10:38 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Ricard Reig Vidal

Ricard Reig Vidal (*) y yo nos conocemos desde aquella lejana época cuando aún el correo electrónico en Cuba no sólo no había hecho furor, sino quizás sólo era del conocimiento de unos pocos iniciados; me refiero a los inicios de la década del 90 del pasado siglo, cuando lo más común para comunicarse con los amigos lejanos era el correo postal. Vi su dirección en alguna revista literaria, en la que si mal no recuerdo expresaba su interés (¿quizás decía pasión?, no puedo precisarlo: mi memoria no es tan eficaz) por las obras de García Márquez y ahí comenzó la aventura que todavía sigue, la aventura de haber escrito dos novelas en común (El almirante Cervera en el mar de Santiago y La manzana dorada del exilio) que aunque aún permanecen inéditas, por estos días hemos vuelto a conversar de publicarlas. Así, venciendo el tiempo y agarrándonos a la esperanza, hemos visto crecer a nuestros respectivos hijos y a disfrutar con lo disfrutable y a sufrir con lo sufrible de la vida, sin que ningún contratiempo haya roto nuestra amistad. Entonces, era para mí un acto de justicia tenerlo en este nuevo blog literario.

 (*) ACERCA DEL AUTOR: Ricard Reig Vidal (Lleida, España, 1972) Filólogo y profesor de lengua y literatura castellana. Titulaciones complementarias: cursos de especialización en Relato hispanoamericano, y en Narrativa y poesía hispanoamericana de final de siglo; postgrado en Formación en inmigración. Actualmente está cursando el Grado en Historia del Arte. Ha colaborado en las publicaciones literarias Ars Litterarum (Argentina), Quehacer (Las Tunas, Cuba) y en el boletín literario Carlos Loveira (Santa Clara, Cuba). Es miembro del Research Board of Advisor (ABI), perteneciente al American Biograpical Institute con sede en Carolina del Norte, Estados Unidos de América. Tiene las siguientes novelas inéditas: Al cabo de los años; El bebedor de vinagre; El almirante Cervera en el mar de Santiago (en coautoría con Andrés Casanova), finalista del Premio nacional de novela histórica Alcorcón siglo XXI y Premio Hispania de Novela histórica; La manzana dorada del exilio (en coautoría con Andrés Casanova). Además sus libros de relatos: Los individuos; Cuentos, acontecimientos y exploraciones literarias; Despensados; Hibai y otros cuentos. Y los poemarios: El amor, el imán; y Paisajes. Su blog literario se encuentra en: http://ricardlectura.blogspot.com.es/

 

NO INVESTIGUES MÁS

 Hay ocasiones en que la vocación surge en la tierna infancia, casi siempre fruto del entorno familiar, pero aquello no estaba tan claro en su caso, nadie sabría decir porqué decidió hacerse criminólogo en una época en que ni tan solo se conocía el término que denominaba la profesión.

Cuando le hablabas de su precocidad le atribuía un papel fundamental a la lectura infantil del periódico El caso, que publicaba una recopilación de crímenes escabrosos, desapariciones inexplicables y sucesos delictivos.

Luego, durante su adolescencia, se fueron sucediendo las series de detectives (Mágnum, Mike Hammer, Sherlock Holmes, entre otros), junto al fenómeno espía y romántico de la guerra fría; y las lecturas de la biblioteca familiar (Rendell, Christie, Highsmith y James, fundamentalmente).

Lo que podría ser una afición fue creciendo en él hasta que dejó de ser pasiva, es decir, se fue convirtiendo poco a poco en protagonista. Un día fue capaz de descubrir quien le había robado las zapatillas de natación, siguiendo un proceso que bautizó como deductivo-intuitivo y que aplicaría siempre.

Sus habilidades se fueron potenciando hasta que reveló a sus compañeros que el profesor de lengua catalana y el de matemáticas estaban liados.  Tenía catorce años y todavía recuerdan en el instituto el revuelo que causó aquel descubrimiento que culminó con el cambio de centro de ambos docentes.

Aquel fue un primer aviso de las consecuencias que pueden tener sacar a la verdad a la luz.

Lo decidió cuando tuvo que elegir destino, es decir, cuando terminó el bachillerato y debía escoger rama profesional. Tenía muy claro que lo suyo era atrapar a los malos y cuando en la academia de policía le hablaron de aquel departamento llamada criminología se le abrió el cielo.

A partir de entonces los resultados brillantes de un alumno aventajado le llevaron a convertirse en el número uno de su promoción y ascender rápidamente en el escalafón, hasta ser reconocido, a las treinta y cinco años,  como uno de los mejores criminólogos del país. Todo fue tan rápido como se cuenta, para él estos dieciséis años de trabajo le pasaron como un suspiro.

Publicó libros, impartió conferencias, cosechó éxitos sin parar; se divertía ayudando a inspectores a descubrir autores de crímenes, robos, violaciones: su carrera parecía no tener fin.

Se convirtió en jefe de unidad, el más joven en la historia de las fuerzas de seguridad y bajo sus alas se creo la más eficiente unidad criminológica de Europa.

