10:34 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Las nubes de algodón

Título del libro: Las nubes de algodón

 

Género: Novela

 

Carátula original:

 

Sinopsis:

Relata los avatares que viven en un pueblo provinciano un grupo de amigos cuyas inquietudes literarias los llevan a fabular sus propias existencias como una manera de huir de la vulgar cotidianidad que se ven obligados a llevar.

Resumen argumental:

El protagonista (Cundo Núñez) se propone escribir una novela, y para lograr ese propósito desaparece de los lugares donde solía habitar con la esperanza de hallar personajes adecuados para la trama. Sus amigos, preocupados, comienzan a buscarlo en distintos espacios literarios e históricos hasta llegar a la Casa de Contratación de Sevilla y subir, con otros personajes que se les unen en dicho lugar, a un vehículo llamado el tren fantasma.

En pleno siglo XXI, en un pueblito de provincias, los personajes de esta novela son capaces de vivir también en los tiempos de la conquista de Las Indias. Por medio de la ficción, una aldea se convierte en el mundo y viceversa, a la vez que se destruye la historia, quedando sólo trazos de ella, frases, imágenes superpuestas en tiempos anacrónicos.

En esta obra las frases, los nombres literarios y los históricos, la vida real e incluso los estilos de contar aparecen hurtados y burlados en un discurso suprarrealista, cual una mezcla de realidad y delirio. Se trata de una novela de recuperación del sufrido lector, del humor y la frescura, de la capacidad comunicativa.

 Muestra de los dos primeros capítulos:

 (1)

CUNDO NÚÑEZ mueve las manos para bajarse la camisa al nivel de los bolsillos del pantalón, porque si algo no tolera es que descubran su vientre abultado como una pelota de jugar en la playa. No entiende cómo se las arreglan los escritores para inventar sus historias y les repite a sus amigos que ha leído libros en los cuales el narrador toma una bolita del tamaño de una hormiga y empieza a untarle baba de ateje mezclada con saliva, amasándola despacio para que no se le quiebren las redondeces y al final, encima de la bolita aparece un circo con acróbatas y bailarinas que desafían las estrellas.

Mientras sus amigos deciden marcharse hacia donde venden cerveza, Cundo queda detenido en medio de la calle iluminada por un parpadeante bombillo de mercurio, pensando en los motivos que han podido impulsarlo a él, empeñado en ignorar que el rostro se le está agrietando por el paso de los años, a escribir una novela. Sabe que su vida es vulgar, sólo puede recordar dos o tres mujeres que lo amaron de veras y a lo sumo unas pocas horas de felicidad. Cada día transcurre de manera rutinaria: tan pronto el sol ha salido, comienza su trabajo en la fábrica que lo aniquila como aspirante a intelectual porque al llegar la tarde el cansancio lo vence; la única esperanza que tiene es que al llegar el viernes, jamás vuelva a existir un lunes.

             Sin embargo, al marcharse sus amigos ya no se encuentra solo en la calle, porque comienza a pedir consejos a Bracamontes sobre la forma más recta de proceder en su vida privada; después, trata de convencer a Justino Marcial para que tome las riendas del Taller Literario y conversa con Rafael Garay, persuadiéndolo de que no continúe enemistado con Chino Laguna. Y aprovechando que el conde Larrecameliú baja de su caballo, fue donde él cuidando que los demás no lo observen, le limpia las botas de montar con un paño húmedo y le ruega que no comente con nadie este gesto suyo de admiración por un noble caballero. Sabe bien que si Bracamontes llegara a enterarse, se subiría en la cabriola de los meneos y ya no habría forma de hacerlo descender.

             En el instante en que Cundo Núñez termina de limpiar las botas del conde, en la ciudad se encienden miles de luces de neón, los vehículos comienzan a rodar llenando el ambiente de un humo denso y él se inclina hacia delante con el sombrero en una mano.

             Larrecameliú, quien acaba de regresar de la Casa de Contratación, le confía a Cundo sus planes inmediatos. Está a punto de dirigirse hacia su bosque de cacerías predilecto, donde revisará cada rama, cada árbol, cada huella que delate el paso reciente de una liebre o un ciervo traído desde alguna colonia ultramarina con el propósito de ser usado como objeto de persecución, tal como ocurre en la novela El cuerno de caza. Allá en Sevilla, el conde es el responsable de llevar el control estadístico de los barcos que parten hacia África en busca de esclavos, la cantidad de negros capturados, de ellos cuántos de cada sexo, por sexos cuántos mayores de edad y finalmente, los aptos para distintos tipos de labores. Larrecameliú ha ideado un método para determinar la mayoría de edad de los futuros esclavos cuando existen dudas: el capitán del barco negrero manda a buscar al individuo y luego de azotarlo cinco veces, lanza un dado de marfil encima de una mesa cubierta con un tapete verde; si el número cae par, se sobreentiende que el azotado es mayor de edad. Método muy sabio, ¿verdad?

             —Siervo de la gleba, ¿de dónde vienes? —le pregunta Larrecameliú a Cundo con aires de desprecio al comprender que ha soltado la lengua de una manera impensada, como si no fuese conocido que aun cuando ejerce señorío sobre el condado de Punta Martinas, su abuela materna fue barragana de varios príncipes del infantado y gracias a ello hoy él ostenta un título de nobleza.

             Cundo comienza a chocar el labio superior contra el inferior ruidosamente y se rasca la cabeza. Si no estuviese apurado le quitaría la espada al conde y después de bajarle los calzones, le iba a propinar una paliza como para que no pudiera sentarse durante diez días ni en su silla acolchada del despacho principal en la Casa de Contratación.

