10:39 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Carlos Esquivel Guerra

Siempre me ha resultado difícil hablar bien de los amigos, porque lo menos que puede suceder es que alguien piense que uno anda buscando cualquier ventaja en ello. En el caso de los escritores, máxime cuando se tienen amigos comunes, a veces uno se pone en aprietos cuando los tiene a los dos en la balanza y no sabe por cual decidir. Pero puesto a arriesgarme, me arriesgo a confesar que me considero amigo de Carlos Esquivel Guerra (*) desde aquella vez que viajamos acompañados por Ramiro Duarte, en la cama de una incómoda camioneta que entonces tenía el Centro Provincial del Libro, y comprendí que pobre del escritor que no sea amigo de otro escritor. Todos vivimos en el mismo rincón fabular. Y como este Carlos (también tengo otros amigos Carlos) me dijo en su respuesta correo: “Amigo Casanova, aquí te envío una muestra de mis poemas. Diez cuartillas (…) con el tema del cine, pertenecen a un libro que está a punto de salir por la editorial Letras Cubanas”, yo se los entrego todos para su disfrute.

(*) ACERCA DEL AUTOR: Carlos Esquivel Guerra  (Elia, 1968). Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado más de veinte libros, entre los más recientes se encuentran Los ciclos de nadie (poesía, antología personal, 2013), Cuarteaduras (Poesía, 2013), Hablando mal de los otros (Cuento, 2014), Once  (Poesía, 2014). Próximamente aparecerán cuatro libros suyos. Ha logrado múltiples reconocimientos nacionales e internacionales, en los últimos años destacan: premio El Zorzal (Argentina, 2012), premio III Concurso de relatos Ciudad de Oviedo (España, 2012), finalista del Premio Internacional de Poesía Jovellanos El Mejor Poema del Mundo‘ (España, 2014) y finalista del Premio Herralde de novela (España, Editorial Anagrama, 2014). Textos suyos han sido editados en revistas y antologías de España, Italia, Alemania, Canadá, Estados Unidos, México, Chile, Argentina, Uruguay, Perú, Colombia, Venezuela, Nicaragua, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba.

 

La película Mulholland Drive vista en un cine de Barcelona

Estamos en el desfiladero,
antes de nacer, antes de que la navaja
nos arrastre como vencedores.
No lo somos: en el humo, prohibidos,
casi muertos, como si lo fuéramos.
Nos hundimos en bufones tranquilos,
para aquietar, para una lenta niebla que nos persigue.
Culpables: estamos en el humo, prohibidos, casi muertos,
como si lo fuéramos.
Esperamos a que el prisionero venga hasta nosotros.
Quizás debemos ser un olor, no más que un olor, serlo.
Otros respiran muy bien,
nosotros nos tumbamos sobre la hierba,
para eso somos hábiles,
para eso y para maldecir.

 

La película Acorazado Potemkim vista en casa de L

Potemkim en una trampa de ciudad como un objeto a la intemperie, un jardín de naves que se atragantan, lejos de las lunas de octubre, lejos de Eisenstein, un letón como nieve de estío.

Potemkim deshabitado en archipiélago de idiomas, en un bosque de mangos y muertos, esperando el vértigo de renuncias: corrompiéndose como los espejos y las lunas de octubre.

Potemkim, óleo de hierro, máscara de paz/ el cuerpo de Svetlana
                                                                      el cuerpo de Ruslán
                                                                      el cuerpo de Serguéi
                                                                      una zarza
                                                                      un hijo
                                                                      unas sombras
Desacorazado por mi dolor, cubierto por las moscas que respiran en una misma foto.

 

La película Una noche en la tierra vista en un cine de Bogotá

Yo espiaba a la montaña si quería venir a mí, para que una montaña de clockers salga a buscarte, hay que fluir. Fluir por el desagüe. Como una rata fría. Como una rata que teme a ratas disparejas de otras calles.
En un taxi ceremonial, acercándome a una puerta de balbuceos, dormido: muerto.
Mi alegría es viajar en el desagüe, sin saber que los hijos duermen en los arbustos, o en jaulas, o no duermen. Tal vez no existen. Voy como por una ciudad de tragantes y no espero llegar, nunca llegar.

