10:37 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

La fiebre del atún

Título del libro: La fiebre del atún

Género: Novela

 

Carátula original:

 

Sinopsis:

La amenaza de una enfermedad degradante y contagiosa provoca el miedo a la muerte en el personaje protagónico y prepara un final inesperado: la mujer de sus sueños aparece, y de ella y con ella obtiene todo lo que anhelaba. Sin embargo, esta ficción convertida en realidad tendrá un final más contundente que la realidad misma: fabricar un mundo imaginario no resuelve los problemas humanos. 

 Resumen argumental:

Las constantes ensoñaciones del protagonista, que se empeña en vivir de manera autocontemplativa para defenderse de la abyecta realidad que lo circunda, realidad minada en sus cimientos por una extraña epidemia que se manifiesta con varios rostros a la vez, lo conducen a romper el equilibrio de su existencia y convertirse en un ente de ficción dentro de la ficción que ya es esta novela cuyo espacio fabular transcurre en un incorpóreo país sudamericano, donde un dictador invisible en el discurso narrativo gobierna las conciencias de las personas. Escrita con anterioridad a Onán en busca de la mujer perfecta, amplía los contenidos allí expresados hacia las vertientes existencialista y psicológica, dotando al protagonista (llamado Alisio en La fiebre del atún y no Onán) de una imagen corpórea más detallada.

El narrador juega con el concepto de ficción con particulares intenciones; para lograrlo, ha colocado a Alisio en una realidad descrita con detalles minuciosos, poblándolo de mujeres ficticias que lo visitan en la imaginación, sin caer en el fácil juego de ir de un mundo a otro en un parpadear. Ni la honestidad ni la inescrupulosidad son puestas en duda, y ello participa al servicio de la ficción. En un tono a veces agresivo y en ocasiones paródico, muestra el especial orden económico, político y social que existe en el país ficticio donde se mueven sus personajes, en un tiempo que transcurre lento y donde los jóvenes viven tempranamente hastiados y decepcionados mientras los viejos llevan la resignación calcificada en los huesos. La idiosincrasia de un pueblo es transmitida de tal forma que podemos reconocernos en ella quienes crecimos en otras latitudes.

El encarnizamiento con la imagen del fracaso que sólo el alcohol y el disfrute del sexo con las prostitutas pueden borrar momentáneamente, mientras la verdadera buena vida transcurre lejos y les sucede a otros, es el sentimiento que impregna los días de esos hombres que buscan un cambio y creen en el amor, en definitiva, como la última opción a la que podrían entregarse para darle sentido a sus vacías existencias. Pero es una idea ilusoria del amor, por lo tanto la redención les es negada. La búsqueda de la mujer ideal —física y espiritualmente— es un pretexto que tiene el personaje protagónico para no morir: Alisio, periodista esclavizado por la mediocridad ideológica del periódico en que trabaja, tiene alguna sospecha de esto, pues el camino que sigue es hacia su propio interior, y las continuas desilusiones que esta introversión provoca lo conducen a la pérdida de toda esperanza. Su existencia transcurre en un limbo, mezcla de lo empírico y lo imaginario, y sólo un poco más de esa medicina (adictiva, como la repetición de sus lecturas preferidas en las cuales las parejas se relacionan con plenitud y a veces hasta la lujuria) le permite seguir viviendo.

La fiebre del atún es una construcción subjetiva que logra encontrar su forma. A menudo el narrador se introduce en el cerebro de Alisio sin intenciones de anularlo con una omnisciencia absoluta, sino para organizar lo objetivo en la tempestad que significa la experiencia vital de un hombre.