             —Siervo, estoy hablando contigo. ¿No has visto por el camino una carroza color sepia? —dice el conde, mirando hacia ambos lados de la calle. La carroza que debe recogerlo está al llegar y se encuentra impaciente; desea que Cundo lo vea ascender a ella, que comprenda que no es ningún personaje de sus historias como el Ratoncito Pérez o Albertina de la Barda.

             Cundo apenas le contesta con un monosílabo. Del conde le incomoda sobre todo la altanería. Se cree un alto funcionario y a él le consta que en la actualidad no sería más que un empleadillo de algún consorcio transnacional. Porque si en su presente se contenta con besar el anillo del rey, en el futuro sólo lograría emplearse como jardinero de algún Rockefeller.

             Larrecameliú llegó a la casa solariega y sintió como si hubiese salido de una prisión. Allá en Sevilla todo se convierte para él en firmar papeles, contestar las genuflexiones de sus subordinados con una inclinación de cabeza y escuchar los chismes de algún escribano contra otro a quien pretende desplazar del cargo. Claro que su puesto de director general de la Casa de Contratación también le ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, si una buenamoza desea que un hermano suyo viaje hasta las Indias Occidentales con la esperanza de regresar cargado de esmeraldas, topacios y rubíes, obligatoriamente tendrá que solicitarle el permiso a Larrecameliú. Y éste, aunque en público acostumbra a decirles a las señoras de la corte cuando roza con ellas pardon mes dames para demostrarles que no sólo habla lengua castellana, encerrado en el despacho principal de la Casa de Contratación se convierte en una especie de miura y en impenitente bebedor del vino de la fornicación; allí más bien parece un verdulero de la plaza de Madrid, pues mientras inclina el torso y toma la pluma de ganso del tintero, su mano izquierda le muestra a la muchacha la planilla titulada Modelo 562-A ORDEN DE ENTRADA A LAS INDIAS. Mientras sonríe, le indica con la punta de la pluma el espacio donde puede leerse Autorizado por y dice: “Muchacha pelicambrina, vamos a hacer un cambeo”.

             Al llegar a la casa solariega, el conde se dirigió de inmediato al establo, donde preguntó a uno de los criados por el estado de salud de Omar V, el brioso alazán que empleaba para la caza del jabalí. Tanto lo adoraba, que si hubiese tenido que elegir entre el caballo y la condesa, sin dudas habría optado por el primero.

             Cundo llegó en ese instante al banco del parque donde fue a sentarse, dedicándose de manera simultánea a tres actos. El primero, escarbarse la nariz; el segundo, esperar a Santos Aguiar para jugar una nueva partida de lo que ellos llamaban torneo verbal sobre la ficción literaria; y el tercero, observar cómo el conde, luego de haber acariciado durante varios minutos el lomo de Omar V, subía hasta sus habitaciones y le ordenaba al ayuda de cámara preparar los vestidos de salir a pasear por el bosque.

Larrecameliú se cambió de ropas y luego de limpiarse las pestañas con saliva, bajó de nuevo al establo donde se entretuvo largo rato conversando con su alazán mientras le pasaba una mano por la zona inferior de los cuartos traseros. Durante la correría acompañado de varios lacayos, aguijoneó con las espuelas a la bestia cuando se mostraba remisa a saltar algún obstáculo y en ocasiones, la obligó a marchar al galope tendido.

             —Igual que Jorge con su motor —dijo sonriente Santos Aguiar, apareciendo de improviso frente a Cundo.

             Se refería a Jorge el de la fábrica donde ellos trabajaban. Era propietario de una moto muy vistosa, la que al presionarle el botón del arranque de inmediato se ponía en funcionamiento con un sonido estrepitoso y sin apenas expulsar humo por el tubo de escape. Cuando el tráfico se lo permitía, aceleraba la máquina más allá del límite tolerable para demostrarles a los demás motoristas que era superior a la de ellos.

             Santos Aguiar le brindó un cigarro a Cundo y antes de sentarse a su lado extrajo de un bolsillo del pantalón una libreta arrugada, como para advertirle a su amigo que venía dispuesto a amanecer en aquel parque donde las parejas de enamorados venían a decirse ternuras y un borracho nombrado Monguito Pleamar solía advertir que no pensaba pedirle permiso a nadie. Era un sitio por lo demás tranquilo, y apenas se veía algún muchacho con un tirapiedras o pedaleando en una bicicleta. Pero cuando Santos Aguiar y Cundo Núñez se reunían allí, la tranquilidad desaparecía porque de inmediato llenaban el lugar con sus personajes.

             Nadia es la primera de la que hablan, recordando su vestido abombado; a la altura del muslo izquierdo tiene una abertura que al soplar el viento deja entrever una piel sin asperezas. Santos Aguiar insiste que es sólo una niña; él la recuerda cuando pasaba frente a su casa en horas de la mañana vestida con uniforme escolar y sería sacrílego suponer que dentro de un tiempo algún muchacho le dirá frases melosas al oído, la persuadirá de que serán felices y al final la conducirá hasta el bosquecito de pinos donde también él, Santos Aguiar, ha llevado muchachas que por el día usan uniforme escolar.

             —Además, es hija de Bracamontes —le advierte Cundo, ya convencido de que efectivamente es una niña.

