Quiero tenerla publicada para el congreso del año 2004.

–Trataré de no defraudarte –le contesté, dándome ánimos a mí mismo.

–Te enviaré por correo electrónico lo que vaya escribiendo. Lo estudias y me respondes.

–De acuerdo. Cada vez que me remitas un capítulo, yo te contestaré con otro.

Facturamos las maletas y Andrés tomó el avión que salía, contra pronóstico, puntual. A partir de ahora comenzaba la suerte de la novela; los textos que iríamos escribiendo marcarían nuestras diferencias literarias y en cierta medida nuestros destinos. Si es que el concepto de destino puede tener sentido en una novela tan disparatada como la que nos proponíamos escribir. 

 

-2-

           En los ojos del viejo almirante se anuda la tristeza viendo al  cazatorpedero Terror bambolearse cual una indefensa boya; amanece y desde el puente de mando, Cervera contempla el disco del sol a retazos, como si al ahogar la visión del inútil buque ya todo el pasado quedase hecho trizas. El mensaje en clave con las banderolas de parte de Villaamil había sido escueto aunque demoledor: después de cuarenta y ocho horas perdidas, la única alternativa era abandonar el barco en medio del mar. Desde el 9 de mayo sólo habían logrado navegar unas dos horas, porque apenas separados del resto de la escuadra en cumplimiento de la misión encomendada por Cervera que debía llevarlos hasta La Martinica, en el Terror reventaron unos tubos de la caldera de proa y por más esfuerzos que realizaron los mecánicos, no les fue posible reparar las averías.

             El almirante Cervera bajó con suma parsimonia el catalejo. De frente despejada y barba canosa, los bigotes le caían contra las comisuras y apenas si podían advertírsele los labios, a menos que explotaran en una risa franca y campechana, lo cual no ocurría más que en contadas oportunidades durante aquellos días, en que la nostalgia por el lejano hogar se le metía dentro del recuerdo. Los sesenta años, al borde de cumplir y que ansiaba con el propósito de pasar a retiro, no le restaban agilidad durante su diario ir y venir a lo largo del barco, observándolo todo porque era de esos jefes militares a quien no le gustaban los informes de terceros.

             Ya prácticamente desde la declaración de guerra de Estados Unidos el gobierno de Madrid lo urgía para que saliera rumbo a Las Antillas a defender las posesiones hispanas y el almirante intentaba convencer al ministro de la Marina Segismundo Bermejo de la locura que significaba entrar a combate con una flota mal equipada de armamento y en pésimo estado de su maquinaria, siendo más cuerdo conjurar la crisis con auxilio de terceras partes porque según le dijo al Ministro, ir a pelear contra los molinos de viento podría resultar un descalabro, a lo que el gobernante le contestó que la orden era partir de Cádiz rumbo a San Vicente de Cabo Verde. Cervera practicaba hasta las últimas consecuencias la obediencia debida y al fin el 8 de abril a las 17 horas se echó al mar al mando del Infanta María Teresa y el Cristóbal Colón, a sabiendas de que sus gritos desesperados clamando por cordura no fracasaban porque él fuese un almirante cobarde, sino porque los intereses políticos del primer ministro Práxedes Mateo Sagasta y su gabinete necesitaban de la guerra.

             Don Pascual entregó el catalejo a su sobrino.

             –Manolo, te aseguro que estoy cansado de todo.

             Se refería indubitablemente a todo. Desde su paso por la Academia Naval, los astilleros de Nervión y el Ministerio de Marina habían transcurrido tantos años de conflictos personales, vicisitudes y miserias humanas que al ser designado comandante de la escuadra naval con base en Cádiz a finales del 1897, tuvo el lúgubre presentimiento de no llegar a los sesenta años con vida. El nombramiento fue una propuesta de su antecesor en el cargo, contralmirante Segismundo Bermejo, quien pasaba a Ministro de la Marina en el gabinete liberal formado por don Práxedes.

             –Segismundo Bermejo, rediez –comentó con desgano el almirante. En su fuero interno, no culpaba al Ministro de la incuria en que se hallaba la marina de guerra en España sino más bien a la lentitud con que el gobierno liberal respondía a sus apremios de modernizar la escuadra hasta llegar finalmente a una triste conclusión: la Madre Patria cada día estaba más empobrecida. Para él, el peor disparate en que podía haberse abocado el gobierno durante los últimos meses eran los conflictos contra los Estados Unidos de Norteamérica por defender los enclaves de ultramar.

             –Tío,  al   parecer  el  señor  Ministro  no  le  quiere  bien  a  usted –ensayó el sobrino una sonrisa mientras contemplaba con el catalejo cómo las golondrinas sobrevolaban el Terror. Enfocó con mayor precisión hacia la zona de proa, y pudo observar a dos marinos desnudos de la cintura hacia arriba enrollando unas sogas. Los vio famélicos, extenuados; desde el 1895 venían atravesando el Atlántico una y otra vez, de Cádiz a La Habana, de La Habana a San Juan, de San Juan a La Habana, de La Habana a Manila y de Manila a Cádiz para repostar provisiones de boca,  armamentos  y municiones en una guerra contra los cubanos que parecía eterna.