El único suceso personal que interrumpió su carrera fue el matrimonio; llevaba dos años de felicidad casado con una irlandesa que vino a aprender español y que finalmente consiguió ser profesora en la Escuela Oficial de Idiomas y unirse con el único alumno criminólogo que habría de conocer en su vida.

El éxito personal y profesional en una lotería infinita le iba premiando, pero un día todo empezó a torcerse, como ocurre siempre, de una manera vulgar. Cuando volvía a casa, pensando en su mujer y en el caso de aquel asesino en serie que no tenía móvil, vio a un hombre que le llamó la atención. Fue simplemente su forma de andar lo que le delató, no seguía un ritmo constante, en un momento iba despacio, luego seguía unos metros rápidos y se detenía tres segundos, mirando dos veces la hora en intervalo de pocos minutos. A partir de ahí fue tirando del hilo y llegó a la conclusión de que aquel hombre iba a cometer un asesinato, un crimen pasional, esperando a la víctima en el trayecto que la llevaba a su casa y sin duda sería de un disparo.

Su deber de ciudadano y de policía le obligaba a impedir el delito y así fue como se acercó al hombre para comunicarle quien era y qué había descubierto. Ante la evidencia el hombre estalló en un amargo llanto y confesó lo que estaba a punto de hacer, le entregó el arma al criminólogo y ya nunca más se supo del asesino en potencia.

“Lo que faltaba, ahora no sólo descubro quien ha cometido el crimen sino que los evito”, se dijo con aire de superioridad mientras se acercaba a la comisaría a depositar el arma y dejar constancia de lo ocurrido.

En los días que siguieron al incidente empezó a obsesionarse sobre los delitos que habría podido evitar y se impuso la obligación de estar alerta las veinticuatro horas y examinar los actos de todos los que tenía a su alrededor. No supo poner freno y fue penoso el marcaje al que sometió a sus compañeros de trabajo y familiares. Poco a poco fue descubriendo, no ya delitos, sino secretos de su entorno. Sólo le faltaba leerles el pensamiento. Supo de rutinas, hábitos sexuales, manías, fobias.

Se adelantaba a los acontecimientos primeramente unos minutos, luego unos días, y al final hasta meses. Acertó en que uno de los novatos manipularía las pruebas cuando tuviera la certeza de un crimen con el fin de trabajar menos, supo de jubilaciones prematuras antes que los propios interesados,  descubrió cuándo su esposa había llegado al límite de las visas.

Hasta que un penoso día llegó a la conclusión de que él sería el que cometería un delito: mataría a su mujer dentro de tres años, el 27 de agosto para ser exactos, cuando la descubriera en infidelidad con John Lodge, compatriota de ella que se acababa de mudar a su edificio.

 

EL FOLIO QUE ESCOGERÍA

Entre las manos un folio que se había desprendido del resto del bloc, con una arruga en la parte superior derecha, con letras unas detrás de otras formando lo que siempre forman las letras: palabras, oraciones, párrafos, pensamientos, intenciones, y otras ideas más.

En la parte superior, el título, en mayúsculas, subrayado, como la gran mayoría de los títulos.

Debajo una letra difícil de hacer y descifrar con voluntad y deseos, en ocasiones conmovedora, que resaltaba los espacios en blanco, o por lo menos así a mi me lo parecía.

Realmente insultantes, sin lugar a dudas, los acentos, las diéresis, los puntos, las comas. Febriles, burlonas. Como si estuvieran en otro plano más cercano, pintados en rojo.

Los números salvajes.

Antes de quedar impresa la tinta sobre el papel una tinta azul, vulgar, seguramente de un Bic la mano le pasó por encima quitándole parte de lo que era su normalidad, lo había alisado por última vez, le había robado la electricidad estática que se acumuló al rozar con los otros folios también blancos.

El universo del folio había cambiado.

Después de leer, como si se tratara de un descubrimiento aquella hoja, me reconocí en ella. La había escrito yo, era testimonio de un pasado mío de tres años. El contenido no ofrecía ningún interés. Las circunstancias que lo rodearon tenían únicamente valor para mí.

Voy recordando cada vez con mayor rapidez, intentando olvidar cada vez más despacio, llega un punto en que el recuerdo supera la capacidad del olvido y ya estoy desorientado, los recuerdos me acaban de emborrachar una vez más.

Me caigo de la silla riendo sin parar, me golpeo la cabeza contra el suelo, el dolor me hace reír aun más. Intento levantarme, pongo la mano encima de la silla giratoria que se me escapa hasta ser frenada por una de cuatro paredes.

Acabo por no levantarme, me quedo tendido en el suelo y a mi lado un folio, el mismo de antes. Lo miro, ahora me entristezco, lo arrugo y lo tiro. Por la noche soñé que como treinta o cuarenta folios flotaban formando un circulo sobre mi cabeza, en la misma habitación que los escribí. Inmediatamente alargaba la mano dudando hasta el último momento cuál coger, si coger alguno. 

Categorías: Escritores amigos

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