 Muestra de los dos primeros capítulos:

UNO

Al llegar frente a la buhardilla, Alisio frunció los labios y continuaron asaltándolo los recuerdos. No le quedaba ahora el consuelo de años atrás, cuando no tenía la mirada pesarosa y al terminar la lectura de un libro se convertía durante un tiempo en uno de sus personajes principales, participando lo mismo de los sufrimientos de Calisto al rememorar los desdenes de su adorada Melibea, como formando parte de las huestes que al mando de Federico el Grande invadían Bohemia. Ahora debía conformarse con los viajes al estilo del que emprendió a la edad de tres años: lo buscaban las hermanas por los rincones de la casa; el padre lo llamaba a gritos; el hermano mayor desanduvo las calles del barrio preguntando a conocidos y desconocidos, aclarándoles a estos últimos que se trataba de un enclenque con un pie torcido, y la madre fue hasta la casa de los suegros por si el muy canijo había ido en busca de granadas, que tanto le gustaban. Al cabo de las tres horas apareció enterrado en el basurero que había cerca de unos naranjos plantados por su padre en el fondo del patio, con la boca retaqueada de mierda y una expresión placentera en el rostro mientras acunaba en sus bracitos de fina piel una gallina a punto de expulsar un huevo.

    Se rascó la cabeza y entró a la buhardilla. Luego de colocar la maleta encima de una mesa algo desequilibrada, se dirigió a la cama de hierro con pintura desgastada donde pensaba dormir el resto de su vida sin verse obligado a soportar las impertinencias de la familia: el llanto frecuente de la madre porque en aquella casa nadie agradecía a Nuestro Señor y Salvador Jesucristo su mediación ante el Altísimo para que concediese el pan de cada día; las borracheras del padre, quien conseguía el alcohol en el mercado subterráneo a precios impagables y llegaba a la casa casi entrada la noche, violento, tambaleante, gritando ofensas y palabras obscenas aunque sin atreverse a mencionar nada relacionado con la política; las protestas de las hermanas por vivir en aquella casa de techo mugriento y paredes descascaradas, atestados los fregaderos  de vasijas sucias y los lavaderos de ropa de hombres, sudada y con tufo a bajas pasiones.

    “¡Son unos puercos!”, se quejaban las muchachas cuando descubrían las manchas amarillentas en los calzoncillos.

    “¡Por leer esos asquerosos libros!”, les decían a los hermanos, refiriéndose a El burro y la doncella y Mi adorada Inés.

    Y como el mundo de los libros era intocable para el honor de Alisio, odiaba a las hermanas.

    Al hermano lo consideraba un enemigo. Graduado en la Escuela General de Contaduría, no desperdiciaba oportunidad para demostrar a la familia todo lo aprendido en materia de presupuestos. Organizaba los gastos de la semana hasta el último céntimo de tomín, desechaba la compra de algunos alimentos con el argumento irrebatible de que contribuían a la obesidad, y a las hermanas solo les permitía el uso de ropas pasadas de moda.

    “La salud no depende de la comida”, aseguraba desde su altura principesca cuando Alisio protestaba por la sopa donde navegaban unos fideos solitarios.

    “Las modas actuales arrastran a las mujeres hacia la prostitución”, afirmaba sentencioso si las hermanas manifestaban el deseo de comprar alguno de los trajes confeccionados en Modas Mayestáticas.

    Los abuelos paternos visitaban la casa con frecuencia y la mayor parte de las veces estas visitas provocaban discusiones familiares después que se marchaban. La madre se echaba a llorar porque los hijos se burlaban de misas, escuelas dominicales, sermones y homilías. 

    “La salvación del hombre está en la tierra”, cerraba la discusión el padre, enemigo de cultos y adoraciones.

    Los tíos y los primos también molestaban la tranquilidad buscada por Alisio para entrar en el mundo de los sueños. Aunque en los últimos tiempos se limitaban a saludar y continuar de largo, siempre existía el peligro de que volvieran a repetir la costumbre de la época en que una esquina de la sala la ocupaba el enorme radio Phillips comprado en Almacenes Álvarez: los tíos, a husmear en los libros que Alisio mantenía ordenados en un estante y después de arrellanarse en una butaca, hablar acerca de la guerra del Guasmo en la que morían jovencitos mandados por generales cuyos hijos no iban al frente de batalla; los primos, a sintonizar una estación donde se escuchara la escandalosa música que convertía la casa en un pandemonio.

