3:11 pm - miércoles noviembre 25, 4539

La otra habitación

Título del libro: La otra habitación

 

Género: Novela breve

 

Sinopsis:

Historia que sujetándose a los patrones de la realidad existente, logra trascenderla convirtiéndola en literatura.

 

Resumen argumental:

Un escritor viaja a La Habana desde el interior del país para entrevistarse con su agente literario. Mientras intentan negociar su última novela con una editorial cubana y planean un viaje promocional a Barcelona, el escritor permanece alojado   en un hotel supuestamente dedicado al Turismo Internacional y cree encontrar en sus vecinos de habitación a un proxeneta y su jinetera. Al final, se le descubrirá al lector que el narrador-personaje es en realidad un fracasado sin andén ni destino.

 

Muestra de los dos primeros capítulos:

Capítulo 1

Durante el atardecer de mi primer día en La Habana, recostado contra la ventana del hotel, me entretengo mirando hacia el malecón. Pasan gran cantidad de ciclistas y algunos automóviles; el sol aún alumbra tenuemente contra el mar, desatando con sus rayos un arco iris que al ser reflejado por las aguas me deja deslumbrado. Regulo el aire acondicionado porque siento que las gotas de sudor corren por todo mi cuerpo, regreso hasta la cama y me acuesto sin desvestir.

Entrecierro los ojos y escucho a la sordina una conversación que viene desde la habitación aledaña a la mía. Oigo apenas unos susurros, voces apagadas, quizás hasta una risa entre palabra y palabra. La risa en unas oportunidades es de una mujer, en otras es un hombre quien prorrumpe en una carcajada estentórea, plena de vitalidad y alegría. Boca arriba en mi cama, mientras intento encender un cigarro ensalivado por culpa del fósforo negado a prenderse, observo con toda calma esta habitación donde me encuentro. Estoy cansado. Luego de casi veinte horas de viaje en un tren colmado de incontables aromas contradictorios, desde el perfume de jazmines y violetas hasta el de pies sin lavar, desde el de la comida guardada en vasijas hasta el del polvo de los pasillos del vagón, uno desea abandonar todo el cansancio acumulado en una cama cualquiera y ahora a mí el rumor del equipo de aire acondicionado, el tenue olor de sábanas planchadas al vapor y el ambiente de pulcritud en que me encuentro, casi me adormecen. De inmediato pierdo todo interés por las paredes blancas, recién pintadas, sin una mancha o un graffiti como los que acostumbran a escribir los enamorados en los hoteles de mala muerte y continúo escuchando la conversación de mis vecinos.

De pronto, el hombre comienza a rugir improperios; lo imagino saltando contra la muchacha (estoy convencido de que se trata de una muchacha: el tono de su voz es suave, claro y uniforme; las mujeres mayores en general hablan de una manera quebradiza, ronca; en cambio, las jóvenes poseen una voz atiplada parecida a la de un muchacho impúber) para apretar alguna parte de su cuerpo, quizás un brazo, violento y furioso: estaba engañándolo y a él no había mujer que lo hiciera el comemierda; ella muy bien lo conocía; aunque la amaba como jamás había adorado a mujer alguna, no le iba a perdonar una traición. Le recordaba con insistencia su credo moral como hombre, la situaba en la disyuntiva de escoger entre un ambiente rodeado de comodidades y aquel en que vivía antes, sórdido, lleno de gritos callejeros en un solar asqueroso, obligada a asistir durante las mañanas a la escuela y por las tardes a dedicar el tiempo disponible en ocupaciones domésticas rutinarias y agobiantes. La muchacha lloraba y hasta podría asegurar que de rodillas frente al hombre pedía perdón. Él ya no gritó más; mantuve pegada una oreja contra la puerta cancelada desde ambas habitaciones, mientras oprimía la colilla contra el cenicero de cristal labrado que descansaba encima de la amplia cómoda, y escuché el detenerse de los sollozos y el inicio de unos jadeos acompasados.

