10:33 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

La manzana dorada del exilio

Título del libro: La manzana dorada del exilio

(Escrito en coautoría con el español Ricard Reig Vidal)

 

Género: Novela

 

Sinopsis:

Relato del absurdo, del juego con la realidad inventada por dos supranarradores que en lucha de contrarios y huyendo de la omnisciencia, se comportan como dos personajes en pugna entre sí. Pura diversión, una novela de aventuras y a la vez, burla y parodia de las novelas de aventuras.

 

Resumen argumental:

Un joven barcelonés cuya pobreza le hace sentir que la vida no importa, determina convertirse en una especie de conejillo de Indias de un rico industrial conectado con la mafia internacional. Cuando intenta salir del pantano en que está hundiéndose, resulta tarde: determina entonces huir a Cuba y allí encontrará un mundo que no imaginaba. La presentación una Isla entre exótica, llena de irrealidades y persecuciones, darán al traste con las ilusiones del joven que una vez creyó llamarse Francisco Fortesa Alumbrique.

 

Muestra de los dos primeros capítulos:

 

Capítulo 1

 

El aterrizaje me pareció brusco, aunque nadie a mi alrededor modificó su semblante, y eso me hizo dudar. Así habría de ser todo a partir de entonces: dudas y destino. A nadie pude transmitir mi inquietud porque de nuevo fui empujado a fingir cuando la azafata con cara juvenil nos iba despidiendo con su sonrisa profesional.

             La aeronave hizo un giro hacia la izquierda y un escalofrío recorrió mi espalda anestesiada por tantas horas de permanecer aprisionado en el reducido espacio del compartimiento para turistas del Boeing 747. Vi la loza del aeropuerto y, a medida que la nave descendía y se acercaba a tierra, creí que llegaba a mi destino aunque, en ese momento, fui incapaz de comprender que en realidad me alejaba de mí mismo.

             Fingir… esa es la palabra que ha llenado mi vida desde que me recuerdo en un patio desolado, con mi madre llamándome mientras yo escondido dentro de una enorme tinaja toledana jugaba a no existir, a que el tiempo no pasaba, a que la luna era un pedazo de queso. Los fingimientos ante los maestros de la escuelita de mi pueblo, casi perdido entre los mapas, a quienes les hacía creer que me aprendía todas las fórmulas que ellos enseñaban para, supuestamente, hacerme un hombre de provecho. Los fingimientos ante Rosa, aquella especie de niña convertida en mujer por mí durante una tarde apasionada mientras iba jurándole con cada prenda que le quitaba que ella era el amor de toda mi vida.

             La distancia no es el olvido, como dice un conocido bolero; al menos para mí, la distancia es el recuerdo de todo lo amado y lo odiado, es una división de contrarios entre el pasado y el presente, porque no creo en el futuro.

        Y porque la distancia no es el olvido, yo recordaba mi vida pasada mientras los de la aduana registraban los paquetes y equipajes que les parecían sospechosos y llenaban documentos en un tiempo interminable.

             En mi pequeña ciudad provinciana de una España que cada vez se me iba haciendo más borrosa, tuve la dicha de encontrar a una especie de mecenas. Entonces yo estudiaba Económicas en la universidad de Barcelona, y el doctor Rodrigo Sánchez Vitañas se me acercó una tarde de junio, cuando ya todos los estudiantes olíamos a vacaciones, a playas mediterráneas y a comidas exóticas.

             “Joven, permítame hablarle”, me dijo el anciano, uno de esos profesores que se convierten en autoridades no tanto por la sabiduría que acumulan como por los años de estar impartiendo las mismas clases.

             “Dígame usted doctor”, le respondí casi temblando. Que este hombre se hubiera fijado en mí, ya me parecía un buen augurio.

             “Conozco a un hombre lo bastante rico como para arriesgar casi una fortuna en hacer de los hombres anónimos gente de provecho”, me dijo. 

