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Odalys Leyva Rosabal

Siento una inmensa satisfacción al poder decir con toda propiedad que soy amigo de Odalys Leyva Rosabal (*), a quien admiro entre otras características suyas por su generosidad y altruismo como persona, y por su laboriosidad como escritora. A cuántos colegas ha ayudado, serían incontables. A cuántos ha promovido, la cuenta se pierde entre las imágenes de sus versos y la certeza de sus narraciones. Ella no necesita elogios, estoy contento por tenerla en mi blog y presentarla a mis lectores, no solo como poeta sino también como narradora que es capaz de jugar con la violencia del lenguaje sin temor a las consecuencias literarias.

(*) ACERCA DE LA AUTORA: Odalys Leyva Rosabal (San José de la Plata, Jobabo, Las Tunas, 1969). Es miembro de la UNEAC, Ha publicado en Cuba varios libros, por la editorial Ácana de Camagüey: Meditación del cuerpo (2005) y Diálogo sagrado de las vírgenes (2008); por la Editorial Sanlope de Las Tunas: Ciudad para Giselle (2005), Los Césares perdidos (2009), El Apocalipsis no niega las palomas, (2014), Fantasmas Insulares (2014), Crónicas naturales y anunciación virreinal, (2015); por Ediciones Holguín: Convicta de la gloria (2007); y El Frente de Afirmación Hispanista de México le ha publicado trece libros,  entre ellos Crónicas de las pirámides del fuego (2006), Presagio que intimida las raíces (2006), Pacanda, (2008), Controversia y aplomo (2010). Hizo la selección de textos y el prólogo de Antología tanática de la décima en Cuba (tomos I y II, 2007), y la Antología femenina cubana de décimas y malaras, (2008). Recibió la distinción “Dama de Las Hespérides”, Murcia, España (2014) y una carta de reconocimiento por su obra literaria del Centro Unesco de Cultura,  Asociación Puertorriqueña de la Unesco. Tiene varios libros inéditos dentro de ellos las novelas Maldiciones de mujer, Qué Jehová los castigue y La seducción tiene poderes

 

ÚLTIMOS ACORDES EN LA ESPERA

Dios cantaba con suerte y yo, mujer de solfeos, en la ribera: con el humo y el ardor en los ojos. Mi plan fue olvidar. Negué la soledad y el sortilegio, espuma de morir sin agua. Fieras soñaron mi realidad sin broqueles, ni titanes: sensatez de ir a las cavernas, al gris, en árboles y yugo de bestias que domino en coronas sin náufragos. La vida suele ser el trofeo de los que abundan una muerte temprana, nacer es el inicio, sólo viven los escogidos de Dios, formas con demasiada alma donde llorar claveles, sin escorpiones que claven sus figas en el cuerpo, esa reventazón de pus que saldrá a comerse la esencia, a martillar la vida al fondo de los ojos. Esperaré luz o destierro, los minutos serán el oro de que dispongo para escribir mis últimas sentencias y decirle al mundo que una mujer danzó sus delirios de luz y regresó a la tierra. 

 

          ALTERCADO DE PRIMERA URGENCIA

          Tu voz tiene licores;
          eres la oda en mi energía
          donde endulzan los sueños mi teorema
          y danzo sin temer naufragios
          detrás de tu sonrisa como escudo.
          En delirios que sólo yo conozco,
          te navego
          y mis noches son clímax,
          alianza de mar y tierra.

          II

          Con luz,
          la noche se mece en cantos de mi almohada,
          y en estrellas mi Universo.
          Hombre de sol y chispas,
          desnudeces que afloran a lo fascinante.
          Bajo la piel está la arena,
          sombra de bosques que no ven el pudor,
          esa reventazón de hierba perdurándome,
          Signos de dioses viven en mi mariposa,
          como la cruz de fuego que soñé en una iglesia
          o las caras de antiguos navegantes que alocaban mi sexo.
         En pesadumbre donde muralla y martirio
          apartan linajes y demencias.

 

BESOS DE NIETSZCHE (MI PRIMERA BAJADA)

Sentí la voz y no supe escuchar, era mejor sentirse innecesario, prohibir ímpetus y corazonadas, establecer patrimonios de pena sin estabilidades, de cualquier modo un filósofo casado es un personaje de comedias, alguien que ve las sábanas rotas por los conceptos de una mujer. Queda de rodillas y teme que despierte de su duda.

