10:38 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Alexis Hechavarria Duarte

Mencionar a Alexis Hechavarria Duarte (*) es traerme el recuerdo de su tío y uno de mis mejores amigos, Ramiro Duarte, quien en algún momento volverá a estar con nosotros en estas páginas. Pero Alexis, también mi amigo, une a su don de la música el de escritor y en esta oportunidad podrán disfrutar sus cuentos Otra vez y Peñazo; y su conjunto de décimas titulado Eterna peregrinación de los recuerdos. Pueden saber más acerca de él en la siguiente URL: http://www.babalawoenbarcelona.com

(*) ACERCA DEL AUTOR: Alexis Hechavarría Duarte (Las Mangas, Bayamo, Cuba, 1971). Maestro por la Escuela Pedagógica Rubén Bravo Álvarez de Manzanillo (Cuba). Estudió Armonía y Orquestación con el  maestro  y director de orquesta cubano Armando Romeu González, por el método de la Berklee School of Music. Reside en Barcelona desde el año 1994, donde ha desarrollado una intensa labor como músico, arreglista y profesor. Además, escribe cuentos, poesía y canciones. Ha publicado el libro de cuentos Por esta vez te has salvado (Ediciones  Carena, 2014).

OTRA VEZ

Andrés se quedó dormido justo cuando el periodista abrió con la frase de siempre: “Estos son los titulares. Comenzamos”. Bajo el párpado cerrado, subconsciente, siempre insomne, tomó el lugar del presentador:

―Un ídolo futbolístico da una patada al balón y paraliza las calles. En la plaza, los muchachos disparan una pelota soñando que son estrellas. Programas televisivos se imitan unos a otros. Humoristas sin talento cuentan chistes que no tienen gracia. Políticos sin talante pronuncian largos discursos que ni ellos mismos se creen. Perros grandes y pequeños acompañando a sus perros amos ladran, mean y defecan por las aceras de la ciudad. Los perros viven mejor que los mendigos silentes. Policías de civil persiguen a los manteros aunque los negros no ladran. En la calle del obispo multan las cuer­das vocales a un intérprete de ópera, porque se gana la vida. Negros de la suciedad, otros negros callejeros recogen chatarra blanca.

El volumen de la tele aumentó súbitamente: un anuncio de per­fumes desbordaba la pantalla. Andrés despertó de golpe, la modelo del spot posaba detrás del frasco como una muñeca alada. En rela­mido francés, su voz susurró la marca.

Andrés consultó el menú: la programación entera le pareció de­primente. Pulsó el botón de apagado y encendió el ordenador. In­fectado de troyanos y gusanos informáticos, el aparato tardó diez minutos en abrirse.

Reflexionó sobre el sueño y anotó los titulares. Quizás fuera un buen material para futuros relatos. Andrés escribía cuentos cuando estaba deprimido.

Abrió el correo electrónico. En la bandeja de entrada un mensaje solitario le llenó de luz la noche: su libro había gustado al editor exigente. El texto era como un viaje al interior de su alma.

Cliqueó sobre Mi PC y fue directo al archivo. Releyó el primer relato pensado en todas las voces que lo habían inspirado: la nece­sidad urgente de exorcizar los demonios.

En el segundo, el protagonista sufría las consecuencias del su­rrealismo imperante en un país sin fronteras: plaga que había muti­lado sus sueños adolescentes.

El título número cuarto, sería una contradicción para ese lector romántico que aún conserva la fe en difusas utopías, pensó cuan­do su mujer lo llamó para cenar.

Se sentaron a la mesa. Celebraron la noticia. Andrés no se lo creía. Más que cenar, engulló.

Volvió a la computadora. Tomó el penúltimo cuento. Engullir lo indigestó. Salió deprisa hacia el baño y no pudo regresar hasta un buen rato después.

La pantalla estaba a oscuras, pulsó un botón y se iluminó, bajo su luz el último cuento, inmóvil como un retrato, escondía su fi­nal. Un virtual reloj de arena dejaba caer sus granos en un gesto insoportable. Desoyendo los consejos de su técnico informático, lo apagó arbitrariamente.

Se desató los cordones y se quedó relajado. Octosilábicas con­sonancias rozaron su inspiración. Sobre papel reciclado escribió cuatro espinelas que le salieron de golpe. Los versos homenajeaban a sus raídos zapatos.

―¡Él es Dios, tíos, es Dios…! ―gritaron unos muchachos, mien­tras un coro de coches, pitos, petardos y ofensas agigantaban la orquesta que enloquecía las calles. Como una premonición, el ídolo futbolístico había vuelto a delinquir.