             A Santos Aguiar no le importa el padre, sino lo sucedido cuando Nadia llegó a la casa en construcción de Jorge, tal como se lo estaba contando Cundo Núñez. Allí Chino Laguna, que en realidad no era albañil sino mecánico pero sabía algo de construcción, colocaba ladrillos con destreza. Nadia dijo, con una voz que a Jorge le resultó agradable: “Chino, le traigo una carta de su hija”. Le resultó agradable cuando ella habló; luego razonó que el tono aunque parecía respetuoso era en realidad insolente. En un primer instante, Jorge estuvo moviendo la pala sin sentido y luego la dejó abandonada simulando que eliminaba los restos de mezcla adheridos a la pared, mientras Chino Laguna leía cada línea con calma, ajustándose los espejuelos que se le corrían hacia la nariz achatada por los golpes recibidos en la lejana época en que fue boxeador. Nadia, mientras tanto, se entretenía en recoger pequeñas piedras del suelo, lanzarlas hacia delante y mirar el reloj. Jorge la vio agacharse en una oportunidad para tomar varias piedras y sus pensamientos se compartieron en dos: “¿Aprovechará Chino Laguna la oportunidad para pedirme dinero prestado, inventando una historia basada en la carta de su hija?”; y también: “¡Qué piel más delicada tiene Nadia, qué muslos tan bien formados!” El Chino Laguna acabó de leer la carta y Nadia se le acercó, hablándole en un tono que a Jorge le disgustaba. Porque aunque podría ser cierto eso de que el comportamiento de Chino no era el más adecuado como padre, que su abandono de la hija en Santiago de Cuba desdecía de él y de todo su prestigio como antiguo campeón nacional del peso completo en el boxeo, no estaba dispuesto a tolerar que Nadia, una chiquilla apenas, se atreviera a ofender a un hombre que en el pasado era capaz de largar hacia la lona con los golpes de su mano derecha a un peleador tan temible como Rafael Garay. Al comprender que había estado cometiendo una indiscreción, Jorge decidió alejarse de su casa en construcción, de su propia casa, para permitirle a Nadia que continuara insultando a Chino Laguna, mientras éste asentía avergonzado. Jorge miró a la jovencita y pensó que resultaría magnífico encontrarse con ella cualquier noche de estas en una calle oscura o en el bosque de pinos.

             —¡Qué desvergonzado! —protesta Santos Aguiar dándoselas de moralista. Y ese papel le queda muy mal, porque todos saben que acostumbra visitar la casa de Tomito del Verso y en ella entrevistarse con Albertina de la Barda o con Nereida la Billetera.

             Y al escuchar cómo su conciencia le mencionaba a las dos novias más adoradas por él, refirió lo sucedido unas noches atrás, cuando salió a la calle deseoso de olvidar el ensayo que intentaba escribir sobre la novela más reciente de Agustín Lamayer y llegó al parque con intenciones de esperar el ómnibus, pues aunque la casa de Tomito sólo distaba una cuadra de allí, le gustaba abordarlo con tranquilidad y en horas del día resultaba imposible. Se acercó al estanquillo de las revistas, extrajo un billete de cinco horas y se propuso cambiarlo por seis monedas de dos segundos, operación absurda como todas las que realizaba Santos Aguiar. Él siempre obviaba el hecho de que el tiempo había subido de precio en el pueblo y se empeñaba en continuar viviendo con las normas del pasado lejano, cuando no existía fábrica alguna y una sola ruta de ómnibus recorría las calles polvorientas. Apenas la empleada vio el billete en la mano de Santos Aguiar, no se dignó siquiera aclararle: “Tengo orientaciones de no cambiar si no me compran un periódico”. Qué va. Apartando un momento la vista del tejido que confeccionaba, negó con la cabeza y continuó su labor. Santos sintió deseos de patear contra el piso, proferir unas cuantas obscenidades y maldecir el Tratado de Lógica Polivalente de fray Luis de la Estofa. Sin embargo, comprendía que la resistencia de su organismo contra los enchufes y los meneos tenía un límite y suspiró mientras sonreía a la empleada. Ladeó la cabeza y llevándose una mano al pecho a la vez que se inclinaba hacia delante sosteniendo en la otra mano un imaginario sombrero de alas anchas como si fuese un caballero de la Edad Media, le dijo: “¡Oh, qué hermoso tejido está usted elaborando!”, piropo que la mujer agradeció con un ligero resoplido y un muchas gracias que se ahogó entre sus dientes. Santos Aguiar continuó su camino. Esta noche no quería disgustarse; deseaba tropezar con alguna de sus enamoradas en la casa de Tomito del Verso y, si había allí otras personas dignas de su estimación, invitarlos a todos al bar Tonquín. Claro, en el supuesto caso de que las enamoradas fuesen por ejemplo Eparménides Valdesbrito o María de la Caridad Sagrario Ortogénesis, porque Albertina de la Barda y Nereida la Billetera le exigirían que las llevara al hotel Las Delicias.

Empujó la puerta principal de la casa de Tomito; éste mecanografiaba con dos dedos en su máquina Remington de 1946 ubicada en la sala el poema titulado Yo soy el poeta maldito; vestía su traje habitual para estos casos, un pijama verde y un gorro de dormir con cuartos de luna azules grabados por alguno de sus amigos pintores. Santos se inclinó por encima del hombro de Tomito del Verso y luego de leer el poema mecanografiado, sentenció:

—Eres más mierda que la mierda.