Olvidé mis deseos carnales, su cuarto con carteles ofrecía mi camino.

Nietzsche me dijo: Mujer, así habló Zaratustra: Cuídate de las fieras y serás libre. Tolera la lentitud del camello, duda siempre del león y observa los niños, que son el hombre del futuro; no creas en la muerte de Dios, ni en la del agua, son seres demasiado cercanos para ignorarlos.

 

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA (MI SEGUNDA BAJADA)

                                                                                                   “Hijos de la eternidad
                                                                                                    son los pájaros infieles.”
                                                                                                   Diusmel Machado Estrada

Vengo a ofrecer mi carnada, el vino de la realeza con avispas y rituales en mi boca. El poder es eclipse en el otoño, ve las estatuas, resplandor donde los pájaros sufren los árboles que el viento quemó en la sed del cuchillo y la navaja; para no excusar los hombres pierden otra galaxia como si el mundo doliera en ese eterno retorno y el poder fuera más grave que toda la muerte, y los pezones raídos otra vez. ¿No ven en la moral la única llaga que sufren? La ficción lacta otro diamante, escape de palomas.

Impongo mi ritual, nadie se atreva contra los pájaros, he decidido nombrar los siglos, hacer lo exacto y nadie me desmienta. 

Voy a la montaña a llorar la frialdad: los hombres son la mala espina que sufre el mundo y ríen  sin conocer que las velas tienen más luz que perdones. 

 

TERCERA BAJADA DE ZARATUSTRA

He de volver, la lluvia viene después del fuego, los caballos trotan aunque las montañas desaparezcan y del aire las centellas anuncien que el fin es un día insólito, y las llamas destruyan los árboles sin pájaros, los nidos sin palomas, y cada hombre busque en su Luna y sostenga que su Dios viene por él. El poderío de los ángeles tiene un farol hacia lo inmortal, contraluz a la muerte, abrir de piernas con la rosa hacia los espejos, donde los hombres ven el poder de los pezones en manantiales: pétalos de mujer traerá el apóstol que defiende el arco universal de los nacidos y cierra con siete sellos su alabanza.         

(Del libro inédito Semidioses del Fuego)

 

EL MURO, UNA MUJER Y EL TIEMPO

                                  Aquella voz, que recordaba la muerte, no venía de muy lejos.
                                  Diusmel Machado (En La muerte del heraldo).

Amanda ha perdido sus piernas, ahora tiene que hacer sus necesidades en una cuña, en un cajón que le ha inventado su sobrino: a qué se reduce aquella mujer que jugaba con el dinero, que hacía fiestas con invitados importantes de la farándula y hoy se encuentra ciega en el hospital, en la sala de medicina donde los baños son bisexuales y lo mismo haces tus necesidades y un hombre al lado las suyas o fácilmente te bañas y en la ducha de al lado, aunque no tiene puertas, un hombre se baña; porque un hombre en la sala de Medicina de este hospital, deja de ser un hombre sexual para convertirse en enfermo. Amanda escucha una voz masculina y se sorprende, ella no se adapta a este sistema, es de esas mujeres que le ponen agrio el hígado a cualquiera; le grita constantemente a Lucía, la mujer de su sobrino, quien recibe una pensión del Estado por cuidarla y vive con ella, con sus miserias que danzan en la ceguera que hoy la martiriza, porque no puede siquiera apreciar la limpieza de su casa; otrora Amanda era muy exigente con sus criados y ahora alimenta en su interior un fibroma, tiene piedras en los riñones y una diabetes para completar la trilogía. Su vientre no dio vida nunca a un hijo, varias interrupciones de embarazo fueron la salida que Amanda buscó a su vientre fértil, al mismo vientre que antaño disfrutó de una delicada belleza y sensualidad, que en su época la hizo sobresalir entre las demás jóvenes; usaba los zapatos de tacones que le gustaban, hoy un zapato es la causa de su mutilación, un par de mocasines que la había fascinado en una vidriera, al comprarlos le quedaron chiquitos: pero ella era persistente, una peladura en su pie comenzó a hincharlo y ella ya no veía bien como para darse cuenta de que su pie se ennegrecía. Hubo que cortarle un pie y seguir cortando su pierna hasta el mismo muslo, y luego la siguiente, hasta verlas desaparecer para siempre y ser devoradas por el fuego en el crematorio. Amanda se apoya con las manos y vive en esa silla de ruedas desde donde grita y quiere que todos corran, ser la mujer que daba órdenes y disfrutaba pagar criados y tener una finca y los hombres que quería en su cama. Se dice que hizo sufrir a algunas mujeres de su pueblo, los hombres enloquecían por ella. Hoy está en este hospital y alguien aprovecha que su acompañante se fue a la ropería, para acercarse y decirle:

—Amanda, tú que tenías tu casa tan limpia y ahora las telarañas la florean y tú eres un desastre, ese pelo de canas grises y grasosas, esa ropa descosida. ¡Pareces un traste!

