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La doble vida de Agustín Machado

Título del libro: La doble vida de Agustín Machado

 

Género: Novela breve

 

Sinopsis:

Narra la dramática decisión que enfrenta un marxista convencido, militante del Partido Comunista de Cuba, en una época cuando primaba la más absoluta intolerancia contra el homesexualismo.

 

Resumen argumental:

Un alto funcionario estatal cubano es acusado de homosexual. Aunque el asunto en apariencias queda enterrado en la niebla, al trasladarse hacia una ciudad del interior del país huyendo del escándalo descubre que no ha adelantado nada: allí también llega a conocerse su pasado.

 

Muestra del fragmento inicial:

 

Cuando  comienza  esta  historia,  era  yo  el  primer secretario  del núcleo del Partido Comunista en la  fábrica de implementos agrícolas de Punta Martinas, ciudad  costera al norte del oriente cubano caracterizada por  su  extrema limpieza y la respetuosidad de los ciudadanos en sus calles. Aunque ocupaba un cargo administrativo apenas tenía tiempo para ocuparme de mis obligaciones laborales,  imbuido como estaba siempre en las tareas partidistas. Y es  precisamente esta ocupación constante en las actividades políticas la que me  brindó el material necesario para adentrarme en la  vida de Agustín Machado.

Llegó a la fábrica una mañana calurosa, con todos los documentos que se establecían para aceptar a un nuevo trabajador. Luego de casi dos horas en la oficina del Departamento de Personal sudando a chorros por la falta de un ventilador,  salió en mi búsqueda. Me halló en uno de los  talleres del  fondo  y  luego de relatarme las  peripecias  desde  su llegada, me dijo:

-Soy  militante  del Partido. Me han informado que debo mostrarle a usted mis documentos.

Lo hice esperar varios minutos hasta concluir mi participación en una disputa surgida entre el secretario  general del sindicato y uno de los obreros del taller de los tornos, y fue cuando verdaderamente reparé en él.

De una excesiva blancura en la piel, peinaba sus  cabellos  hacia atrás de modo que le caían en lacia melena  casi hasta  el final del cuello. Sus ojos verdes le  daban en  su conjunto un vago aspecto de extranjero o  artista  de cine, y sus modales sugerían que se trataba de un  individuo en extremo educado.

-Quisiera  incorporarme  cuanto  antes a  las  tareas    del   núcleo -dijo cuando nos apartamos hacia un  lado  para evitar  que  alguien fuese testigo involuntario de nuestra conversación-.  No  me gusta estar mucho tiempo  fuera  del río, como acostumbraba a decir mi padre.

Expresó brevemente su procedencia,  hablando  en  tono humilde, sin jactancias. Había trabajado en los laboratorios farmacéuticos de la capital y una mudanza inesperada a Punta Martinas lo ponía en la necesidad de  aceptar  la primera propuesta  que le hicieron en la oficina del Ministerio  del Trabajo, donde había ido a solicitar ubicación laboral según lo  establecido.  Sus conocimientos de  especialista  en  la química le daban cierta posibilidad de trabajar con nosotros en el análisis espectral de las fundiciones que se realizaban en la fábrica, y aunque se trataba más bien de una tarea rutinaria no dudó en aceptarla.

-Desde luego -me aclaró-, sólo tomo este trabajo como algo provisional.

Nos  quedamos mirando un rato en silencio y advertí  que estaba  hurgando dentro de mi cerebro.

-Sabe,  se  me parece usted tanto a  Rolando,  un  gran amigo que tuve en la capital.

Levanté  la  cabeza sorprendido, como  si  hubiera  sido objeto de una ofensa.

-¿Qué quiere usted decir?

Agustín reaccionó algo turbado.

-Disculpe… disculpe. No he querido ofenderle…

-Me parezco a mí mismo -fui brusco al hablar.

-Ya  le pedí disculpas -me dijo con firmeza, casi  con violencia-.  Lo acepto a usted como mi dirigente  político porque  yo no estaba durante su elección. Pero sepa  que  en cuanto llegue la renovación de mandatos, si aún estoy en  la fábrica  apelaré a la democracia partidista para influir  en que no sea usted de nuevo el primer secretario.

Era una amenaza. Que de resultar exitosa me privaría  de mis  atribuciones  como conciliador de intereses  entre  los trabajadores, el sindicato y la administración; y también me impediría  empujar  la puerta del director de la  fábrica  a cualquier hora del día.

-Discúlpeme usted a mí -me excusé-. Realmente he sido un  poco  brusco. Es que,  entiéndalo,  estoy  terriblemente agotado.  Trabajo demasiado, y aun  me citan a reuniones  en el  Comité Municipal del Partido a las que debo  asistir  en horas de la noche y de las que salgo casi de madrugada.

Con  el  paso  de los días mis  relaciones  con  Agustín Machado  comenzaron a suavizarse. Sin embargo, cada vez  que me  acercaba  al  nuevo militante de  mi  núcleo  partidista sentía  que  de su persona emanaba un  extraño  ambiente  de misterio.

-Quisiera que aceptara una invitación mía -me dijo una tarde de diciembre.