 

Comienzo a cepillarme los dientes con energía luego de una noche reparadora y me vienen a la mente los problemas prácticos a los que deberé enfrentarme durante el nuevo día. El primero de ellos, buscar alguno de los cambistas clandestinos conocido por mí para convertir una fuerte suma de pesos cubanos en dólares, porque me los venden a precio más bajo que en la casa de cambios. Aquí, al contrario de la ciudad provinciana donde vivo, todo se cotiza en moneda dura y es necesario tenerla si se desea disfrutar de la vida.

La fragancia de la pasta dental, el golpe del chorro de agua contra el lavamanos y las notas de una canción de moda procedente de un radio cercano nublan mis sentidos, oscurecen mis percepciones del mundo exterior. Mi esposa en estos momentos debe haberse acabado de levantar y el mayor de nuestros hijos lo estará haciendo ahora; dentro de unos instantes él comenzará a calentar el motor del automóvil, a acelerarlo de una manera brusca como le tengo prohibido; el perro estará ladrando, su manera típica de reclamar que alguno de los niños pequeños vaya a zafarle la correa y apenas se vea libre meneará la cola echando a correr hacia el jardín donde abrirá algunos huecos.

Acabo de afeitarme y mientras froto enérgico el rostro auxiliándome de una toalla, escucho a la pareja vecina hablar de dinero. Oigo perfectamente la palabra dólares y supongo que tendré por vecinos durante estos días a dos traficantes de drogas o de joyas; me acerco a la pared divisoria entre nuestras habitaciones y ya junto a la puerta cancelada me hago una idea del hombre mientras percibo su voz: tiene alrededor de cincuenta años, porque habla con un dejo no tanto de cansancio como de aburrimiento propio de la edad que acerca al hombre a la vejez. Apenas sabe proyectar su voz, la dicción resulta vulgar y algunas palabras del argot chabacano me revelan a un individuo sanguíneo, mal encarado, de alta estatura y guapetón. Al principio lo suponía extranjero, cuando mencionó los dólares; también anoche hablaba en un susurro y hubiese jurado que lo hacía con el acento propio del inglés; hoy en cambio ya sé que se trata de un cubano común y corriente, capaz incluso de amenazar a cualquiera con un arma.

Mi intención primera es avisar a la policía. Miro hacia la mesa del teléfono e imagino mi conversación con la empleada que atiende la pizarra central; me escucho a mí mismo pedirle comunicación hacia el exterior del hotel aunque en realidad apenas me he movido de mi sitio: la muchacha del cuarto vecino ríe con estridencia tal que a mis oídos llega una especie de burla obscena, descarada. La supongo desnuda, sentada en una silla, las piernas abiertas, mostrándole su sexo pulposo al hombre, porque éste alude con palabras soeces a esa zona del cuerpo de su pareja preguntándole al final si las señales en el interior de los muslos fueron mordiscos furiosos o de placer por parte del italiano.

Decidido a conocer a mis vecinos, comienzo a vestirme cuando la conversación de ellos languidece con una pátina de ciruelas amargas o de almíbar recocido; hablan sólo de ganancias y posibilidades de viajar fuera del país. Él revela sus planes de una manera brusca: quizá el italiano los acepte a ambos en su habitación esta noche; de suceder así, podrían volar la próxima semana a Milán y allá introducirse en los negocios de la sociedad anónima Giusseppe-Rosy. Entonces comprendo quiénes son.