Amanda quiere responder con ira, gritar imprecaciones; pero la voz se escapa de su lado y sale por el baño que da al otro cubículo. Cuando regresa la mujer de su sobrino, Amanda la coge contra ella:

—¡Puerca! ¿Para qué te pago si no me arreglas, y dices que me mantienes bonita? ¡Desnaturalizada!

—Oiga, usted se equivoca, pregúntele a su hermana. Yo la cuido a usted y la mantengo arreglada. ¿Quién le ha dicho eso?

La presión de Amanda sube, su cara enrojecida va a estallar de ira, prosiguen sus vituperios y maldiciones:

—¡Desgraciada! Tú estás conmigo por quedarte con mi casa, con todo lo mío, lo que quieres es que yo me muera, quizá no me das ni mis pastillas.

—Pero, Dios mío, ¿quién le dijo eso, Amanda? ¿Usted se ha vuelto loca?

El personal médico se acerca, le ponen un sedante. En un aparte, le preguntan a Lucía:

—¿Ella ha reaccionado así en otras ocasiones?

—No, nunca. ¿No será la enfermedad? ¿Cuándo le van a operar el fibroma? ¿Qué harán con su riñón?

—Nada, no se puede hacer nada. Con esa diabetes, sería una muerte segura. Hay que seguir con el mismo tratamiento.

 

Amanda duerme tranquila, descansa. Llega la noche y comienzan a repartir la comida, Lucía sale al pasillo a buscar la ración de su enferma. Entonces llega otra vez la voz, se aprovecha de la situación y la despierta:

—Amanda, ¿te acuerdas de Gilberto? Aquel hombre de pelo negro y cejas anchas que te amó y sufrió mucho por ti.

La enferma quiere volver los ojos, descubrir de dónde viene el susurro; pero el dolor no le deja hacer movimiento alguno.

—Pues, se ahorcó el día que no lo viste más y ahora te persigue su espíritu, ha dicho, antes de morirse, que te llevaría con él, poco a poco, pedacito a pedacito. Primero los dedos, después los pies, luego las piernas. Ahora Gilberto te quiere arrancar el vientre, entra sus dedos en tu vulva, hasta el vientre fastidioso donde su hijo no pudo vivir, el hijo que le mataste, el hijo de Gilberto que está sentado a tu cabecera y te mira, te está mirando en este momento, quiere acariciarte, a su madre, a la maldita madre que lo hizo volverse un ángel. ¿No sientes sus alas sobre tu cara, el olor de la sangre, el llanto de la extirpación?

Amanda suelta un grito, se arranca el suero recién puesto por la enfermera. Todos corren, se ha lanzado de la cama gritando:

—¡El niño, el niño me ha mordido! ¡Cuidado con las uñas! ¡Cuidado!

La levantan, sangra, los ñongos que le sirven de apoyo son un conjunto morado de flecos colgadizos. Lucía corre en busca del médico, nuevamente la voz se aprovecha, y entra en los oídos de la enferma:

—¿Ahora ves el muro blanco con la cruz escarlata? Detrás está la casa, allí están las manitos pequeñas y tus pies. Gilberto guarda tus piernas, por la tarde las saca a pasear. Todos le dicen que unas piernas moradas no son de buen gusto. Ayer vi cuando las tenía recostadas al muro, y un perro las orinaba.

Amanda quiere soltar un último grito, pero es tarde ya. Se ha dejado caer contra el muro. Nadie, ni siquiera un perro volvería a orinarla.

 

ONANISMO

Cuando niño nunca pensé que sería cura, siempre sentí temor por los lugares silenciosos, mi madre es la causante de mi tristeza, qué culpa tengo yo de que mi padre la dejara y se fuera. El ardor de la espalda no me deja dormir, el látigo es parte de mi cuerpo, y los rostros de mujeres en cada confesión son un martirio.

