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Esperanza de la Caridad Acosta Pérez

Como uno de esos recuerdos que uno guarda escondidos en la memoria y no logra desenterrar, así me sucede con la primera vez que electrónicamente contacté con Esperanza Acosta (*), cuya pasión por la literatura le viene desde niña y según ella misma confiesa, escribe porque le encanta y yo diría más: porque ya no podrá dejar de hacerlo jamás, aunque lo deseara. Entonces, con un tanto de placer por desnudar el alma, y otro tanto de temor porque la vean en la intimidad, Esperanza va trazándonos su ruta sentimental, plena de franqueza. Que a fin de cuentas, tal característica es más sincera que las de quienes escriben con afectación académica. Con unos cuentos que a veces parecen poemas y unos poemas que tienen algo de narratividad, descubrimos a esa persona que hay detrás de unos textos despojados de toda vanidad e ilusión trascendentes.

 

(*) ACERCA DE LA AUTORA: Esperanza de la Caridad Acosta Pérez (La Habana, Cuba, 1959). Secretaria de profesión, escribe desde muy joven aunque todos sus poemas y cuentos, agrupados en libros, permanecen inéditos.

 

 

EL SILENCIO

¿De dónde le llegará la fuerza a ese corazón que lo mismo pide que  regreses o que no lo hagas?

Me quedo callada y observo esas lágrimas que no pueden ser malas si en realidad te das cuenta que es bien difícil dividirse en dos.

 

PORVENIR

En algún lugar lejano sueño vivir,
rodeada de árboles azules en amaneceres quietos y entre sonrisas mañaneras de café humeante.
Muy tranquila y los ojos brillando.
No me mates la ilusión diciéndome que es un sueño.

 

EL VIENTO

Bate el viento y las hojas caen al suelo.
Se arremolinan y  te envuelven como si de otoño te vistieras
Luchas contra las hormigas y el polvo  que te marcan el cuerpo.
Entonces me veo atrapada en ti,
entre las hojas caídas de un libro que no logro escribir.
Como con alas de paloma herida aunque sin esperanzas de volar.

 

MAL AMOR

Perdida para la mía ya está tu boca.
Se evaporó el recuerdo en algún lugar que desconozco
Se apagó el deseo y la lujuria tras el gesto que hiciste al encontrarnos
Me borraste como a un sueño que no se recuerda en la mañana.
Por eso, no deberías pasarme por la mente como un destello,
si el viento sopla fuerte o un pregón sacude la mañana.

 

LA MADRE

Sentada en el banco de portal, la abuela mira la calle nueva o casi nueva para ella, apenas lleva viviendo en esa casa unos meses. Al principio le gustaba, pero pasaron cosas, aun no define muy bien cuales y entonces quiso dejarla atrás y empezar de nuevo; aunque no fuese acogedora la que encontrase, ni cómoda ni tan ventilada. Piensa que todo es culpa de ese muro gris de piedras robadas al mar que no la deja estar tranquila. Cierta vez se dijo que probaría pintándolo completo o casi todo, si alcanzaba la pintura, de blanco o de cualquier otro color claro a ver si  la opresión de pecho y la cabeza se le quitaban. De noche, tirada en el sofá, repasa su vida y su soledad vuelve a golpearle.

Casi diez años atrás, Jennifer no se le despegaba, agarrada de sus piernas, y aunque le aseguraba que conocería al pato Donald, a Pluto y a Mickey Mouse y que podría jugar con ellos, algo le decía a la niña que no todo era como su abuela le contaba y que demoraría en regresar. La hija daba vueltas por el amplio salón y aunque ella no lo supiera o fingiera no notarlo, sus ojos no se le quitaban de encima, grabando en su mente cada detalle de su rostro.

La abuela no quería llorar, por Jennifer y sus 4 años. Luego, el beso rápido, como rozando la suave piel de la niña y un abrazo no muy fuerte y el adiós y la puerta del cubículo para la espera de la salida del avión, cerrada tras las dos.

Vuelve a levantarse del sofá, tiene hormigueos en los dedos de los pies por tantas horas sin poder sentarse en el trabajo. Busca los cigarros que dejó en la mesita de la sala, toma el cenicero y se vuelve a sentar, enciende uno, y trata de retomar el hilo del programa de la televisión pero no lo consigue.

Vuelve a levantarse y va a la computadora, puesta encima de la cómoda porque no hay más espacio donde ubicarla, busca los archivos de fotos y videos y abre el que le llegó hace un par de días. Al principio no llora, pero luego las lágrimas salen solas, como un río crecido tras la lluvia. Por un buen rato llora sin consuelo delante de la computadora, se aparta para ir a sentarse en el borde de la cama, sobre el edredón.

Va calmándose el llanto. Al rato se levanta, apaga la computadora y  vuelve al sofá.

No logra entender nada. ¿En qué momento perdió la conexión sentimental que había entre ella y Jennifer? Cierra los ojos y pretende conformarse con seguir soñando que un día todo volverá a ser posible y como antes. No importan los años que siguen pasando, la fe en esa posibilidad la mantiene con fuerzas, aunque a veces el llanto la doblegue.

—No te preocupes, pronto podremos vernos, —le dice la hija en el video casero recién recibido.

Pero nada amortigua el sentimiento de estar perdida y no encontrar el rumbo. Por ese motivo piensa que todo es culpa de ese muro gris de piedras robadas al mar, y que si lograra pintarlo de blanco o de cualquier otro color claro podría recuperar a la familia. O quizás la solución sería volver a la casa antigua, no a esta que han comprado con el dinero que le envió la hija.

Categorías: Escritores amigos

One Response to “Esperanza de la Caridad Acosta Pérez”

  1. esperanza
    1 noviembre, 2015 at 11:56 pm #

    Yo quería agradecerte Andrés, por tus lindas palabras y si algún día lograra publicar algo de lo que he escrito, ahí habrá de seguro ,un pedacito de tu atención y un gran abrazo de mi parte.
    gracias otra vez y sigue ayudándome a tener la fuerza suficiente de seguir intentándolo.
    ojalá y pronto encontrara un editor o editora que me ayudase …es mi sueño.

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