Durante mi recorrido por el amplio pasillo de baldosas pulidas del hotel, adivino que las paredes fueron pintadas hace poco. Quedan minúsculos rastros de pintura en el piso y el blanco es aún deslumbrante, sin las señales de decadencia que suele imponer el decurso del tiempo sobre el emblemático color de la pureza. Observo breves instantes el mar por uno de los amplios ventanales; las olas embravecidas golpean los muros de contención y el viento agita mi pelo. Dentro del ascensor, recompongo el peinado maquinalmente mientras calculo dónde podrán estar mis hijos y mi esposa ahora mismo; la mucama oprime un botón luego de yo formularle una pregunta banal y me mira fijamente antes de contestarme. En estos segundos de encierro obligado con ella juego a adivinar sus pensamientos, como si fuese un personaje ocasional de mis novelas. Me está juzgando, indiscutiblemente; considera que soy uno de esos empresarios estatales cubanos de la última hornada, recién estrenado en el mundo de los negocios (hasta ayer, dirá ella para sí, un simple agitador, acostumbrado a repetir consignas), y que estoy adiestrándome en la técnica del trato protocolar, las reglas del buen vestir y las normas del bien hablar. Eso podría pensar esta mujer de mirada triste, encanecida, que viste un elegante uniforme muy bien planchado; o tal vez no, quizás los pensamientos que le supongo sólo sean el resultado de mi inveterada costumbre de narrador, obligado a dotar de cuerpo físico o psicológico a cada uno de los personajes de ficción que cobran vida en mis relatos. Llegamos a mi destino y ella me despide con un: “Su piso, señor”, atento aunque impersonal, ajeno a toda intención de recibir las gracias por haberme evitado bajar unos cuantos escalones, sino deseosa de que introduzca mi mano en el bolsillo y le obsequie una propina.

 

Sentado en una mesa solitaria del restaurante ocupo el tiempo en varios asuntos a la vez. Por una parte, he elegido un lugar apropiado para vigilar a todos cuantos entren porque me he propuesto adivinar quiénes son mis vecinos de habitación; mis hijos ocupan fracciones de segundos de mi pensamiento y creo escuchar también a mi esposa riñendo con los tres, veo al perro atado a la cadena ladrando desde su soledad contra delincuentes que no existen y escucho al panadero anunciar con su silbato que hoy no habrá dificultades para el desayuno; imagino el encuentro en horas de la tarde con mi agente literario durante el cual espero recuperar la confianza en el valor de mi obra y la entrevista del día siguiente con la editora de mi última novela. También recuerdo la discusión violenta una semana antes entre mi esposa y yo porque olvidó reservar mi pasaje en avión con destino a La Habana con un mes de antelación, motivo por el cual me vi obligado a trasladarme en tren hasta aquí.

La camarera llega junto a mí, con la fragancia de los azahares desbordando sus poros. Adopta una posición rígida, como si temiera equivocar el método de servir el desayuno aprendido en la escuela gastronómica. En ese instante, la puerta del restaurante se abre y el capitán guía una pareja hacia la mesa más cercana a la mía. Son ellos, por supuesto; mis vecinos de habitación a quienes he estado espiando desde mi llegada, escuchando sus conversaciones fragmentarias, oyendo los suspiros de placer que intercambian, enterándome de los detalles de su convivencia íntima. Resulta indudable: ronda en mi cabeza el plan de una nueva novela basándome en ellos como personajes centrales; sin embargo, no acabo de dar con el título pues son muchos ya entre mis libros publicados los que comienzan con las palabras muerte, asesinato y sangre.

La muchacha, cuya blanca piel contrasta con el amarillo del pelo y el negro de sus vestidos, trata de afectar una clase elevada que no posee. Parece elegante, fina, delicada, al mover sus dedos con gestos amanerados; acaricia una y otra vez la servilleta, roza la copa barrigona y el esbelto vaso colocado a su derecha y sonríe cautelosa. Los tatuajes en los brazos, las uñas pintadas cada una de distinto color, los pendientes en sus orejas, las medias negras, los finos zapatos de charol y los espejuelos oscuros que descansan encima del pelo, me permiten identificarla como una de las tantas jineteras que empiezan a colmar nuestras ciudades más importantes. Es linda, cómo podría negarse. Y sobre todo muy joven: apenas unos quince años y probablemente no los haya cumplido. Ahora recuerdo las alusiones del hombre la noche antes; en realidad se trataba de una chica en edad escolar que ha abandonado las aulas a cambio de la vida galante recién surgida entre nosotros de una manera pública y que ya todos veíamos como parte de nuestro folclore. El hombre vestía como yo, pantalón pitusa y pulóver de marca. Varias prendas de oro adornaban sus manos. Era mayor que la muchacha al menos en treinta años.

Acabo de desayunar y salgo, dispuesto a gastar toda la mañana paseando tranquilamente a lo largo del malecón.