                      (Del libro Por esta vez te has salvado, publicado en  2014 por Ediciones  Carena)

 

PEÑAZO

En el mundo, todos cantan, las ranas croan, los grajos graznan y los caballos relinchan. En una peña de cantautores, la cosa suena distinta: se requiere afinación, cierto dominio del ritmo y sentido del ridículo. Los cantautores mediocres se parecen a los cuervos: si los crías con corcheas, te sacarán los oídos.

El Monje tenía su peña en un bar barcelonés. El sitio era como muchos: un antro estrecho y oscuro, donde frustrados y huraños comparten una cerveza. Al margen del sentimiento que animaba sus canciones, era un tipo inofensivo preocupado por la estética. Cada viernes, sin fallar, buscaba el mejor elenco. Buscar no era tan difícil, encontrar tampoco lo era; escuchar podía ser nocivo.

―En esta nueva edición no solamente tendremos música, habrá también poesía, monólogos y algún chiste. El Papa, con su papada, visitará la ciudad y el aire está endemoniado.

Ese tono irreverente, levantisco y descreído alentaba su discurso.

―Para romper la rutina, presentaré a un trovador recién llegado de Cuba.

Público y camarero aplaudieron por exotismo, el trovador toda­vía no había abierto la boca.

―Buenas noches. Muchas gracias por invitarme a esta peña ―dijo el músico nervioso, colocando a su siniestra el banquillo de concierto. Más que un cantor popular, parecía un concertista: en América Latina aún se cree en la vieja Europa.

Me gustaría empezar con una sencilla décima, porque además de cantar, también escribo poesía:

 Hierro, polvo, mármol, guerra
¿Para qué seguir cantando?
La voz se rompe tragando
los espectros de la tierra.
Árbol, tronco, filo, sierra,
todo el tiempo lo devora,
en su boca no se atora
ni la oración del beato,
crujen muerto el timorato
y la bruja voladora.

Luego, tomó su guitarra, interpretó dos canciones y se despidió en silencio. La gente volvió a aplaudir, aunque aquellas armonías tenían sabor añejo. El público acostumbrado a escuchar la nueva trova, esperaba otro sonido.

Un argentino risueño se dirigió al escenario. Como todo buen porteño, era experto en enredar a las muchachas ingenuas con his­torias de su tierra. Mientras se presentaba, acompañaba el discurso con arpegios discontinuos sobre el acorde de re mayor. Los can­tautores mediocres comienzan siempre con esta tríada. Nadie se explica por qué, pero todos la prefieren. Si con el re no funciona, saltan directo al sol. Salga el sol por donde salga, arrancan con los graznidos.

Un tango desentonado se le escapó de la boca:

―Adiós muchachos, compañeros de mi vida… ―su verborrea empalagosa hipnotizaba los oídos.

―Después de este hermoso clásico, los quisiera sorprender con un nuevo tema mío… ―dijo el porteño alternando con manoseados punteos: re, la, re, fa# y el pulgar cual cabeza de tortuga.

Asfixiados por el humo, cuatro o cinco cuervos más aguardaban su turno. Uno, al que no habían invitado, esperaba algún despiste. Quizá alguien lo saludara desgarrando así la carpa para colarse en el circo. La suerte le sonrió: el argentino risueño empecinado en triunfar le lanzó un cordial saludo. El gesto le costó caro: el infiltra­do, contento, se dirigió al escenario. No se escuchó un solo aplauso. Naufragando en el asombro, el porteño fue expulsado con sonoras palmaditas sobre su dura mejilla.

―Me llamo José María, llevo ya unos cuantos años en esto de hacer canciones… ―dijo sacándose el chicle y pegándolo en el fon­do del pelado taburete. Al cabo de diez minutos, aún contaba sus hazañas:

―Como podéis observar, no he traído partituras; ese asunto del solfeo me parece burocrático… Voy a cantarles un tema de mi últi­mo trabajo: El bujarrón de mi pueblo, así se llama este blues. Un mucha­cho de mi pueblo que abandonó el seminario y se metió a bujarrón―cantaba mascando el verso.

Estiró el lánguido blues y reventó un rock and roll. Algunos, con buen olfato, se marcharon lentamente. El Monje ya no sabía cómo librarse de aquello. Desconcertado, intervino presentando a toda prisa a su siguiente invitado: un cantautor boliviano con cara de ja­ponés. Su extraña monotonía no sólo venía del texto, sino de todo a la vez, rostro pasmado incluido.

Cuando acabó su actuación, se despidió saludando con un gesto imperceptible.

El Monje rindió homenaje al propietario del bar:

―Como sabéis, nuestro amigo Paco nos abre cada semana las puertas con su altruismo.