             Nos sentamos en uno de los bancos más lejanos que rodean el paraninfo universitario y allí me explicó con toda calma. El señor Luis Rodero, un rico comerciante en vinos de La Rioja, buscaba un joven talentoso con el propósito de invertir en él una suma considerable. Tal joven debería ser incapaz de escupir la mano que le daría de comer, y a cambio lo convertiría en un ejecutivo de su nueva empresa. Con la caída del socialismo en los países de Europa del Este y la quiebra de las fábricas vinateras en Rumanía y Bulgaria, se había creado un vacío en esa región por la falta de este producto, y Rodero se proponía montar un complejo de fábricas en algún lugar de Cataluña. Su intención era emplear como gerente a alguien alejado del mundo de los negocios de la actualidad, porque era de esos ricos que se complacía con los experimentos: quería comprobar si aún en esta época existían jóvenes capaces de saltar por encima de la miseria de su procedencia.

             Así, con esas palabras tan severas y descarnadas, me habló el doctor Sánchez Vitañas y yo de momento no supe qué responderle. Sólo al cabo de unos cuantos segundos que me parecieron horas logré abrir mi boca.

             “No entiendo qué deberé hacer yo”, le respondí dudoso.

             “Sólo dejarse enseñar. Convertirse en un empleado desconocedor de la desobediencia”.

             Me sentí transportado al mundo de mis sueños, pues estaba convencido de que un día mi existencia dejaría de ser la de este estudiante hijo de una viuda que se dedicaba a servir en una casa de ricos para costear mis estudios en la universidad. Y cuando eso sucediera, soñaba yo, entonces la libertaría de su esclavitud.

             “Según creo entender”, le dije, “ese tal… Rodero… está buscando alguien que se deje esclavizar”.

             “El conde de la casa Rodero”, puntualizó el doctor Sánchez Vitañas como si no hubiera escuchado mis palabras, “lo ha elegido a usted después de haber pedido mi opinión, para convertirlo en un próspero industrial, pero su boca deberá permanecer cerrada en más de una oportunidad. No todo el dinero del conde puede ser declarado ante el fisco”.

             En un principio creía que se trataba de una broma del viejo profesor. En el medio universitario se comentaba que el doctor Sánchez Vitañas ejercía el oficio del celestinaje entre sus alumnos, contratando las estudiantes más hermosas para los ricos industriales que se codeaban con él y llevándole jóvenes vistosos a las ancianas cansadas de sus maridos tan avejentados como ellas. Sin embargo, que estuviera conectado con el lavado del dinero, nunca llegué a imaginármelo.

             –El señor Francisco Fortesa Alumbrique, que se presente en la aduana –dijo por el altavoz una modulada voz de mujer y yo desperté de mis recuerdos hasta que tuviese un momento mejor para seguir soñando despierto.

             –¿Algo que declarar? –preguntó la oficial de aduanas mientras metía sus manos en mi maleta.

             –Nada –mentí; en realidad tenía mucho que declarar aunque no hubiera nada extraño en mi equipaje, sonreí al pensar lo fácil que estaba siendo engañar a las autoridades aduaneras aquí en Cuba.

             –¿De qué se ríe usted, señor? –preguntó la oficial con aspereza pensando que me burlaba de ella.

             –Ah, es que pensaba en la cara que pondría mi esposa si supiera que en este momento una mujer tan bella me está deshaciendo la maleta que tanto trabajo le costó a ella organizar.

             Siempre he tenido la habilidad de huir de situaciones embarazosas con frases ingeniosas y aquella no había de ser menos. Otro agente de aduanas, que se encontraba a menos de dos metros de nosotros oyó mis palabras y se echó a reír.

             Sin responder a la provocación la hermosa mujer cerró la maleta, tras anotar su número de teléfono y su nombre en una tarjeta de las líneas aéreas que introdujo en mi equipaje.

             –Que tenga una feliz estancia en nuestro país y discúlpeme ante su esposa –dijo con la misma aspereza que me había hablado antes.

             Ahora sólo debía esperar a que un desconocido viniera a recogerme y me dijera cómo debería comportarme en el país. Mientras esperaba, continué con mis ensoñaciones sobre el pasado.

             Lo cierto es que la vida me fue relativamente fácil a partir de haberme asociado a Luis Rodero. Las posesiones materiales, el dinero, las mujeres, el poder, todo me había sido dado a cambio de formar parte de un engranaje que le permitía al conde ganar más dinero, más posesiones, más mujeres y más poder.