 

La película Deep Throat vista en un hotel de Caracas

Era la Mujer Gato, y se hundía en uno peor que sanguijuela, deslumbraba en el desfiladero de bestias vedadas. Ponía velas, cancioncillas silvestres, y a afanar. Raspaba, o soplaba: la apariencia era de un juego al aire libre, un juego entre una liebre y una gata. Algunas hacen lo inimaginable por destrozar: se refugiaba en honores de rueca antigua. Hasta que las otras se agitaron en sus corrales y la desafiaron. Huyó y supimos que volveríamos a absorber a putas deteriorándose en las avenidas luctuosas de la superficie.

 

La película Dogville vista en casa de Etnuel Etxebarría

Temo a mi caída como a la caída
de un apóstol siniestro.
He maldecido las cosechas de mis enemigos,
fui fiel y deprimido,
prolongué las flotaciones de mi dolor
sólo por ser dolor desgastado.
Poseí en vida carretera del infierno,
oblaciones amadas.
Escribí con el log de la mano izquierda
pero fui inocente.
Como un perro me alisté a confundir
lo que me rodeaba:
destierro, desnudez, ardor, laberintos.
Si tuve miedo alguna vez
no fue a emboscarme en el miedo.
¿Podré devolverme a mi caída?
Sólo eso me igualará en la caída del otro.

 

La película El Oso vista en un cine de Las Tunas

Golpeando con la gloria de ser el último,
uno más en la real marcha hacia lo postrero.
En busca de algo superior a lo que deduce,
algo más cerca que despertar.

La película Robin Hood vista en casa de M

Un día me cansé de ser burdo ladrón, abandoné campos de Sherwood u otro campo, me sepulté en noches con putas arqueadas por la corona, de whiskeys útiles para carcomer. Me cansé de Marian, una espía respiradero, reliquia esquivada por los transportadores de inmundicias irlandesas. Me aburrían cuasi baladas de Scott y luna errante leía con gratitud albañales de Gottfried Benn. Coleccionista de barcas tropicales, quebraba aleaciones entre el humo de las batallas sinuosas que sufría otro, jamás yo, nunca Robin para matar o morir. Odié a Scarlett, molinero innecesario y que presumía dolores rotos, países rotos. Me cansé de una tropa de tamborileros tocados, permitidos como hombres de cordura. Me cansé de romper la diana con la última flecha, muy a pesar de que disparara a parte real, parte invisible.

 

La película Memorias del desarrollo vista en casa de G

Ni quien ha querido encontrar lo que perdió, ni el quien sufre sin saber el precio, el riesgo de fingir: despertar. Ninguno puede. Están demasiado distantes del verdadero camino.

No me duelen más cosas que los dolores que no tuve: temer a las imágenes de esa lluvia en La Habana, las montañas cercadas por unas máscaras de frío, la inocencia sollozada ante los espejos, mi dolor de muerte, prohibido por el aire efímero de un fusil apuntándome. Así he puesto nombre a esas sombras. Así he puesto mi olvido en ellas.

 

La película El puente sobre el río Kwai vista en un cine de Camagüey

Por orden de usurpadores muero como héroe/apóstata en una selva de Tailandia, batallas para corromper lápidas, hijos divisorios. No me pervierten a condición de unos guerreros montados en el planisferio lingüístico, si los de abajo frisan las odas, repican en himnos de fieltro.

Por orden de usurpadores muero como héroe/apóstata a la orilla del Tigris, morir como un hijo atravesado por las sombras de whisky, por el aire de las ovejas. He probado a matar sin ser podrido, sin que me aplasten loas de constricción, mordido por una boca africana, una boca de raspar piedras de ciudad.

En un puente sin caer, hacia el silbido balbuceante entre la niebla.

 

La película El sabor de las cerezas vista en un cine del Vedado

La yerba encima, el cielo debajo, o presumiblemente al revés, como en el poema de John Clare.

No me busquen para resucitar: estoy cansado, bebí en lo sonoro de la ciudad, coseché peores argumentos que la mujer apacible, la mujer pública. No supe desterrar amores carnívoros, franjas de un muerto fugaz.

Eso soy. Una visibilidad que recuerda nombres mezclados con fantasmas.

Me sepulto ilícito como un vivo con una piel cercenada por perfumes de paz.

La yerba encima. O el cielo. El polvo reintegra a los hijos para una madre temblorosa. Los hijos de esas arañas invisibles que rasgan en la pulpa de las cerezas.

        (Nota: Todos los poemas pertenecen al libro Café Lumiére,  que será publicado por la Editorial Letras Cubanas).

 

Categorías: Escritores amigos

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