    Mientras se levantaba por un instante de la cama, Alisio dudó si en realidad había abandonado el hogar a causa de las impertinencias de la familia. Prendió el bombillo que colgaba de una viga del techo, una luz amarillenta inundó la habitación y desplazó el reflejo de la luna a través de la única ventana de la buhardilla. Volvió a acostarse bocarriba, aún sin desvestirse, y mientras sus manos jugueteaban con un libro, abriéndolo al azar en páginas que no se molestaba en mirar, trataba de explicarse por qué se encontraba en aquel  lugar.

    Esa misma tarde el padre había llegado a la casa con olor al alcohol del que se hartaba al finalizar su trabajo en la cigarrería Álvarez. Alisio leía en un grueso tomo que Amadís partía alegre del lado de Urganda la Desconocida por dos motivos: uno, por saber que su hermano acababa de armarse caballero y dos, porque iba a acercarse al lugar donde se hallaba su adorable Oriana. Acostumbrado como estaba a las borracheras del padre, en lugar de escuchar sus ofensas colocó el libro encima de las piernas y mientras sonreía observando el destrozo de figuras de yeso, cuadros con fotos familiares y otros adornos hogareños, pensó que su gran desgracia consistía en no contar con un hermano capaz de cubrirse la cabeza con un yelmo, levantar una lanza y clavar las espuelas al caballo para enfrentarse a Arcalaus el Encantador. Su hermano, de pequeña estatura y cara corronchosa, estaba amasado con una pasta constituida por cálculos de gastos en operaciones de compraventa, y no podía formar parte de la Sagrada Orden de Caballería porque no era capaz de salir en busca del Santo Grial.

    Las hermanas y la madre contemplaban angustiadas aquel destrozo, sin acercarse; los abuelos paternos desde la puerta de entrada, recién llegados, miraban atónitos la escena.

    El padre vociferaba. Era cierto lo que había dicho unas noches atrás el mayor de los muchachos: Alisio era un descarado, solo entregaba cien tomines destinados al mantenimiento de la casa a pesar de que le habían aumentado el sueldo en un veinte por ciento gracias a las negociaciones entre el Gremio de Periodistas y el Patronato de la Prensa. Ellos, en cambio, los esclavos de la Compañía Álvarez, tenían que mamársela e ir sobreviviendo a pura muerte. Finalmente, acercándose al sillón donde se hallaba Alisio, lo señaló con un dedo y continuó vociferando contra ese gran sinvergüenza: apenas conseguía un jodido tomín, salía corriendo hacia la librería de Trucman González o invitaba al otro atorrante, a Manuel, a beber unos copetines en El Sótano o en los salones de la Sociedad de Recreo.

    “¡O entregas  doscientos  tomines  este  mes o te largas!”, tronó el padre, con la mirada de odio y el cuerpo balanceante.

    Sus hijas, al borde del desmayo, emitieron un chillido amanerado y comenzaron a consolar a la madre, quien sólo atinaba a mirar en dirección al techo y a quejarse ante un invisible San Juan Apóstol de que en aquel hogar vivían en las tinieblas. Cuando la madre comprendió que padre e hijo pasaban de las amenazas a la acción, se liberó de las hijas y encarándose con ambos, intentó explicarles que el amor no debía prodigarse de palabra sino de obra. En el colmo del paroxismo, agitando los brazos hacia lo alto y pateando el piso, conminó al hijo a soltar el cenicero de las manos y a su marido le advertía que no se atreviera a usar el cinto.

    La pelea no adquirió consecuencias dramáticas gracias a la intervención del abuelo.

    “¡Basta!”, ordenó con voz atronadora y hasta la abuela cesó en el parloteo y las controversias contra la nuera.