 

Capítulo 2

Regreso al hotel bien tarde, quizás las dos de la madrugada o algo así. En la habitación vecina el hombre y la mujer entrechocan vasijas de cristal contra una botella. Escucho claramente el tintinear del vidrio y las risas alegres de la pareja; antes de accionar el conmutador del aire acondicionado oigo algunas palabras aisladas del hombre y luego empiezo a desplazarme por mi habitación, con la euforia propia del escritor que está a punto de firmar un jugoso contrato con una importante editorial.

Sentado en la cama, desnudo el torso, sin zapatos ni calcetines, la temperatura no tan baja como en el instante de mi entrada aunque fría según mis costumbres, siento deseos de ir hasta la puerta divisoria. Si estuviese en uno de aquellos hoteles antiguos, como los que utilizaba cuando mi posición económica no me permitía otra alternativa, habría tenido a mi disposición un agujero disimulado por un taco de papel sanitario comprimido. Aquí no hay posibilidad para tal trampa propia de voiyeristas: las puertas son nuevas e impiden a los ojos penetrar los secretos de los vecinos; en cambio, las palabras atraviesan las paredes y ya estoy de nuevo  escuchando.

Suena el timbre del teléfono con su aviso ronco y amortiguado; lo atiende la muchacha, revelando su nombre: Estrella. Contesta amable, casi de una forma amorosa y confidencial. Bajará de inmediato; pide que le repitan el número de la habitación y cómo desea que vaya vestida.

Me voy a la cama con el ánimo fogoso, la sangre ardiente, la soledad comiéndome las entrañas y a punto de estallar las ganas de tener a Estrella conmigo, quitarle una a una sus prendas de mujer complaciente y pasar el resto de la madrugada dentro de su vida. Imagino al supuesto marido de Estrella sentado en una butaca de cuero acolchado fumando con calma el cigarro mientras ella sale dejando en el ambiente su inconfundible perfume.

Decididamente, he perdido el sueño. No acostumbro a dormir fuera de mi casa con frecuencia, pues de tal manera me he acostumbrado a las pequeñas comodidades hogareñas de mi residencia cálida y silenciosa (el jardín interior sombreado con frutales que recorro al trote cada mañana con el propósito de restaurar mis herramientas de narrar porque mientras trabajo con ellas pierden el filo o sufren alguna melladura; la presencia de dos mujeres como de la familia que cumplen las obligaciones domésticas en silencio en horas de la mañana; los alimentos colocados a mi paso para que no me distraiga con futilidades tales como pedir un jugo o un bocadito de jamón durante mi caminata habitual por el interior de la casa dictando a la grabadora algún capítulo espeluznante o aterrador) que me molestan el olor a resina de pinos del lavabo, la dureza almidonada de las sábanas y el bullicio de los vehículos de esta ciudad que apenas duerme.

Al día siguiente modifiqué mis planes: en lugar de ir donde mi agente literario en horas de la tarde, decidí visitar a Espinosa, quien me atendió como en mis años juveniles, cuando me hospedaba en su vieja casa porque jamás resistí la vida hacinada y bulliciosa de los cuartos en los edificios para estudiantes becados. Primero nos vimos en el apartamento de la calle Fragancia y luego de soportar sus efusivos abrazos, saludé a toda la familia. Los niños como siempre me acribillaron a preguntas, tratándome con la confianza que permite a los más pequeños recostarse contra las piernas de los mayores mientras nos miran desde su infancia entre irreverentes y admirados. La madre de Espinosa, autoritaria, ordenó a su nuera traerme café; advertí que ésta fruncía los labios en un mohín de disgusto y mascullaba entre dientes una palabra obscena. Acababan de comer, me dijeron; si quería, podían calentar para mí unas carnes con papas y una buena cantidad de congrí. Rehusé entre risotadas tanto de Espinosa como mías; cinco años antes aquellos restos constituían para ellos un banquete al día siguiente; ahora en cambio los echaban a la basura, aclaró Espinosa brindándome de sus cigarros.