Todo comenzó a los nueve años, cuando empecé a masturbarme recién mi papá desaparecía. Mamá me descubrió y comenzó a golpearme con el cinto y a perseguir mis arrebatos. Pensé escapar en la bigamia. Comencé por acudir a las hembras de corral, las trancaba cerca de la casa, mi madre no se apartaba del cinto, que dejaba caer sobre mí en el momento menos pensado. Decidió mandarme a una iglesia, le pidió a su hermano que me llevara. Dando gritos le rogué a mi tío que no lo hiciera, mi madre hizo mis maletas y tío llegó temprano en su carruaje. Yo no paraba de gritar. Me aterrorizaban la promesas de las iglesias abaciales de Caen, de Saint-Étienne o Abadía de los Hombres. Juré a mi tío que no me iba a masturbar más, él se echó a reír a carcajadas, me aseguró no saber que tal era el motivo por el que mi madre me enviaba a la iglesia. En el trayecto del camino se detuvo en una aldea pequeña, entró a una tienda y pidió varios vestidos para una niña de nueve años. Me dijo: Cámbiate. Yo, perplejo, me disgusté (pensé que era una ofensa), y entonces me explicó que me llevaría a Sainte-Trinité o Abadía de las Mujeres, que mi pelo largo ayudaría. Llegamos al atardecer. Ahí comenzó mi carrera de santa devota, fui recibida y me llevaron a mi aposento. La señorita Mary Burnett se consagró a mi educación, tenía unos quince años, la pusieron a dormir cerca de mí hasta que me adaptara a vivir entre las altas paredes húmedas, rodeadas de hiedra. El calor de la chimenea era el placer más tierno que gozábamos en los inviernos. Yo sufría de ver todas las hermanas cerca y comportarme como una más aunque dentro de mi vestido experimentara erecciones que no podían ver, bajo ningún concepto, la señorita Mary o la madre superiora. Transcurridos tres años, mi situación se procuraba sus disfrutes, cuando las hermanitas dormían yo aprovechaba sus descuidos y miraba sus carnes sonrosadas. Una mañana, la madre me envió a los campos de cereales y la señorita Mary Burnett me acompañó, me dijo: Mira, ese debe de ser el lago Maggiore o Verbano. La señorita, con un tono romántico, hablaba de la belleza del lago, del paisaje y sus cálidas aguas, y yo tenía trece años, pero mi cuerpo se estiraba sin remedio, sentí el mismo ardor por ella como en los días en que mi mamá me golpeaba con el cinto. La invité a bañarnos y ella me dijo que éramos señoritas, que no debíamos, a lo que respondí que por allí no andaba nadie, que si nos quitábamos la ropa no las mojaríamos, así la madre superiora nunca lo sabría. Mi compañera accedió, nos desnudamos y nos metimos en el lago, comenzamos a jugar en el agua, cuando mi pelo se mojó ella me miraba como desconociéndome, mi bigote incipiente comenzaba a delatarme, comencé a nadar y a jugar, la cargué y el roce de su piel despertó en mí una erección, mi compañera se quedó pegada a mi cuerpo, como si ya supiera que yo era un joven, comencé a tocar su piel y nos besamos, introduje mis manos dentro de su ropa interior y fui descubriendo cada latido de Mary, entonces perdí toda timidez, la saqué del agua y la hice mía, la señorita Mary Burnett me pertenecía, aunque yo aún era un niño.

A partir de aquella noche, Sainte-Trinité se convirtió en nuestro lecho de amor, y en la iniciación de todas las hermanitas de la abadía. A la hora de dormir, todas se aproximaban a mí, fueron días muy felices, las hermanitas alababan los Alpes, querían estar conmigo en el lago Léman. Yo pasaba los quince años y cada vez resultaba más difícil esconder mi barba. Una tarde, escapé de Sainte Trinité y me presenté de regreso en mi casa. Mi madre no lo toleró, me dijo que yo debía seguir internado en las iglesias abaciales de Caen, de Saint-Étienne o Abadía de los Hombres, que tenían tan ganado prestigio, que hasta tanto yo no fuese un hombre responsable no podría administrar la riqueza de la familia. Era un quince de marzo, llegué por primera vez a aquel lugar, donde la desolación y la tristeza no podían tener piedad de mí, no tendría conmigo a Mary Burnett. Intenté superarlo, pero por más que oraba, con la Biblia en la mano, el pecado no se apartaba de mí, debía encarnar un ser lujurioso, un varón que nunca debió nacer. Mis compañeros de Saint-Étienne eran muy callados, comencé a intimar con algunos de ellos, sus pieles blancas rozando lo femenino me hacían sentir atracción, uno a uno se fueron convirtiendo en mis amigos confidentes, en seres que dependían de mis caricias. Dos años estuve en la Abadía de los Hombres, donde recorrí caminos insospechados.