    Eso dijo el abuelo con palabras. Con el gesto fue más elocuente: los brazos en jarras, la respiración agitada y la mirada valiente. Su rostro arrugado y serio no admitía réplica alguna. El padre masculló varias indecencias mientras se retiraba hacia las habitaciones interiores. Alisio colocó el cenicero con mucho cuidado encima de la mesa auxiliar tratando de no dañar el cristal y, con disimulo, recogió el libro del piso, buscó la página marcada y volvió a sentarse fingiendo que leía. Las mujeres optaron por replegarse, aunque la abuela apretaba los dientes y el abuelo sabía que su enérgica intervención le costaría más tarde pedirle perdón de rodillas con el argumento de que no había sido su intención humillarla, sino evitar una mundanal bronca en la familia. Por el momento, sin embargo, el abuelo era el héroe de la tarde.

    Cuando la madre entró a la sala para avisarle a Alisio que ya la sopa estaba servida, él no se encontraba. Había decidido marcharse de la casa.

 DOS

Alisio se dijo que debía olvidar a su familia si pretendía ser libre, y buscó la página del libro que había estado leyendo esa tarde antes de la llegada del padre a la casa. Se detuvo en la parte donde se relataba lo acontecido a Amadís cuando iba en socorro del rey Lisuarte e imaginó lo que hubiera podido ocurrir en el caso de que él, convertido desde luego en el de Gaula y su hermano Galaor —el despreciable hermano transformado en todo un caballero—, se hubiesen enfrentado al grueso Arcalaus el Encantador y a su hijo, el rey Arábigo, dispuestos a defender el honor ultrajado de las sobrinas de Urganda. El primero conducía un auto extranjero del último modelo, protegida la cabeza con un sombrero de hojalata en cuya copa aparecía grabado el distintivo de los Almacenes Álvarez, y el vástago tomaba la lanza con la mano derecha mientras agitaba la izquierda como si intentara salir volando.

    La soñada batalla no podía llevarse a cabo, se dijo Alisio con tristeza mientras echaba el libro a un lado y buscaba un cigarro en el pantalón;  comprendió que su hermano y él no estaban preparados para escenificar batallas de caballería: ninguno de los dos jamás había conquistado doncellas ni había compartido el lecho con una Oriana de carne y hueso.

    Dio una calada al cigarro sacudiendo la ceniza en el piso y movió la cabeza hacia ambos lados asumiendo una actitud optimista: tampoco era tan grave la situación, pues su vida la entibiaban los recuerdos de algunos amoríos.

    Rememoró esos amores de paso; su experiencia inicial fue con una mujer a la que sus brazos no lograban rodear por completo de tan gruesa; insatisfecha con las caricias del esposo, se le había brindado junto a un arroyo por donde corrían los desperdicios de la ciudad, y al introducir una mano para tantear el terreno, se encontró con una masa sanguinolenta que lo mantuvo tres días con el vómito en los labios. La segunda fue con la hermana mayor de su amigo Manuel a la que invitó a bailar en los salones de la Sociedad de Recreo, pensando que al fin encontraba una digna aspirante a esposa debido al respeto impuesto por el apellido de abolengo que la identificaba; al finalizar la noche, luego de haber bebido entre los dos varias botellas de whisky, la muchacha le confesó sentir unas ganas indomables de convertirse en Blancanieves para que el Príncipe Azul la despertara con la verga. Le seguía una prostituta, quien frecuentaba El Sótano con el propósito de alimentarse con chocolate caliente y de paso tratar de conseguir algún cliente entre los espeluncos, muchachos bullangueros que nunca se atrevían a acostarse con ella  porque se encontraban aterrados con la propaganda gubernamental acerca de la fiebre del atún, y con la que él tampoco se atrevió a consumar el acto. También fracasó con una novia casera, de esas que se le cuelgan al brazo de cualquier mandilón por temor a permanecer solteras de por vida. Finalmente, quedó decepcionado con la novia cuyo segundo apellido no llegó a conocer porque se le brindó sin exigir siquiera una gardenia o una rosa, mientras le confesaba estar aburrida de verse obligada a trabajar en una oficina atestada de papeles, y él, más temeroso de la histeria que de las enfermedades venéreas, optó por olvidarla de un tirón. Cuando recordó al último de sus amores, se le ocurrió una idea que le pareció lo más importante de su vida: fabricar una mujer perfecta con lo mejor de todas las mujeres conocidas por él.   