Al poco rato llegó el hijo mayor; la alegría de verme se tradujo en apretones de sus manos cual tenazas acostumbradas a operar un equipo pesado. Apenas se sentó, hizo que uno de los hermanos menores fuese a la cocina en busca de café para él. Traía una noticia de las que yo considero fabulosas para mis novelas. En el vertedero donde trabajaba habían aparecido dos cadáveres; así lo dijo, sin detenerse cuando bebía el café y tomaba uno de los cigarros del padre. Le pedí explicaciones y primero pensó unos instantes, como indeciso, antes de responder. Eso: dos cadáveres, repitió meditabundo. Los obreros revolvían con sus palas en horas del mediodía una de las montañas humeantes, como era habitual, buscando algo aprovechable; él mismo, en una oportunidad, había hallado un ventilador sin aspas aunque con el motor en buen estado y en otra ocasión encontró un saco herméticamente cerrado en cuyo interior descubrió una ametralladora y cuatro pistolas. De momento, una de las palas de los obreros tropezó con una masa compacta, endurecida y blanda a la vez; un rostro picado por las hormigas, unas ropas hechas jirones, otro rostro inflamado y unas carnes a punto de desprenderse de los huesos, fueron puestos al descubierto cuando entre todos terminaron el trabajo. El hijo de Espinosa perdió fondo a partir de este momento en su historia, entreverándola con todo tipo de suposiciones. Resultaba desbordante su imaginación como otras veces que me había contado estas anécdotas del bajo mundo en la capital habanera; raptos de niños, violaciones de jovencitas por diez o doce asaltantes, suicidios de familias completas, eran sus temas predilectos. Yo siempre he pensado que él fantasea para ofrecerme materia prima destinada a mis novelas y por tal motivo tomo sus palabras con una parsimonia realmente impropia de mi carácter: en mi vida cotidiana, suelo reaccionar con repugnancia ante hechos violentos, a pesar de que mis amigos personales y los enemigos literarios me han acusado más de una vez de sádico porque en mis novelas, dicen, la sangre se huele entre las líneas impresas.

Después de unas horas de conversación y de haber terminado de beber el contenido de una botella verde con un licor escocés de calidad bastante aceptable, atravesamos a pie la plaza de España acalorados y alegres. A pesar de la oscuridad reinante, al acercarme a la calle Gibraltar fui rememorando cada muro de ladrillos sin repellar, cada charco de inmundicias, cada depósito de basura revuelto por los perros callejeros, recuerdos que me llevaban de regreso a mi juventud de estudiante una veintena de años atrás, cuando aprendí un teorema que me había ayudado a descubrir la forma de resolver lo más difícil en la vida: cómo escalar hasta una altura desde la cual la lucha por la subsistencia no atenacen el estómago ni la mente. Espinosa, hijo del mejor amigo de mi padre durante sus años de luchas sindicales, me enseñó el método de solución general de problemas complejos en el transcurso de varias noches de conversación en aquella misma sala con mosaicos dispuestos en forma de tablero de ajedrez donde nos hallábamos ahora recordando las noches de intensa conversación sobre los problemas más complejos que planteaba la vida durante los años de mi juventud en que nuestra generación se dividía entre los que adoraban a los Beatles y quienes soñaban con convertirse en guerrilleros como el Che Guevara. Espinosa, su hijo y yo, con nuestras historias volvimos a llenar la sala de gente bulliciosa, jóvenes casi todos, melenudos algunos y otros con el pelo cortado hasta límites variables. Durante aquellas reuniones de los tiempos pasados, hablábamos a veces sin respetar la palabra de otro, vehementes y hasta furibundos. Nos resultaba inadmisible pertenecer a una minoría, casi todos artistas: músicos, pintores y amantes de la literatura. También había algunos representantes de especialidades técnicas aunque a todos nos unía un factor común: nos sentíamos aplastados por los convencionalismos ideológicos de la ultraizquierda marxista gobernante a todos los niveles en Cuba durante aquella etapa. El hijo de Espinosa entonces era apenas un niño como sus hermanos ahora pero recordaba aquellos encuentros. Allí nos reuníamos los estudiantes que pugnábamos por graduarnos un día para, según pensábamos, servir mejor a la humanidad. Espinosa, profesor universitario entonces, aceptaba las tertulias con cierta resignación. Mantenía alquiladas de manera clandestina cuatro habitaciones en la enorme casa heredada al morir el padre porque el dinero de la renta unido al salario le permitía si no una vida muelle al menos relativamente holgada; eran tiempos de crisis aunque el dinero poseía un valor decente.