             No quiero engañar a nadie, yo sabía lo peligroso del juego. Las riquezas no podían caer del cielo, y me resultaba obvio que si la justicia hurgaba en aquellos asuntos yo sería uno de los primeros en caer, pero me había convertido en un adicto de la vida placentera. Llegó un momento en que no pude prescindir de hoteles de lujo, limusinas, fiestas alocadas y orgías sexuales. Por eso me permití jugar aquella especie de ruleta rusa, sabiendo que algún día podría tocarme, que la bala que rodaba en el tambor me podía llevar cuando menos a la cárcel, como máximo a la tumba.

             Lo que no entraba dentro de mis planes era que mis superiores me protegieran; que cuando era inminente mi detención, me proporcionaran esta vía de escape. Primero le encargaron a un experto en cirugía estética que me cambiara el rostro y durante los quince días que permanecí escondido en la fase de recuperación, perdí casi doce kilos gracias a un método moderno de adelgazamiento, me adiestraron en el modo de camuflar la voz con un acento neutro y cambié el modo de andar. A todo ello le sumaron algo de tinte, un bigotito ridículo y ropa barata, de manera que me convirtieron en otro. Francisco Fortesa Alumbrique era un buen nombre y habría de ser un nuevo principio.

             Aunque en Cuba nadie me conocía y quizás no pudiera huir eternamente de la justicia, al menos tenía una segunda oportunidad. Sin responsabilidades, sin pasado y con el futuro económico solucionado, únicamente obligado a guardar el secreto de mi anterior existencia, era posible que fuera capaz de convertirme incluso en una buena persona que atrajera a una buena mujer. Sin embargo, no quería engañarme, mi nueva situación parecía el cuento de la lechera pues en realidad a partir de ahora serían mis manos las que abrieran las puertas, condujeran el coche que pensaba comprar y recogiesen la ropa que enviaría a lavar; quiero decir, compartiría experiencias con la misma clase de turistas con los que había viajado en el vuelo de Iberia y es posible que llegara incluso a tener sus mismos objetivos de supervivencia.

             En realidad me sentía privilegiado. Por muchas vicisitudes que tuviera que soportar, el pensar que mi destino allá en España era la cárcel, salir en la televisión con las manos esposadas frente a un juzgado donde sería condenado por lo menos a veinte años, me alentaba a aprovechar esta nueva oportunidad. No sabía cómo lograrlo en aquellos momentos, pero me dije que no podía darme el lujo de malgastar los años que me restaban por vivir como prófugo de la justicia.

             Al cabo de unas dos horas de espera paciente, yo que hasta hacía unos días era el que imponía los horarios de mi recogida, apareció ante mí un hombre delgado, de estatura casi descomunal y rostro corronchoso. “Con un compañero como este”, pensé, “al que esté persiguiendo la policía no le pierde el rastro ni dos segundos: todos recordarán una cara como la de este tipo aunque pasen tres meses”.

             Luego de identificarse ante mí por medio de la contraseña convenida, el hombre acomodó mi equipaje en el portamaletas de su coche, un Volkswagen de la década del 1950 muy bien conservado, y me indicó con un gesto de la mano que subiera al asiento delantero. Yo, desde luego, por una costumbre de ejecutivo adinerado me senté en el asiento trasero, echando de menos ya al solícito chofer uniformado que allá en Barcelona cada mañana me recogía en mi chalet atestado de criados.

             –Caray –dijo sonriente– se me olvidaba que a ustedes los gallegos les gusta subirse en el asiento de atrás. Aquí en Cuba la gente es al revés: todos quieren ir al lado del chofer porque es donde se sientan los jefes.

             El hablar cantarino de aquel individuo me hizo bastante gracia. Hablaba un español ciertamente fluido, aunque entrecortaba algunas palabras. Me comentó el excesivo calor en el país, la intensa sequía que se estaba viviendo, los precios elevados de los alimentos y otros tantos temas, que terminaron por aburrirme. Que yo recordara, nadie me dijo en Barcelona que me recibiría un individuo tan excéntrico. Allá muy adentro de mi ser empezó a atacarme la paranoia. ¿Y si se trataba en realidad de un agente policial? ¿Y si la policía cubana había recibido informes de su homóloga española acerca de mi verdadera identidad? 