Tomito se hallaba acostumbrado a escuchar aquellas ofensas y sabía que si llegaran a faltarle no tendría un acicate para continuar escribiendo sobre la nieve y los suspiros. Para aguijonear a Santos Aguiar, le brindó de una botella de Rontusán y comenzaron a beber. Primero lo hicieron moderadamente. Tomito aprovechaba los intervalos entre pásame la botella y cuidado no vires el vaso, para recitar algunos de sus poemas recogidos en la antología que estaba preparando y cuyo título era Toda mi obra; Santos Aguiar le señalaba deficiencias técnicas apoyándose en los postulados de Agustín Lamayer hasta que le sobrevino un eructo involuntario y aclaró:

—En todo discurso narrativo se da prioridad a las categorías puramente literarias.

“Está fuera de sintonía”, se dijo Tomito con sarcasmo. Luego trajo otra botella de Rontusán y colocó la vacía al alcance de la mano. Al beber, Santos Aguiar solía transmutar su habitual facundia en belicosidad y lo más recomendable en estos casos era acompañarlo hasta su casa para dejarlo tirado en medio de la sala gritando las virulencias menos previsibles. Tomito del Verso conocía el peligro que entrañaba emborracharse con Santos, aunque consideraba haber encontrado el procedimiento para derrotarlo en el plano intelectual y no deseaba perder la oportunidad que le brindaba la casualidad: esta noche no vendría ninguna de las mujeres esperadas por Santos Aguiar; andaban en busca de turnos para arreglarse el pelo y las uñas y demorarían unos cien días en regresar. A Santos no le quedaría otra alternativa que discutir con él sobre teoría literaria hasta reventar.

—No se dice: “La práctica es el criterio de la verdad”, sino: “La práctica es el criterio valorativo de la verdad” —afirmó Santos.

Tomito, petulante, seguro como estaba de que los miembros del grupo literario Los Fantasmas lo elegirían su guía espiritual en las elecciones del próximo milenio, mientras Santos Aguiar se servía de la botella recién estrenada, le propuso sostener un diálogo magistral. Éste, al principio, no entendió muy bien lo que le proponía el poeta maldito, por lo que sacudiendo la cabeza trató de alejar la borrachera y estuvo a unas milésimas de segundo de golpear a Tomito, pues una falta de respeto de ese tipo no la iba a permitir: él era todo un macho, dijo, y sólo se acostaba con mujeres. Pero cuando descubrió la mirada farisaica de Tomito y su mano que señalaba hacia el armario de libros se tranquilizó. Logró levantarse aunque se tambaleaba. Aceptaba el duelo, dijo. Si de Cundo Núñez había llegado a rumorarse que fue atacado por el gusano de la calambrina cuando Bracamontes le ordenó marchar en ayuda de Toussaint Louverture, de él, de Santos, nunca podría decirse que temió enfrentarse a un currutaco más despreciable que el marqués de la Cuadra. Dando un paso hacia los libros, tomó uno al azar, lo abrió y leyó:

Alto soy de mirar a las palmeras, rudo de convivir con las montañas.

Tomito ya estaba preparado de antemano. Acostumbraba marcar los libros con hojas secas y flores prensadas por lo que pudo contestar en el acto:

Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan y se van volando.

Santos Aguiar arrastró dos sillas consigo y le replicó:

Quince cuchillos me horadaron el pecho pero el corazón late todavía.

El poeta descorchó una nueva botella y luego de entretenerse en escuchar el glu glu glu del líquido que pasaba de su garganta al estómago para fundirse en el acto con la sangre, respondió:

Quisiérame yo olvidar de todo lo que viví, de cuanta cosa escribí para volver a empezar.

Santos Aguiar no dejaba jamás sin respuesta una ofensa ni aunque le cortasen la lengua, por lo que señaló:

¡Y qué buena es la tierra de mi huerto!; hace un olor a madre que enamora, mientras la azada mía al aire dora y el regazo lo deja pechiabierto.

Tomito al parecer no esperaba esta respuesta. Se mantuvo en silencio durante un largo rato. Azada no le parecía una palabra adecuada para un poema lírico y en cuanto a huerto y regazo las consideraba de escaso vuelo poético, como decía siempre de los libros que evaluaba con destino a Ediciones Rosas para Sagitario que dirigía Alberto de la Cuadra. “¡Ñequis!”, dijo para sí tratando de pensar con la fiereza de Bracamontes. En cambio, solamente logró murmurar:

Antes de irme tengo aún tantos asuntos que arreglar.

Santos sonrió convencido de que Tomito no constituía adversario para él en ningún terreno. Pensó en el castigo que le impondría cuando admitiera ser incapaz de encontrar una respuesta adecuada contra sus afirmaciones magistrales. Por ejemplo, podría condenarlo a emplear el ómnibus durante un mes. No era conveniente: aprovecharía para molestar a los pasajeros con sus poesías malditas. Quizás fuese más recomendable obligarlo a leerse el Tratado de Lógica Polivalente. Tampoco: después convertiría cada página del libro en una poesía, acostumbrado como estaba a lo que llamaban entre ellos fusilar, y sería irresistible tener que leerse el tratado de fray Luis de la Estofa en versos. “¡Ya!”, se dijo Santos chasqueando los dedos; acababa de encontrar la solución: lo obligaría a casarse con la Cucarachita Martina y a sostener relaciones adulterinas con la Pájara Pinta para que se pinchara las nalgas con las espinas del verde limón. Entonces, mientras colocaba la botella de Rontusán encima de la mesa con mucho cuidado, sentenció:

A la luna venidera el mundo se vuelve a abrir.

Tomito aprisionó con fuerza la botella vacía de Rontusán que mantenía escondida y en lugar de continuar el diálogo, propinó un golpe contra la frente de Santos Aguiar. Éste, sorprendido, abrió el libro de nuevo y declaró:

Niña de ocultos molinos, vengo de andar tus caminos con las sandalias del sueño.