El hijo de Espinosa iba creciendo y éste comprendía que las tertulias olían a pólvora. Las canceló con uno de sus ucases característicos: se acabó, no quiero más reuniones en mi casa. Sólo quedé yo como inquilino, ocupando el cuarto del fondo en una de cuyas paredes había escrito durante una de mis borracheras de ron, palabras y poesía el siguiente graffiti: “God, also saves to the world but me”. El cuarto donde estudié asignaturas como Teoría General del Arte, Lenguas Romances e Historia Comparada de la Cultura, que de nada me habían valido para servir a la humanidad.

Después vinieron las noches de íntimas conversaciones entre Espinosa, su hijo, su esposa y yo. Fueron las noches más importantes de mi vida porque en ellas aprendí la forma de resolver cualquier tipo de problema complejo.

El hijo de Espinosa me trae de nuevo al presente preguntándome si abría otra botella. Miré los mosaicos que imitaban un tablero de ajedrez sintiéndome indeciso; su historia sobre los dos cadáveres encontrados en el vertedero donde trabajaba me mantenía en vilo, comprendiendo que no sólo en mis novelas ocurrían asesinatos; los recuerdos de Espinosa me llevaban a un pasado no tan glorioso como yo mismo lo soñara mientras lo vivía y ejercían en mi ánimo una especie de inquietud por el destino del universo. Yo sólo deseaba entrar de nuevo a mi antigua habitación para recordar mi frase favorita: “God, also saves to the world but me”. Después solicitamos un taxi y casi de madrugada regreso a mi habitación; me siento eufórico gracias a la cantidad de ron bebido.

Tentado de descolgar el teléfono y comunicarme con la habitación vecina me sorprendo levantándome de la cama. Tendría mucho que decirle a cualquiera de los dos, pero si se trataba de la muchacha podría utilizar ventajosamente la información obtenida en horas de la mañana, cuando conversé con mi viejo amigo Omar Verdecia, ahora flamante barman quien no por haber pasado de botones a tan ventajosa posición dentro del hotel (además de generosas propinas, tenía la posibilidad de recibir encargos confidenciales de cuantos querían correr una aventura lejos del hogar) dejó de tratarme con la familiaridad a que me tenía acostumbrado.

Omar Verdecia en ocasiones se detenía frente a mí, mientras secaba un vaso o preparaba uno de sus tragos especiales. Su frente brillante y la piel negra le daban un lustre de boxeador retirado; en realidad, más de uno lo confundía con un excampeón del mundo pugilístico y eso le valía que los extranjeros lo llamaran Kid Cofee, mote que aceptaba entre orgulloso y resignado. Estrella apenas rondaba los catorce años, me dijo en tono confidencial; era toda una nínfula apetecible y cremosa. Su nombre verdadero no era Estrella: éste era una especie de seudónimo con que encubría las aventuras sexuales de las que participaba con frecuencia en el hotel. El hombre, Jorge Rodríguez, primero se sometió a un romántico noviazgo con ella y luego la desfloró en una posada. Al menos, afirmaba Omar Verdecia mostrándome sus dientes sanos y fuertes, eso le había contado el propio Jorge una noche de borrachera solitaria, celoso porque su nínfula había ido a acostarse con un artista español bien parecido, casi tan joven como ella, sin contar con su autorización.

Camino hasta la mesa donde se encuentra el teléfono y lo descuelgo; sin embargo, no llego a realizar la llamada que me proponía porque oigo cerrar bruscamente la puerta de la habitación vecina y una voz de mujer prorrumpe en una risa estridente. Escucho, pegado contra la puerta, un golpe seco como de una mano al caer contra la cara. El hombre le habla violento: que dejara de joder y le entregara los dólares.

 

 

 

 

Categorías: Obras inéditas

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