En la Abadía de las Mujeres comenzó a reinar el miedo. Por esa razón, la madre superiora permitió a sus internas dormir juntas, pedían trabajar para agradar a Dios, y se les permitió hacerlo en los campos de cereales, a cuyas orillas el lago Maggiore estancaba sus aguas. Ellas nadaban en espera de mí. Convencí a mis compañeros de Saint-Étienne de que el trabajo era un modo de agradar a Dios, que los campos de cereales necesitaban manos laboriosas, los convencí y el campo de trigo se levantaba lleno de flores, entre las espigas los cuerpos femeninos ofrecían su desnudo, les enseñé a palpar la carne en flor, y satisfecho me marché para siempre. Ahora dejo aquí, en tu tumba, padre mío, la sotana. No entiendo por qué tuviste que morir y dejar a mi madre con la piel sonrosada.

 

LA MAESTRA DE FRANCÉS

Paul había abandonado su escuela en Italia, a su novia con la que comenzaba sus primeros caminos en el sexo. Sus padres tomaron la decisión. Leonor Montaigne le hablaba del Palacio de Versalles, de la música que se ponía en los teatros, él era un niño de ojos despiertos, con catorce años, quería conocer el mercado de París y los acantilados de Normandía. Sus padres, absortos con su nuevo trabajo en relaciones diplomáticas, no disponían un tiempo suficiente para su educación. Leonor había sido su salida, se convirtió en la cuidadora acompañante del joven Paul cuando sus padres por cuestiones de trabajo se mudaron a Toulouse. Leonor le impartía lecciones de música y de francés. El niño sentía un aburrimiento que ella no sabía cómo vencer, aunque aquel trabajo le resultaba absolutamente imprescindible, por eso decidió aplicar nuevos métodos. Lo llevó al Palacio de Versalles, él debía tomar el ala que se adosaba al extremo meridional y ella la que estaba al extremo septentrional, para encontrarse en la galería de los espejos. Leonor era una mujer de mundo, había disfrutado de los placeres más suculentos, pero nunca había desvirgado a un niño casi hombre en una alcoba real. Lo esperó en la galería de los espejos, con sus senos descubiertos, Paul sintió temor de las dos cumbres blancas que se levantaban ante sus ojos, ella tomó las manos delgadas del joven y las colocó en el centro tibio de su pecho, él temblaba sintiendo el placer inmediato que descubre un joven cuando ve por vez primera a una mujer con sus encantos al aire. Ella se regodeaba, ponía sus uñas largas encima de sus pezones, y él vibraba: lo hizo besarlos. Leonor sentía el ímpetu de un corderito en busca del alimento materno, descubrió que Paul también disfrutaba del juego, ella escapó hacia el dormitorio de María Antonieta de Austria, se soltó el cabello y el niño entró sus manos en el pelo rubio ondulado, la reina provocó a Paul hasta desesperarlo, él casi lloraba el escape de su dulce emoción, ella salió a los jardines, se recostó al Gran Trianón y levantó su saya, él tocó por fin el sexo de una mujer, entró sus manos en la caverna epicúrea, supo la humedad que fluía sobre sus dedos. Monet estaba cerca, vigilando la inocencia que se deleitaba con las honduras de Leonor, su modelo predilecta, plasmó la luz del día, el sexo al aire libre que se ofrecía con una aplicación de colores brillantes. El niño se quitó sus ropas y Leonor se apoderó del momento, cambió a Paul a varias posiciones. Monet trazaba la belleza y sus deseos brotaron sobre el cuadro. Leonor abrió sus piernas y Paul se hundió en el laberinto, no sostuvo su impulso y vertió sus aguas ácidas en Leonor danzarina, los cisnes nadaban a su alrededor. Paul se recostó al muro del Trianón sollozando y Monet penetró a Leonor con el impulso sagaz del pincel sobre el lienzo, esa noche terminaría el cuadro para la exposición dedicada a los diplomáticos italianos. Querían llevarse un cuadro del magnífico palacio rodeado de extensos y cuidados jardines.

(Del libro inédito Perversas mujeres contra el muro)

Categorías: Escritores amigos

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