Tomito sintió que la rabia se le derramaba más allá del pecho y le llegaba al intestino delgado. Existía demasiada poesía en aquellos versos. Descargó un segundo golpe en la cabeza de su interlocutor, quien quedó tendido en el suelo aunque convencido de que había resultado el vencedor.

Cundo Núñez no quiere continuar escuchando los detalles de aquel diálogo magistral que avergonzaba a los miembros del Taller Literario, porque al conocerse en la ciudad los detalles de la pelea entre Tomito del Verso y Santos Aguiar, todos los miembros del Taller se vieron envueltos en un conflicto con Nelson Larrecameliú, quien se negaba a extenderles la autorización oficial para asistir al Décimo Simposio Mundial de Poetas y Narradores, argumentando que si en Sevilla armaban un bochinche como ese la organización de escritores locales que agrupaba a los aficionados de mayor edad perdería el prestigio. En la reunión de análisis con Larrecameliú, todos negaron la existencia de tal pelea entre el poeta maldito y el crítico literario pero Nelson, amparado en su autoridad de responsable de cultura popular, exponía como prueba de su afirmación no sólo los rumores que corrían por toda la ciudad, sino también el chichón que adornó la cabeza de Santos Aguiar durante unos seis meses. Cundo Núñez, en su carácter de secretario organizador del Taller Literario, se vio obligado a establecer un recurso de protesta frente a Alberto de la Cuadra, el director provincial de Cultura. ¡A tremenda pieza le presentaba la reclamación! Como respuesta, de la Cuadra le comunicó que cuando transcurriesen dos mil años formaría el tribunal para resolver la apelación.

 (2)

DISCUTAMOS ALGUNOS criterios acerca de la novela —propuso Bracamontes apenas se incorporó al torneo verbal sobre la ficción literaria que habían comenzado Santos Aguiar y Cundo Núñez. Se había desligado del grupo en la cervecera El Bodegón donde Esteban y Moloch, los dependientes, pretendían hacer creer que ofertaban cerveza de Baviera y a él le constaba que agregaban diez litros de agua por cada cinco de bebida.

             —Las discusiones en el campo del arte son estériles: lo importante es crear —respondió Santos Aguiar pasándose la mano por donde una vez tuvo el chichón.

             Bracamontes no estaba de acuerdo; jamás le daba la razón a Santos Aguiar en el terreno de la literatura, a pesar de la amistad que los unía. Bracamontes admiraba al escritor del siglo XVI fray Luis de la Estofa aunque tuviese la mirada hosca, una nariz ganchuda y la cabeza sin pelos, por lo que había leído en diez ocasiones su Tratado de lógica polivalente. De este libro citó la frase: “Mi tarea en la tierra no es llevar a la práctica las enseñanzas de Jesucristo, sino divulgarlas”, que según Bracamontes podía leerse en la línea tercera de la página cien, correspondiente al tomo quinto de la obra.

             –O sea –intervino Cundo Núñez burlón–, que creced y multiplicáos significa para el recto varón acérquenme a todas las buenashembras y les demostraré cómo se les amasa el abruján y succionan los pezones. O sea, no practicaréis la gula significa según el ilustre obispo a mí pónganme salsa y a ustedes que los parta un rayo.

             Cundo Núñez, aunque en el terreno literario siempre estaba de acuerdo con Bracamontes, en el aspecto personal era frecuente verlos discutir e incluso ofenderse.

             –Tampoco así –negó Bracamontes lo afirmado por sus dos amigos–, porque ahí tienen ustedes el caso de Chino Laguna: consumía los alimentos sin condimentar y de esa forma, una ensalada de lechugas para él no era más que un manojo de hierbas; y un trozo de filete no se diferenciaba de la piltrafa que hasta los perros del conde Larrecameliú desprecian.

             Santos se puso de pie, ofendido. Chino Laguna era más hombre que Rafael Garay, dijo. Tan alto gritó, que unas muchachas que pasaban junto a ellos se detuvieron y preguntaron qué estaba sucediendo. De momento no las reconocieron. La oscuridad apenas permitía distinguirlas pero cuando miraron las entrepiernas de las mujeres, los tres quedaron convencidos: se trataba de María de la Caridad Sagrario Ortogénesis y Eparménides Valdesbrito, quienes acababan de regresar de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas que se había celebrado en Ruden Batire City. Los besos que repartieron ellas se escucharon en diez kilómetros a la redonda y casi se echan a llorar. Acusaron a Nelson Larrecameliú de sinvergüenza por alojarlas en un tugurio impropio para mujeres decentes y hacerlas viajar todos los días desde la Seven Avenue hasta Briddson Street en un taxi de quinta categoría. Hubieran preferido que el evento se realizara en Creti, como la ocasión del Noveno Simposio Mundial de Poetas y Narradores, donde al menos hubieran podido disfrutar de los servicios del bar Tonquín.

             A Eparménides se le escapó en un suspiro la alegría por hallarse de nuevo entre sus amigos cuando Bracamontes le preguntó a Cundo Núñez:

             –¿Ya no te gusta Nadia? Hace un rato afirmabas: “No la considero ahora la niña a quien le salta la inocencia por cada poro. La he visto en una calle oscura, con su pelo negro y sedoso ondeando al viento, alzada de puntillas para alcanzar la boca de un hombre”.

             “¡Conque esas tenemos!”, pensó Eparménides subiendo en la cabriola de los meneos. Ya Cundo no se conformaba con Rosa su mujer y con ella; ahora las engañaba a las dos con Nadia.

             –No fue así como lo dije –negó Cundo.