Lo miré a la cara, oscurecida por la penumbra de un  sol que comenzaba a ocultarse. Yo recorría las áreas de  trabajo casi  al  término de la jornada y me  había  acostumbrado  a esperar  los minutos finales en el  laboratorio  conversando con  Arminda, la jefa de aquel sitio atestado de  equipos  y útiles de ensayo propios de nuestra producción fabril.

-¿De que se trata? -le dije amable mientras tomaba  en las  manos  la taza de té con que  acostumbraba  obsequiarme cada  vez que me acercaba al puesto donde ejercía sus  labores.

-He   descubierto   algunas   irregularidades   en   la fábrica…  diríamos problemas relacionados con la  moral… que sin llegar a ser delitos… de enterarse los  obreros… resultaría fatal para todos los militantes -titubeó varias veces antes de concluir la idea.

Mantuve  el silencio algunos segundos antes de  pronunciarme.  Para  disimular que estaba ganando tiempo  bebí  un sorbo de té. Era frecuente que los militantes del Partido me comunicaran asuntos en extremo delicados y con esa  información yo solía evitar conflictos en aquel conglomerado de unos quinientos trabajadores, hablando  con el secretario general del sindicato, el director o cualquier otro de los implicados.

-Podemos conversar ahora mismo -sugerí.

-Son  casi  las cinco de la tarde y si dejamos  que  el ómnibus  de  la  fábrica se  marche  no  tendríamos  muchas posibilidades  de salir de este lugar. Como usted sabe,  por la  escasez de combustible han eliminado la ruta de  ómnibus pública que llegaba hasta acá.

-Siempre encontraríamos alguna manera de salir.

-Prefiero   no   quedarme   luego   de   concluir   la jornada  laboral -reaccionó nervioso-. El vigilante de  la  puerta principal podría suponer que nos hemos quedado haciendo algo indebido y quizás estaríamos dando lugar a las murmuraciones de los trabajadores sin sentido alguno. Usted bien sabe  que en  los últimos días se han estado perdiendo  mercancías  de los almacenes y aún no se han encontrado los culpables.

A  pesar de mi insistencia, no logré convencerle y en horas de la noche fui a visitarlo al pequeño apartamento  que mantenía alquilado en las afueras de la ciudad. Me recibió con evidentes muestras de  cordialidad y advertí en él una pulcritud extrema, como no acostumbraba en la fábrica; emanaba de su cuerpo un tenue perfume  de  agua  de rosas  y  vestía  una hermosa bata anudada a la cintura, estampada  con  lunas  azules y  cimitarras  de  diferentes tamaños.

Estuvimos charlando largo rato sobre asuntos  triviales, mientras  bebíamos  de un excelente café  preparado  en  una cafetera exprés niquelada, objeto que yo veía por vez primera en mi vida.

-Me  la regaló aquel amigo que le mencioné  una  vez -vaciló  antes de continuar, quizás recordando  el  enojoso incidente  surgido entre nosotros el día de su llegada a  la fábrica-, quiero decir, Rolando. Él salía con frecuencia al extranjero donde concertaba contratos de compra destinados a la industria farmacéutica y tenía por costumbre traer  recuerdos  destinados a sus amistades. La adquirió  en  Madrid por un precio que a mí todavía me parece irrisorio.

Bebimos  varias  tazas  de  café  mientras  dialogábamos acerca  de la grave crisis en que se vería envuelto  nuestro país  si, tal como parecía, la Unión Soviética se desintegraba de nuevo en pequeños estados. Algunos países  que  se habían  declarado  socialistas  durante  la  segunda  guerra mundial ya navegaban en la corriente del liberalismo  y  el tema le interesaba sobremanera a Agustín.

-Se nos acabarán las comodidades materiales -sentenció en  voz baja, como si temiera que alguien más lo  estuviera escuchando- porque no es secreto que los soviéticos sostienen de manera generosa nuestra economía.

Calló  unos  instantes  y yo tuve la  impresión de que andaba buscando un pretexto para que mi visita se extendiera.  Era un hombre solo, sin amistades, sin nadie  en  quien confiar. A pesar de su juventud, no era del tipo de individuos  dado  a correr detrás de las mujeres y  por  lo  tanto tendría que sentirse aburrido en nuestra pequeña ciudad,  un lugar  provinciano  cuya  única diversión  era  hartarse  de cerveza en un solar ubicado en las afueras de  la población.

Casi  al  cabo  de una hora de  conversación  comenzó  a hablarme sobre literatura, explicándome que en una oportunidad había leído una historia impactante para él. Se  trataba del  célebre  relato  escrito por el  escocés Robert  Louis Stevenson en el cual se contaba cómo un hombre públicamente honorable, el doctor Jekyll, descubre las bajas  pasiones que  lo  asaltan  con frecuencia por culpa  de  una  porción oscura  de  su  cerebro que fraguaba maldades y una parte deleznable de su corazón que se complacía cuando las llevaba a cabo.

-Entonces  sus  conocimientos de química lo  inducen  a preparar  una  especie de pócima mágica  -concluyó  con  la mirada perdida en el vacío- que al beberla lo transforma en otro  ser: mister Hyde, abyecto, vil, asesino, lujurioso.  Y escondiéndose en el cuerpo de mister Hyde, el doctor  Jekyll comete las peores iniquidades quedando a salvo su reputación pública.