             –Caray, pero si no le he dicho mi nombre –interrumpió de pronto el curso de mis pensamientos aquel hombre al que acompañaba sin saber en realidad si se trataba de la persona que debía recogerme–. Fue lo primero que me dijo el doctor Sánchez Vitañas que yo debía hacer.

             –¿Usted conoce al doctor Sánchez Vitañas? –le pregunté extrañado. No podía creer que aquel individuo, más bien con cara de delincuente común que de agente secreto, hubiera podido comunicarse con una persona tan respetable como el doctor.

             –Pues claro –me contestó en un tono que a las claras parecía decirme: “¿Pero por quién me has tomado, gallego imbécil?”–. Cada vez que el doctor tiene necesidad de que le busque hospedaje a alguien en un lugar tranquilo, se comunica conmigo.

             Aquella respuesta me dejó confundido. Se trataba en realidad una respuesta ambigua, que lo mismo podía ofrecerla un experimentado agente de espionaje que un tratante de mujeres. Sí, quizás entre Sánchez Vitañas y el individuo con quien iba existía algún tipo de negocio relacionado con las llamadas jineteras cubanas. Podía ser que el de la cara corronchosa se las llevara al cuarto a los turistas que enviaba el doctor y existiera alguna comisión de por medio o algo por el estilo.

             –Mi nombre es Francisco López Alamino. Así es que somos tocayos, ¿no? Porque usted se llama –se detuvo unos instantes como si estuviera pensando– Francisco Fortesa Alumbrique, ¿no?

             Volví a sentir el mismo terror que días atrás, cuando uno de los testaferros del conde de la casa Rodero fue a verme a mi chalet para advertirme que había ocurrido un percance y que debería someterme a una cirugía de rostro de manera inmediata, o de lo contrario aceptar la realidad de que me pasaría quince o veinte años en la cárcel. ¿Por qué este Francisco sabía mi nuevo nombre con sus dos apellidos?

             –Así es que usted y yo somos tocayos –dijo unos instantes después y fue entonces cuando caí en la cuenta de que al salir de la aduana el hombre se me había acercado, identificándose con una foto de Sánchez Vitañas y otros detalles que servían como contraseña, según me había explicado el doctor en Barcelona un rato antes de partir el avión. Tanto miedo yo sentía, que no recordaba siquiera los detalles de mi llegada a este país.

             –Pero yo no soy gallego, sino catalán –le advertí como una especie de respuesta defensiva, quizás para que no se diera cuenta de mi nerviosismo.  

             –No me haga caso –sonrió de una manera casi amistosa–. Aquí en Cuba a toda la gente de España le decimos gallegos porque así les decían los mambises que pelearon contra los españoles. 

             –¿De veras? –le pregunté, más para provocar que continuara hablando que por real interés. Ahora necesitaba escucharlo, oír la voz de alguien que me fuera calmando la ansiedad de no saber qué me deparaban las horas siguientes. 

             –Así mismo –dijo y guardó el más absoluto silencio, y por más que intenté provocarlo, no logré que lo rompiera. Entonces me entretuve un rato observando el paisaje, los grandes árboles que crecían muy cerca por la acera de la amplia avenida por donde íbamos, la gente que caminaba apresurada y las fábricas humeantes. Así de pronto, me pareció que la isla no era el país que describían cada día nuestros periódicos, las agencias noticiosas y las páginas de Internet. Empecé a mirarlo, al menos desde el coche, como un país común y corriente, no un lugar donde no se podía vivir.

             De pronto, nos detuvimos. 

             –Ya llegamos –dijo Francisco López y en efecto, vi una amplia casa pintada de verde intenso, con grandes ventanales de cristal y rodeada por una cerca de alambre trenzado. En la puerta de entrada un anciano de espalda encorvada estaba esperando.

             A lo lejos, ladró un perro que evidentemente se encontraba encadenado y el anciano se adelantó para quitarle una de mis maletas a Francisco López.