             –¿Y cómo? –interrogó Bracamontes, belicoso, recordándoles a todos que Nadia era todavía menor de edad y no iba a permitirle a ningún chifuingo abusar de ella.

             –Así –respondió Cundo Núñez, conciliador–: “Realmente, Nadia tiene la cara picada por el acné, no se esmera en arreglar sus cabellos, no usa un vestido abombado y sus piernas son más bien flácidas. Está sentada en la taza y su cuerpo desnudo no puede verse porque el baño está a oscuras y lo único que se escucha es el jadeo, el apresuramiento, el plof de la masa fecal al chocar contra el agua y como si rasparan con un papel de lija contra algo que se sobreentiende debe ser el ano de Nadia”.

             –Discrepo: el artista debe embellecer la vida –lo interrumpe María de la Caridad.

             –Discrepo: el artista debe ennoblecer lo vil –agrega Santos Aguiar.

             –Discrepo: el artista debe mentir –dice Eparménides.

             –Discrepo: Nadia es mi hija –se opone Bracamontes y Cundo Núñez aclara que todo no ha sido más que una joda literaria, pues eso le sucedió en realidad a Albertina de la Barda.

             –¿Albertina? –se extraña Santos Aguiar. No suponía que Cundo la conociera de la intimidad.

             –Pues sí; Albertina de la Barda, viuda de don Bienvenido de Ávila Gómez y Serrano, se acerca con pasos leves, como si flotara, al salón de bailes de El Escorial. Ella adora las escenas de etiqueta, que la lisonjeen con requiebros elegantes y escuchar al conde Larrecameliú, atlético, bromista, el que luego de pedirle perdón en francés por haberle rozado las nalgas, le dice: “Señora mía, es usted un jardín florido”, cuando todos conocen que la tal Albertina ronda los cincuenta y gallina vieja no se ablanda ni con bicarbonato de sodio.

             –¡Ñequis! –protesta Santos–. La suavidad de la piel de Albertina es similar a la del terciopelo.

             –Entonces déjenme decirles que en cuanto a delicias, Nereida la Billetera sí las sabe todas. Cuando en el bar Tonquín ofrecían unas escenas sicalípticas que se lo levantaban hasta al más impotente, ella aparecía mostrando sus redondeces y le gritaba a cualquiera: “No muevas tanto la mano, mi chino, y gástate unos dólares conmigo”. A ella no la engañó una señora de apariencia respetable que buscaba jovencitas para la Escuela Universal de Arte. A ella no la sedujo ningún viajante con prendas de bisutería. A ella no la compelía la miseria porque un coche con calesero uniformado la esperaba cada mañana frente a la puerta para llevarla al Instituto Ecuménico para Señoritas. A ella no la convenció el novio de que debía renunciar a la mascarada de la virginidad. Pudo incluso haber sido dama de compañía de la condesa Larrecameliú. Su tío el marqués de la Cuadra hubiera preferido que fuese una cortesana de alto rango y no esta puta que se alquilaba con cualquiera.

             –¡Un momento! –gritó Santos Aguiar y se puso de pie. Le parecía que Cundo lo provocaba con sus historias. Esas dos mujeres se acostaban con él, con Santos, y no estaba dispuesto a permitir una sola falta de respeto más contra ellas.

             Cundo Núñez le pidió que por favor se tranquilizara. Sólo estaba realizando un ensayo, como si dijera afinando el instrumento de novelar. Sus pretensiones eran alcanzar el tono narrativo adecuado y para ello se basaba en el Tratado de Lógica Polivalente, en el cual fray Luis de la Estofa afirmaba con autoridad irrefutable que si Josefina sedujo a Napoleón no fue tanto por sus desarrollados senos y un caderamen que olía a canela y aguardiente del malo, sino por los ojos. A Bonaparte le gustaban un tanto oscuros y cuando el ayudante de campo, no bien llegados a Waterloo, le dijo: “Mi Señor, Josefina lo espera esta noche en el hotel Las Delicias”, Napoleón se puso grande y dicen que dijo: “Que se joda la guerra”.

             En el capítulo correspondiente al descubrimiento de América, fray Luis de la Estofa cuenta que si Isabel hubiera imaginado las timbaleras que armaría el almirante Cristóbal cuando saliera de Palos, ni a palos se deja bajar la capa regia por él. Colón la aprisionó contra su cuerpo cuando estaban llegando a la alcoba real y sonrió picaresco. “Señora mía, pluguiere Dios que desta pasión hubiere de morir, porque un muerto en vuestros brazos tiene garantizado el Paraíso”, dijo el experimentado navegante poniéndose una mano en la bragueta del calzón.

             –Y en la sección de literatura infantil –comentó Cundo Núñez mirando a Eparménides, que ya no estaba tan indignada–, el Tratado de Lógica Polivalente explica que estaba la Pájara Pinta sentada en el verde limón y en ese instante pasó el Ratoncito Pérez, divorciado ya de la Cucarachita Martina por la vaina de las cebollas, y dijo aquélla:

             “Adiós, ratoncito orgulloso”.

             El ratón, tímido, mira hacia los costados y hacia atrás.

             “Es contigo, ricura”, le repite la Pájara Pinta.

El Ratoncito Pérez trepa entonces hasta el verde limón y colocando una patica entre los muslos de la Pájara Pinta, le dice tembloroso:

“¿Te quieres casar conmigo?”

La Pájara Pinta, incómoda, le dio un empujón que lo hizo rodar limonero abajo y le gritó:

“¡Ahí te pudras, imbécil! ¿Quién estaba hablando de casarse?”