             –No tal, sobrín, no tal –jugueteó don Pascual con la brillante pipa de ébano antes de accionar el yesquero para prenderla. El olor a salitre se mezcló con el aroma del humo mientras un alcatraz apresaba un pez y remontaba el vuelo nuevamente; el almirante comenzó a explicarle al sobrino que sus cartas, mensajes y los oficios confidenciales cruzados con el ministro Bermejo respecto a las consecuencias de un posible combate naval con la flota americana, no eran dictados por un afán de polemizar ni rebatir las decisiones gubernamentales, las que acataba por disciplina considerándolas una cuestión de alta política: las amenazas de guerra contra la patria por la explosión del Maine en La Habana así lo demostraban. Estos documentos se los dictaba el deber de marino profesional que sabía del desastroso estado de las embarcaciones.

             –Quiere decir, tío, que el señor Bermejo no le ha tomado mala voluntad como resultas de sus criterios pesimistas respecto a nuestros barcos.

             –No se trata de criterios pesimistas, Manolín, sino de realidades: los buques en que vamos navegando no son más que tristes potalas, como le demostré al Ministro en un informe el día anterior a nuestra partida de San Vicente de Cabo Verde.

             En el informe aludido fechado el 28 de abril, Cervera resumía y a la vez ampliaba todos sus criterios emitidos desde que recibiera la orden de zarpar rumbo a Cabo Verde y allí completar su fuerza con la escuadrilla que al mando del capitán de navío Fernando Villaamil le esperaba con impaciencia.  “Deseosos de partir a la guerra”, apostrofaba en el oficio reservado el Ministro, como si creyera necesario levantar el amor propio del almirante considerado el más capaz entre los generales del mar españoles, gracias a sus conocimientos tácticos y estratégicos y a la experiencia durante casi cuarenta años como oficial.

             –Dejé demostrado que el Cristóbal Colón, aunque el mejor de los buques grandes, carecía de su artillería principal y resultaría vulnerable ante cualquier enfrentamiento.

El almirante se quejaba sobre la falta de dos piezas de artillería Armstrong de 254 mm, acusándolo de ser una impresionante fortaleza móvil visto desde fuera, pero cual viejo elefante sin colmillos no aportaría el máximo potencial ofensivo durante la cacería o en ocasionales retiradas.

             –Y como tú bien sabes, Manolín, el blindaje es débil a pesar de las opiniones contrarias de algunos de mis compañeros del almirantazgo.

             En el caso del Vizcaya, dijo, debido a su prolongada permanencia en las aguas tenía el casco sucio lo cual disminuía de manera excesiva su velocidad de desplazamiento y por tanto la de la escuadra. En general, los cuatro cruceros acorazados presentaban defectos irreparables en puerto en sus mecanismos de cierre de los cañones principales; las municiones para sus piezas de tiro rápido de 140 mm estaban inutilizables en su mayoría; las máquinas se encontraban en mal estado; y se carecían de los torpedos diseñados por Joaquín Bustamante porque el gobierno no asignaba los recursos financieros prometidos durante años para su producción.

             –El estado de los torpederos, le dije al Ministro, no es más alentador. Se les cierra la proa en cuanto trabajan. Tienen rotas las buzardas. Por completo vulnerables a las bocas de fuego enemigas debido a su fragilidad. En fin, que nuestra escuadra no es más que un conjunto de siete ataúdes navegantes.

             El sobrino, cabalístico, lo interrumpió haciéndole observar lo peligroso de la cifra. Siete. Un número conceptuado por los místicos como el anunciante de terribles desgracias e inevitables fracasos cuando el ser humano pretende vivir libre de las presiones del medio que lo rodea. Poco a poco, la conversación fue pasando a aspectos cada vez más generales hasta que el sobrino aludió al ejemplar ilustrado de la Santa Biblia en su edición ilustrada de 1846, versión antigua de Casiodoro de Reina revisada por Cipriano de Valera y cotejada posteriormente con diversas traducciones y con los textos hebreo, arameo y griego; ejemplar que durante los últimos meses se había convertido en el libro de cabecera del almirante.

             Don Pascual escuchó durante un rato los arrestos emocionales de su sobrino, quien llevado de la misma vena teológica que la madre doña Argentina comenzaba  a aconsejarle consultar la Biblia antes de tomar una decisión definitiva en cuanto al desplazamiento de la flota.

             –No le quepan dudas, tío: el siete es número de alto sentido simbólico.

             –Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Adquirió significación sagrada en Babilonia.

             –Y como usted sabrá, sobresale por representar la plenitud en las esferas divina, humana y satánica.

             –¿Por qué tiemblas?

             –Tengo miedo, tío, se lo juro: el siete trae mala suerte.

             El almirante le hizo una señal con las manos en demanda de los catalejos, aburrido ya de tanta charla. Que se fuera a cumplir con sus deberes como oficial a cargo de la inteligencia, y conversara con algunos capitanes, otros integrantes de la oficialidad y hasta con marinos rasos, ahora que el mar andaba como un plato y podía pasearse por las embarcaciones en el yate del almirantazgo. Había determinado convocar una nueva junta de jefes y comandantes para el próximo día, porque realmente la situación era en extremo grave. Perdida la esperanza de rescatar al Terror, la escuadra dejaba de estar compuesta por siete integrantes. Siete: el carácter sagrado, el número de altares que se vio obligado a levantar Balac, las vueltas alrededor de los muros de Jericó, el número de veces que la sangre había de ser esparcida, las zambullidas de Naamán dentro del estanque para purificarse. Sin siete barcos la guerra contra los americanos no podría ganarse a menos que ocurriese un milagro similar al de la caminata por encima del agua.

 

 

 

Categorías: Obras inéditas

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