Reflexionamos durante un tiempo bastante dilatado acerca del  fenómeno  que en nuestro medio se conocía  como  de  la doble moral y él aseguró conocer en La Habana gran  cantidad de doctores Jekylls que en horas del día eran honestos ciudadanos, hombres y mujeres que trabajaban en lugares  públicos o  en  empleos muy bien remunerados, gente  prestigiosa  que derramaban  distinción a sus alrededores, y al  caer  la noche se convertían en miserables hydes dedicados a los  más detestables oficios y maldades: contrabandistas, drogadictos, prostitutas, homosexuales, ladrones, sostenes de garitos,  traficante,  asesinos   a  sueldo,  espías,  buscones, pordioseros, celestinas…

-Como  usted  ve, Domínguez  -suspiró,  llevándose  un cigarrillo  rubio recién encendido a los labios-,  la  vida real no es la de nuestros catecismos políticos, los programas  radiales y televisivos y el de los círculos de  estudio que discutimos cada mes.

Nos quedamos observándonos uno al otro, como tratando de descubrir cada cual el verdadero pensamiento ajeno. Bajó  la mano que sostenía el cigarrillo hasta el nivel de los muslos y la colocó de una manera negligente mientras exhalaba el humo con una especie de coquetería.

-Pero usted pertenece a  los duros -me dijo con toda amabilidad, aunque sus palabras resultaban  irónicas-, a los stalinistas como yo los llamo, que consideran al  Partido  la  vida misma y sus  orientaciones  la  verdad absoluta.

-¿A  qué viene tanta reflexión ideológica suya? Que  yo sepa, estábamos hablando sobre literatura.

-Que para usted la única válida es la que se construya bajo los cánones del realismo socialista.

-Acláreme  qué persigue -exigí,  poniéndome  de pie.

El se quedó mirándome con una sonrisa irónica.

-Durante todos estos meses no he hecho más que observar su  conducta y he  llegada  a  la conclusión  que es usted uno de los tantos doctores  jekylls que  pueblan  nuestro país. ¿Acaso ignora que he  llegado  a descubrir  sus relaciones con Arminda, mientras  predica  en cada reunión que los militantes del Partido debemos practicar lo que usted llama la más limpia moral revolucionaria?

Quedé  paralizado.  En  efecto,  la  hermosa  jefa  del laboratorio  y esposa del director de la  fábrica  mantenía conmigo un romance que habíamos logrado ocultar durante casi dos años de los ojos más indiscretos.

-No  pierda  el  tiempo en negarlo,  Domínguez.  Yo  he charlado más de una vez con Arminda en el plano confidencial y me ha asegurado encontrarse harta de tanto sexo con usted. Ella desea ser atendida en el plano sentimental también.

-Fíjese lo que voy a decirle… -intenté una amenaza.

-Mejor  escúcheme, porque lo he llamado para  ofrecerle un  consejo. Sólo le  queda  una  alternativa: renunciar al hermoso cuerpo de Arminda, a la femineidad  que derrama.  Sería  la  única manera de  salvar  su  prestigio, porque una mujer que es capaz de hablar mal sobre su  amante está a punto de traicionarlo.

No pude articular palabra. Jamás pensé que una  muchacha como Arminda, sedienta de ser poseída como no lo era por  su esposo  quien vivía siempre inmerso en los problemas de  la fábrica y con aspiraciones de saltar un día a un cargo en el Ministerio,  fuera  a engañarme con un desconocido,  con  un recién llegado a nuestra ciudad.

-No  se asombre si he descubierto con tanta rapidez  la infidelidad  que  usted  ha logrado ocultar  de  sus  demás compañeros  y  de su esposa, según supongo.  Tengo  una especie de… digamos gracia… para encantar a las mujeres y bajo tal influjo, me convierten de inmediato en su confidente.

Levanté la cabeza para estudiarlo con calma y de  pronto tuve  celos.  Yo había pasado de los  cuarenta;  mi  cuerpo comenzaba a sentir el cansancio y el vacío de quien no tiene un  asidero cierto por el cual luchar; mi única  pasión  era ser un prestigioso líder político y ahora me veía descubierto en mi maldad. Agustín, en cambio, joven y bien  parecido, con apenas treinta y seis años cumplidos, podía jactarse  de arrebatarme  a una mujer que sustituía el cuerpo  envejecido de mi esposa.

-No piense, desde luego -cortó mis pensamientos  poniéndose de pie; ahora era él quien se había adueñado de  la situación-,  que  Arminda se ha enamorado de  mí,  todo  lo contrario.  Le  ama  realmente a usted, pero  desea  que  se dedique  a ella por completo.

Sonrió  indulgente  mientras servía café para  ambos.  A partir  de aquel instante comencé a depender de sus opiniones. Sin darme  cuenta  en  qué momento había  empezado a  hablarle amistosamente,  me  sorprendí pidiéndole  consejos  para  el futuro.

 

Categorías: Obras inéditas

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