             En el acto comenzó la discusión:

             María de la Caridad Sagrario Ortogénesis opinaba que las historias de Cundo tenían un sabor a obscenidad de la barata. Ella era partidaria de recrear anécdotas edificantes, como aquella sobre lo sucedido a Chino Laguna. El asunto comenzó en una parada de ómnibus ubicada en el centro de la ciudad, donde todos quieren subir y ninguno va a bajar. Un hombre grueso, de sotana carmelita y calvicie profunda, mirada severa y nariz ganchuda, con un solapín colgado al pecho donde podía leerse Casa de Contratación: Vicepresidente General, acababa de agarrarse del pasamanos frente al asiento donde se hallaba sentado Chino Laguna, disfrutando la lectura de un cuento en el que se habla de la felicidad como una ametralladora al rojo vivo y en el instante que el narrador pregunta: “¿Qué harías, Romero?”, ahí mismo se vio obligado a poner puntos suspensivos y cerrar el libro.

             “¿Usted no ve que esa anciana va de pie?”, interrogó el de la nariz ganchuda ajustándose los espejuelos y extendiendo su índice en señal de acusación. Chino Laguna se levantó de inmediato y le rogó disculpas a la mujer. Ella, luego de acomodarse en el asiento, le contestó: “Muchas gracias, jovencito; no sabes cuánto te lo agradezco, aunque ya estoy acostumbrada a estos trajines”.

             Chino Laguna entonces se volvió hacia el hombre grueso de los espejuelos y le explicó que los lectores empedernidos como él suelen entretenerse al tomar un libro en las manos hasta desconectarse de la corriente del mundo real y el de la nariz ganchuda, con sorna, sin mirarlo siquiera, le contestó: “Sí, sí, ya me hago cargo” y continuó hacia la parte trasera del ómnibus.

             No había pasado una semana de aquel incidente cuando Chino Laguna volvió a tropezar con el calvo, aunque en circunstancias bien distintas. Ahora el de la sotana carmelita iba sentado, con el periódico La Voz de Creti frente a sus ojos, mientras una mujer embarazada pugnaba por alcanzar el pasamano.

             Bracamontes interrumpió a María de la Caridad; consideraba que la historia de la Sagrario Ortogénesis no funcionaba siquiera en un campeonato de literatura oral de los que organizaba el director provincial de Cultura Alberto de la Cuadra con el propósito de hacer creer a los altos funcionarios del Instituto Nacional de Burocratización que los escritores comenzaban a extinguirse. En cuanto a las cuartillas leídas por Cundo Núñez esta noche, a lo sumo podrían salvarse dos o tres; el tema no estaba tratado de la mejor manera, aclaró, porque esto de convertir a la mujer en un objeto ya estaba pasado de moda. Lo más actual, la última tendencia narrativa, era considerarse uno mismo personaje de la historia y colocarse en una situación límite para obligar al lector a participar de la trama. Por ejemplo, contar que luego de las vacaciones por los días navideños, Cundo Núñez comprende que fue ilusoria su alegría mientras bebía una botella de vino tras otra. Todos los ahorros del año se habían escurrido en una fiesta para demostrarles opulencia a las viejas amistades en una casa cuyas paredes perdían la cáscara y el techo amenazaba caerse. Adiós habría que decir a la sustitución de unos asientos desgastados por sillas capaces de soportar el peso de Chino Laguna, al que llamaban Kid Laguna en la década del cincuenta del siglo XX, ahora convertido en un hombre solitario y gordiflón, con el único mérito a su favor de haber fabricado treinta hijos en menos de cinco años gracias a la admiración que despertaba en las mujeres su fama de boxeador.

             En el taller de mecánica donde trabajaba Cundo Núñez encontró al gerente, Smith and Wesson, con las órdenes tajantes de siempre:

             “Tú arreglar ese ve doble ve”.

             El vehículo señalado por el gerente se parecía al del capitán Flores. A Cundo le temblaron las piernas.

             “Pero tener cuidado con equivocarte como la otra vez”

             Indudablemente era el del capitán. La otra vez a que se refería Smith and Wesson, Cundo había arreglado el automóvil y cuando el capitán Flores vino a recogerlo, el vehículo se negó a funcionar. El capitán lo miró con deseos de propinarle unas cuantas bofetadas pero sólo le ordenó:

             “Arregla bien esa mierda”.

             Cundo sabía que estaba obligado a reparar con esmero el Volkswagen y hacia éste se dirigió. En la guantera encontró una pistola calibre cuarenta y cinco.

             Santos Aguiar se adueñó de la palabra sin que nadie se la concediera. No creía que los relatos de Cundo pudieran enmarcarse dentro de la narrativa moderna. Apoyaba sus aseveraciones en los postulados de Agustín Lamayer sobre el acto de la creación. Hubiera sido preferible una trama más simple, nada de complicarle la vida al lector con razonamientos abstrusos. Quedaba demostrado: las novelas de trama sencilla alcanzaban niveles de venta superiores que aquellas donde a cada paso se abre una nueva vertiente fabular. Hubiera bastado, en el caso de la novela que Cundo intentaba escribir, ubicar al conde Larrecameliú en la Casa de Contratación. El conde, desde luego, debía dibujarse como persona muy recatada. Se encerraba horas incontables en el despacho principal y en tales oportunidades no permitía que nadie lo molestase, ni siquiera una zagala llamada Lenia Ortiz, quien al verlo vestido con una capa dorada, la espada a la cintura, la cruz de Caballero de Calatrava en el pecho y un sombrero adornado con plumas de aves del Paraíso, se deshacía en suspiros y no atinaba a cumplir ninguna de las tareas que le señalaba su jefe. Vale decir, que si el conde la llamaba a su despacho y le ordenaba: “Mecanografía original con tres copias de esta autorización de envío de herramientas hacia la sucursal de Santiago de los Caballeros”, la muchachita, nerviosa, colocaba el papel carbón al revés y la autorización había que leerla con ayuda de un espejo.