             –¡Que sea usted bienvenido a nuestra casa! –dijo el hombre, de pelo canoso y amplios bigotes, casi la figura de un atleta envejecido, que se presentó a sí mismo con el nombre de Jesús Yero. Detrás de él se encontraba una señora de aspecto respetable.

             –Francisco nos dijo que usted quería descansar quince días en Cuba, y luego seguir para… –el dueño de la casa de rentas se detuvo, como si acabara de cometer una indiscreción. Yo determiné hacerme el tonto, aunque no me estaba gustando ya que Francisco López Alamino, quien se sobreentendía que iba a atenderme durante todos estos días, anduviera contando mis secretos por todos los lugares. Ya habría otro momento para exigirle que se comportara con discreción, o prescindiría por completo de sus servicios. Total, me había acostumbrado en mis viajes por Europa como industrial acaudalado a desenvolverme en ambientes extraños, y no me sería tan difícil manejarme aquí.

             Tuve que entregarle mi pasaporte a Jesús. Anotaron todos mis datos en un libro, me indicaron que pusiera mi firma en uno de los espacios y mientras lo hacía, recordé que hasta unos días atrás mi firma era altamente cotizada entre mis empleados. Los cheques, las órdenes de despido, las autorizaciones para la compra de mercancías, la captación de nuevos mercados, el sostenimiento de mi chalet, todo tenía que pasar por mis manos. Y de pronto, mi firma no valía más que quince días de estancia en un país como un turista anónimo, hasta que alguien viniera a recogerme con un pasaporte que ya no estaría a nombre de Francisco Fortesa Alumbrique.

             –Voy a descansar un rato –le respondí a Francisco cuando me preguntó si debía esperar por mí–. Es más, no vengas a recogerme en el coche como habíamos quedado. No saldré esta noche.

             Observé su cara de desconcierto. Yo estaba rabioso porque él era un chismoso.

             Subí hasta la habitación, con una excelente vista hacia la zona de la playa, y deshice la primera de las maletas. Ropas, libros de contenidos turísticos, una computadora portátil, algunas novelas de las que me gustaban,  llenaban aquel equipaje. Y cuando abrí la segunda de las maletas lo primero que encontré fue una tarjeta de las líneas aéreas con el nombre de Cristina Aguado y el número 7235678. Su número de teléfono. Entrecerré los ojos y rememoré un hermoso rostro de mujer caribeña, de tez acanelada y cuerpo delgado.

             El primer impulso fue llamarla, es lo que hace todo hombre cuando se le pone una hembra a tiro: atacarla; y más cuando sabe que no puede aspirar a una relación estable, lo fácil siempre es lo mejor. Pero me reprimí instantáneamente, primero porque mi cuerpo después de la tensión sufrida en los últimos días no daba para nada activo, segundo porque debía ser discreto.

             Tenía ganas de estar solo, de sentarme al aire libre y tomar alguna bebida típica de la isla, como el famoso mojito. Necesitaba que el aire de aquel nuevo país que me acogía limpiara toda la confusión que me embargaba. Había fantaseado con conocer Cuba, y como jamás había podido lograrlo por mis compromisos de trabajo, siempre terminaba pasando las vacaciones en lugares tranquilos con la amante de turno.

             Mientras pensaba qué hacer esta noche sin acabar de decidirlo, Jesús apareció en la habitación y plantándose ante mí con una mirada que me pareció inofensiva dijo:

             –Debo bajar a la ciudad a visitar a un compañero, ¿quiere venir conmigo? 

             Casi sin darme cuenta, me ví sentado en el asiento del acompañante en una furgoneta que calculaba por lo menos debía tener cuarenta años. Oscurecía y me empezaba a encontrar bien en aquel país, yo que venía de la democracia y el capitalismo, feliz en lo que por mis lecturas cotidianas consideraba el comunismo y la dictadura. ¡Qué ironía!

             Mientras serpenteábamos por caminos y el polvo caía a paladas sobre mi rostro provocándome una tos recurrente, Jesús se divertía como un niño.

             –Mejor ir por estos caminos que por el asfalto, aquí no hay controles de la policía. En un par de minutos más llegamos.