    Estuvo pensando un gran rato cómo lograr su propósito; debía ser una mujer libre de errores y defectos, carente de toda materialidad grosera, aunque lasciva y complaciente. Qué gran sueño, se dijo, nunca se le había ocurrido mientras su talento de escritor se marchitaba allá en la casa de los padres, a la que se proponía no regresar jamás.

    Aburrido de tantas mujeres que pasaron por su mente, recordó el encuentro con Manuel unas horas antes cuando andaba buscando dónde vivir.

    Los rastros de sol que aún quedaban en el firmamento empedrado y opalescente acabaron por difuminarse. Alisio traía la camisa empapada de sudor en instante que tropezó con el amigo en un recodo del parque, muy cerca de la iglesia.

    “Estás desolado”, le dijo Manuel.

    “Soy un cobarde”, contestó Alisio, acordándose de que había tomado el cenicero con intenciones de atacar al hombre que cuarenta años atrás le había permitido cabalgar en sus espaldas.

    “Has hecho bien”, aseguró Manuel. El hombre debía independizarse de sus mayores si deseaba triunfar; olvidar el tronco matriz, negarlo como aconsejaba el profesor Antenor Mejías en su opúsculo filosófico Lógica polivalente y consejos prácticos. “Además, te has librado de esa mierda enlatada que es tu hermano y no tendrás que ocultarte en el baño para disfrutar de El burro y la doncella, carcajeó sarcástico.

    “¿Y dónde voy a vivir?”, le preguntó Alisio preocupado.

    Manuel alzó los hombros. No acostumbraba inmiscuirse en las dificultades ajenas. Por lo tanto, hacía mutis. Manuel se retiraba por la calle más iluminada. Caminaba despacio, sin volverse. Ya  era una sombra lejana cuando el suspiro de Alisio estuvo a punto de mover las hojas del jardín de la iglesia.

    Decepcionado del encuentro con Manuel determinó, llegar hasta las oficinas de El Heraldo del Día, donde su director Juvenal Méndez lo empleaba en redactar esquelas mortuorias, anuncios comerciales, avisos de lectores y corregir los escritos  de los reporteros, quienes violaban la sintaxis con el mayor de los descaros y cometían vicios de lenguaje inadmisibles.

    Juvenal se hallaba en su despacho privado, gozoso de realizar una faena de bestia que lo mantenía hasta altas horas de la noche ocupándose de que la maquinaria, montada gracias a su empuje vital, marchara sin atascamientos. Alisio tocó con los nudillos y cuando le abrieron, estuvo a punto de taparse la nariz para ahogar el olor a estiércol de armadillo que salía del lugar.

    “¿Qué se te ofrece?”, le preguntó el director. Al instante, apartó el teléfono a un lado y dijo: “Has llegado a tiempo. Necesito con urgencia un escrito de relleno”.

    “¿Sobre qué tema?”, indagó Alisio prudente.

    “Sobre  modas o una película, me da igual”.

    Entonces Alisio determinó pedirle un favor: había abandonado la casa por una pelea con el padre y no tenía donde pasar la noche.

    “¿Aquí en el periódico?”, escandalizó Juvenal. “Ni pensarlo”.

    Resignado, comenzó a escribir un artículo sobre las góndolas venecianas auxiliándose de una enciclopedia, y después de afirmar que el primer testimonio de la existencia de este tipo de embarcaciones era una cédula firmada por Vito Faliero en 1094, se dijo que hubiera resultado maravilloso pasearse por el Canal Grande acompañado de una mujer. Al terminar, quedó abatido: aún tenía que encontrar donde dormir.

 Lea en el próximo artículo:

Las nubes de algodón, sinopsis, resumen y muestra  de dos capítulos

 

Categorías: Obras publicadas

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