             Cansado de los devaneos de Lenia, una tarde el conde entró al despacho dispuesto a pensar en la solución a este problema tan grave para él, mientras en los almacenes centrales se encontraban el tesorero jefe y el contador principal, a quienes les había advertido que si los descubría raspando los lingotes de oro recién llegados de las Indias Occidentales los iba a meter en el cepo durante mil y una noches. A la secretaria, en su pensamiento, la llamaba Linda. Y lo era: los pechos le brotaban cual dos limones, la cara era tan hermosa que jamás se cansaba de mirarla, las orejas invitaban a succionarlas hasta la eternidad y la boca prometía guardar dentro una lengua del tamaño de una serpiente. Pero había que acabar con aquellos extravíos, se dijo el conde decidido a poner orden en su oficina. Ya estaba aburrido de que sucedieran hechos como los de la semana anterior, cuando el expediente acerca del robo de plata en México había aparecido en la carpeta titulada Hurtos cometidos por el Rey; y los títulos de propiedad de la Isla del Tesoro a nombre de su bisabuelo Félix Larrecameliú de Medina y Tavira que le había falsificado el licenciado Martín Torres Sarraceno, los encontraron en el cesto de la basura. Por tales motivos, no le quedaba otra alternativa que liquidarle los haberes del mes a Linda y luego decirle: “Adiós hermosa, mucho lloraré tu ausencia pero prefiero morir de angustia y no lanceado por los dragones del Rey”.

             Hizo llamar a uno de los jueces a quien le consultó el procedimiento más adecuado para deshacerse de un trabajador; un rato más tarde, citaron a la zagala al despacho, comunicándole que mediante la resolución administrativa número siete del noventa y ocho quedaba despedida sin derecho a apelación, tal como establecía la instrucción de servicio del Ministro de Fondos Exportables radicada en la Gaceta Oficial con la serie 324-B. En el acto, la muchacha armó tremendo aspaviento: que me quejaré al sindicato, que llevo al conde a los tribunales, que yo no fui, que mira un fla, que la morita dónde está. Al escuchar la gritería, Larrecameliú le pidió al  juez que se marchara. Se quedaron solos los dos. Lenia, temblorosa, no acertaba a abrir la boca ni por un costado y cuando al fin logró balbucir: “Oh, señor conde”, dos lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos. Con qué ternura miraría al conde Larrecameliú, que éste cerró la puerta por dentro.

             Nunca llegó a saberse que sucedió luego que el conde cerró la puerta. Lo conocido es que Lenia Ortiz fue promovida al cargo de consejera especial, puesto que hasta ese momento no existía en la empresa, digo, en la Casa de Contratación, y que Nelson Larrecameliú, quiero decir, el conde, comentaba con los funcionarios de su confianza: “Ya lo dijo Julio César al cruzar el Rubicón, el que no tiempla se jode o se mete a maricón”.

             Eparménides Valdesbrito interrumpe el relato de Santos Aguiar de una manera irrespetuosa, mirándolo con desprecio. Aunque es bastante tarde y ha llegado muy cansada de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas, dice ella, va a ofrecer su modesta opinión. Mañana es domingo, así es que sus amigos del Taller Literario no tienen que preocuparse por la hora. Mañana no habrá que salir corriendo hacia la parada de la guagua y también por ser día de descanso puede uno olvidar que los años pasan y llegará el momento que se rondará la vejez. Qué importa el tiempo, suspira emocionada Eparménides como si estuviera interviniendo en la conferencia internacional, es posible liberarse de sus garras con sólo desearlo. Cundo no debe preocuparse tampoco por el desarrollo de la novela que está intentando escribir; ella se irá escribiendo sola; apenas sin tocar las cuartillas, se formarán letras, y de las letras saldrán palabras que formarán oraciones. Ya la novela se ha puesto en marcha, Cundo, no tienes razón alguna para sentirte triste. Tú no eres ningún personaje sin importancia sino el hilo conductor, como dice fray Luis de la Estofa en el capítulo quince del tercer tomo de su Tratado de Lógica Polivalente.

             En ese preciso instante, se presentó ante el grupo Tomito del Verso acompañado de Justino Marcial.

              –Yo no sé nada de narrativa –atinó a decir el poeta antes de vomitar la cerveza bebida esa noche.

             Justino, llevándose las manos a la cintura mientras se balanceaba sin poder sostener el equilibrio, los fue mirando de uno en uno. Claro que él era músico, no sabía nada de narrativa ni de poesía, y mucho menos de crítica literaria; pero el nivel superior lo había nombrado presidente vitalicio de la Sociedad de Creadores Artísticos y había que contar con él antes de tomar cualquier decisión respecto a la novela de Cundo Núñez. Todos comprendieron que la cantidad de Rontusán que había bebido Justino Marcial en compañía de Tomito del Verso era la causa de que se hubiera subido en la cabriola de los meneos.

             –¿Ya olvidaron que Gilberto Gadal y Verónica Rocío esperan por ustedes? –les preguntó, con los ojos inundados de sangre y sin que la voz le temblara a pesar de la borrachera.

 Lea en el próximo artículo:

No somos aquellos niños: sinopsis, resumen y muestra  de dos capítulos

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