             No mentía, puesto que enseguida dejamos el camino de tierra y llegamos a la ciudad, rodeándola hasta entrar en una calle donde la furgoneta pasaba a duras penas.

             –Vamos al final de la calle.

             Le dije que no entendía porqué no dejaba el vehículo a la entrada de aquella calle tan estrecha, si sólo debíamos andar unos metros para llegar hasta donde me estaba indicando.

             –¿Y   como   vamos   a   cargar   la   mercancía si la dejamos tan lejos? –escupió más que dijo,  como si yo fuera un estúpido.

             Frenó bruscamente y dos gigantones sin saludar empezaron a cargar unos fardos que les cabían en los antebrazos.

             –Vamos muchacho, dos brazos más son bienvenidos –me gritó uno de ellos, y como un tonto bajé de la furgoneta, comenzando a cargar fardos. Desde luego, lejos de cabrearme la situación me pareció divertida, había abierto ya muchas puertas y en el fondo mi vida ahora dependía de Jesús Yero, que se jugaba el pellejo al acogerme en su casa.

             –¿Qué transportamos?  –le pregunté cuando íbamos de regreso.

             –Levi’s auténticos. Los compro a buen precio y los vendo bastante caros –hizo un breve silencio y luego mientras sonreía de una manera bonachona dijo–: Te voy a regalar unos; así podré decir que Francisco Fortesa Alumbrique lleva puestos mis pantalones. 

             Debía esforzarme en no pensar en el futuro, en confiar en aquellos que me habían llevado hasta allí, en mi nuevo aspecto, en mi nuevo nombre, en mi nueva vida. La idea era crearme la independencia en mi país de destino, que no sería Cuba desde luego. La isla era sólo un lugar de paso hasta donde me establecería de manera definitiva, según me había advertido Sánchez Vitañas. Sin embargo, a veces el camino se tuerce sin uno advertirlo, y en aquel instante no podía saber que el mío ya estaba torcido.

 

 

Capítulo 2

 

Llevo más de treinta años trabajando como investigador policial y en cierta medida de tanto mirar la muerte, mi corazón se ha ido endureciendo al extremo de que a veces pienso que en su lugar tengo una piedra; quizás con el propósito de demostrarme a mí mismo que a pesar de eso seguía latiendo, le insistí a mi jefe para que me dejara llevar el caso de los españoles.

             Cuando llegamos al lugar de los hechos, vi de inmediato algo bien extraño: la posición del brazo del cadáver no era la habitual en un accidente. Se lo comenté a Anisio Vargas, el subteniente que fungía como mi ayudante, y él me preguntó con una especie de aire bobalicón:

             –¿Por qué tú lo sabes?

             Tuve deseos de responderle que lo sabía porque lo sabía, ensayando así una de esas definiciones tremendistas de un libro sobre filosofía de la realidad virtual que estaba leyendo, en el que cada definición emplea diez veces la misma palabra que nombra el concepto. Sin embargo, me contuve. Anisio apenas tiene veinticinco años y resulta abusivo que un viejo de cincuenta lo maltrate por no haber logrado adquirir experiencia respecto a la posición de los cadáveres.

             –Fíjate en el ángulo que forma el codo respecto al vientre  –observé, y el muchacho me miró una vez más como si estuviera oyendo hablar a un oráculo. Yo tenía fama entre los investigadores de ser excesivamente sagaz, y jamás había dejado de resolver ninguno de los casos que me entregaban. Le pedí a mi ayudante que revisara los bolsillos del cadáver.

             –Salvo el pasaporte –me dijo Anisio– no hay más nada.

             –No hay nada más –le rectifiqué, porque me gusta que mis ayudantes hablen correctamente el español, evitando las incómodas anfibologías a las que se prestan constantemente el su, y palabras como él y ella. Anisio me miró con cara de lástima.

             –Juan Carlos Primelles Ortiz –leyó él, tratando de proyectar correctamente la voz para que yo lo escuchara, porque a nuestro lado los diferentes especialistas de la brigada de criminalística pasaban una y otra vez, conversando entre ellos y convirtiendo el lugar en lo que llamamos vulgarmente una olla de grillos que es como decir un pandemonio.