Paco, además de altruista, era un lince en los negocios: la peña bebía sin parar.

―Chicos, no tengo palabras… vosotros sois cojonudos ―dijo Paco emocionado, poniendo sobre la barra una botella de Cava.

El humo era insoportable, un melenudo tatuado se olfateaba las axilas.

―Los dejo en manos de Juan, su cuerda habla por sí sola… ―dijo el Monje presentando al último cantautor: Pelillos a la mar―corea­ban todos los fans. Esta irónica canción se había hecho famosa. En ella, Juan despeinaba su calvicie prematura, estimulando a todos los calvos a lucir el cascarón. El graznido de los cuervos fue acallado con humor.

El Monje reapareció con una sonrisa crédula:

―Yo sabía que mi amigo no os dejaría indiferentes. La peña llega a su fin y me toca a mí cerrar. Hoy no quisiera cantar, prefiero que juzgue el verso.

Abrió la funda de su guitarra. Todos creyeron que cantaría. Tomó un papel arrugado y acomodó el taburete. Los córvidos, despluma­dos, ardieron en la espinela:

Prohibidos los cantaplagios.
Cantamañanas prohibidos,
rascaguitarras unidos
mercachifles de naufragios.
Y prohibidos los adagios
en tangos desafinados,
cantarines marginados
de irrespirable garito,
desentonado apetito
de bufones trasnochados.

Prohibidos los panfletarios,
los poetastros prohibidos:
pregoneros deprimidos
pantomimas de escenarios,
grotescos estrafalarios,
cuentacuentos disonantes,
parodias desconcertantes
de un quiero y no puede ser:
figuras que asusta ver
disfrazadas de cantantes.

            (Del libro Por esta vez te has salvado, publicado en  2014 por Ediciones  Carena)

 

Eterna peregrinación de los recuerdos

I
Trenes, aviones y guaguas:
caballos de mi locura,
turbión que no tiene cura,
aguacero sin paraguas:
herencias que sobre yaguas
me dejaron los abuelos:
muertos calvos que sin pelos
en la lengua y la cabeza
me guardan de la tristeza,
del rencor y de los celos.

II
Ancestros de lucidez
y  de hondura cristalina:
manos de yugo  y resina,
intrincada sencillez:
redonda y fértil  preñez
que procrea en mi esperanza,
explosiones de la alianza
entre  mi carne y el muerto,
madera, horizonte, puerto
que siempre mi mano alcanza.

III
¿Hacia dónde vuela el hueso
ese traidor acabado,
este recuerdo callado,
los dos labios de tu beso?
Ningún secreto  confeso
condena esta cantinela.
Me observa serena abuela,
el Maestro, el jazz, la orquesta,
desde el alma que protesta
cuando le clavo la espuela.

IV
Octosilábica voz,
¿Por qué estos versos escribo?
Siento mi pie en el estribo
de un verbo informe y atroz:
décima, garra feroz
que entre roca y fantasía,
cabalga, sueña y porfía
con los razones vitales,
apesta en los albañales
y brilla en la lejanía.

V
Dejad en paz los recuerdos,
el bronce, la comunión,
la adolescente canción,
las mentiras y los lerdos.
Pezuñas tienen los cerdos
en cualquier mano animal,
es de azufre el manantial
donde sus caras estiran
y sus hocicos respiran
podredumbre existencial.

VI
La música me abandona,
la poesía me persigue,
no quiero que me atosigue
la incertidumbre cabrona.
Esta musa socarrona
sabe que el tiempo perdido
huele a plomo derretido
sobre mi pobre conciencia
y derrama su indulgencia
sobre este verso transido.

VII
Me lo dijiste poeta
intemporal, tras el vuelo,
tu pie descalzo en el suelo
y tu vista en el cometa.
Me lo enseñaste profeta
con un ademán de estrella,
me llevaste tras aquella
certidumbre del color,
debo escribir por amor,
por gratitud a tu huella.

VIII
Desagradecido  canto
ha entonado mi garganta,
esta melodía espanta
y causa estupor su llanto.
La sombra  en su desencanto
dibuja constelaciones,
debo escribir las canciones
que la vida por fortuna
me susurraba en la cuna
entre yerbas y oraciones.

lX
Pulsar la casa, el sonido,
la polvareda y el rayo,
el agua recia de mayo,
este recuerdo afligido.
El contratiempo al oído
es  música que alimenta,
siento crujir la osamenta
de recorrer el espanto,
no  desesperes quebranto,
que ya mi mano lo intenta.

 

Categorías: Escritores amigos

No hay comentarios para mostrar.

Escribir un comentario