             No le dije nada a mi ayudante, porque desde luego soy un tanto vanidoso y otro tanto precavido. Mi vanidad me lleva a divulgar todos mis triunfos, mi precaución me conduce a no divulgar aquello de lo que no estoy seguro. Y yo no estaba seguro que aquel viejito con cara de persona circunspecta, algo así como de profesor universitario, fuera a tener una mezcla de nombre de rey con apellidos de estrella de béisbol. No, este tío español, como diría otro español, no podía llamarse Juan Carlos Primelles Ortiz.

             –Ordena que lo recojan todo –le dije a Anisio y me recosté en el guardafango trasero del Nuevo Polo que me tenían asignado para mis funciones oficiales. Para meditar. Para razonar aquellas extrañas circunstancias de un turista muerto en un lugar que históricamente no había ocurrido jamás un accidente. Yo había revisado con calma el estado técnico del vehículo y además conversé con los mecánicos de la empresa Rent a Car que se encontraban por allí en espera de que ordenáramos recoger el campamento para llevarse el vehículo destrozado.

             –Los frenos estaban perfectos –me había asegurado el jefe de la brigada hacía unos instantes.

             Aquí tiene que haber gato en jaba, me dije mientras recordé que Sherlock Holmes usaba una pipa o un violín para estos casos de deducciones misteriosas y de pronto me sorprendí fantaseando. Si yo fuera Holmes, necesitaría a un Watson viejo y regordete, y no a un imberbe más flaco que una chiva con diez días de hambre como este pobre Anisio, que de tan melindroso apenas comía nada.

             –Jefe, ya todo está listo –dijo Anisio acercándose donde yo estaba.

             –Pues vámonos –le respondí secamente, a sabiendas de que es en extremo susceptible y cuando le hablo en ese tono, se sume en el más absoluto de los silencios mientras maneja.

             Yo aprovecho siempre los silencios de Anisio, incorregible parlanchín, para meditar.

             Ahora mismo, mientras voy disfrutando de un paisaje casi cortado a cartabón, con árboles plantados de manera artificial a lo largo de la carretera hace poco menos de diez años, con sus hojas cubiertas por un polvillo tenue como consecuencia de la sequía, imagino lo que sucederá apenas entremos a la delegación. De seguro mi jefe me llamará a su oficina para decirme: “Ahí te espera un testigo voluntario; dice haber visto todo el accidente”. Y el testigo, una señora muy flaca y de una edad cercana a los setenta, sin que yo le formule ninguna pregunta dirá que ella no puede permitir ninguna injusticia y que le desagrada esto de los turistas buscando jineteras por nuestro país, porque manejan los automóviles que alquilan a una velocidad indomable. Desde luego, confieso que el adjetivo indomable es una especie de muletilla que emplea para todo mi compañero Anisio, de manera que los ríos son para él tan indomables como la esposa, a quien nunca le alcanza el dinero para terminar el mes.

             Ya puesto a imaginar mis fantasías, pienso que con esa facha de viejito decente, y además por el hecho de que no andaba con ninguna de esas chicas morenas y delgadas vestidas de negro que pululan por el parque principal de nuestra ciudad, el señor Juan Carlos Primelles Ortiz obligatoriamente tiene que ser un profesor universitario madrileño y llamarse por ejemplo Rodrigo Sánchez Vitañas. 

             –Para aquí mismo –le digo a Anisio cuando vamos pasando delante de la posta principal que protege la delegación. Él frena bruscamente y yo me bajo sin apenas mirarlo. Cuando entro a la oficina, mi secretaria Elsita Morejón me dice con su voz graznadora:

             –El coronel Montespín lo espera en su despacho. Dice que ha aparecido un testigo voluntario del accidente. Se trata de una compañera como de setenta años que iba en un carretón de caballos y asegura que no hubo tal accidente.

             Me encuentro a punto de soltar unas cuantas malas palabras, no por la coincidencia de mis pensamientos con la realidad, sino porque jamás he logrado saber cómo rayos Elsita Morejón logra averiguarlo todo.

 

 

 

 

Categorías: Obras inéditas

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