10:40 am - Miércoles Septiembre 20, 2017

Maria Helena Sofia

Considero que es hermoso compartir sueños, y yo he compartido varios con María Elena Sofía (*), ella desde Buenos Aires, yo desde Las Tunas. El primero de esos sueños, lejano, casi perdido en las intenciones, fue fundar un grupo literario internacional por Internet al que llegamos a bautizar con el nombre de Ficcioneros e incluso, unas veces discutiendo y otras riendo con enorme cantidad de correos colectivos que nos cruzábamos, llegamos al intento de escribir una novela a 20 manos que anda por ahí todavía en alguna de mis carpetas electrónicas y considero, se trate de un emprendimiento de locura y de pasión. El otro sueño de esos Ficioneros al que pertenecíamos María Helena y yo, fue tener una editorial colectiva en la que nos repartimos las funciones incluso. Y uno de los más recientes, el que ella me publicara un libro de cuentos en su editorial de papel. Ahora cuando me responde, además de enviarme estos textos inéditos que aquí les dejo, vuelvo a encontrar su misma calidez de siempre y sus confesiones humanas a quien ella sabe que siempre tendrá disponible porque los amigos somos para aparecer cuando nos necesitamos.

 

(*) ACERCA DE LA AUTORA: María Elena Sofía (Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1968). Escritora, dramaturga y editora. Publicó los libros Primer fuego (cuentos), Perturbaciones y Dramaturgos bonaerenses (dramaturgia) y varias antologías digitales con otros autores. En los últimos tres años se dedicó a realizar sobre cartulina y de manera artesanal una colección de cuentos infantiles ilustrados e historias para niños, con los que participó en varias ferias del libro nacionales e internacionales. Trabaja en el ámbito editorial, en diseño y edición. Su sitio Web se encuentra en: http://www.mariahelenasofia.es.tl

 

INSTANTE SOMBRÍO

La oscuridad siempre espera,
un reloj en el pasillo transitado transeúnte
permanente la aguja en su noria,
desde las sombras quieto y sin detenerse
es el tiempo vanidad impaciente
esperanzada en la muerte,
aguardando la mirada necesaria de uno o dos.

Ansiedad escondida en los recodos
temiendo escalones y juicios, llámala,
niña, con tus ojos amarillos casas del sol
donde ahora picotean los gorriones despreciados,
invítala a que se detenga bajo tu falda colorida,
barrilete preso en los hondos trigales,
futuros panes comprometidos.

Dile que migajas, la breve medida del sueño,
el hambre de una jaula abierta no compran
una pizca de lucidez
cuando las sombras se elevan como martillos.

 

CANTO

Con flores escribo Universo
con pétalos doy color a las palabras,
mis ojos dan sombra a los pájaros,
el río corre, por la tierra pasan los hombres.

Para que suene el trino
voy al silencio del hondo valle,
choca una piedra contra otra,
entiendo lo que dicen y yo también canto.

¡Cállese la sangre!
Escuchen cómo redobla la vida
sobre nuestras cabezas.

 

MI ALMA

Está aquí
en permanente crepúsculo.

Silenciosa
escuchando al ave último del día.

Sentida
por derribar muros con los ojos.

Sola
desafiante de sus propias creencias.

Celeste
angelical en infantil espera de lo bueno.

Mi alma
está aquí hasta que amanezca.

 

LAS MANOS

Con un manojito de fideos
mi madre hacía un guiso.
Desenterraba una cebolla,
sacaba de su trenza de ajos
un diente sarroso.
De pronto
junto al tapial manaba orégano,
inexplicablemente
como las lágrimas de la virgen
de piedra.
Mi madre inventaba un tomate,
el gusto del tomate que no había;
quedaba un caldo del color rosado
de sus manos. Tal vez las hervía
para alimentarnos.

 

LA NIÑA DEL CAMINO

Era la niña roja, la niña hermosa,
caída la flor desnuda junto al camino.
A sus espaldas reinaba la muerte
y a su frente pasaba el mundo.

La noche y el cielo, sus ojos negros.
En este brillaba Venus,
por el otro se veía el infierno.

Era la niña roja, la niña hermosa.
Su pelo derramaba un vino de esmeraldas,
de su vientre brotaban mariposas.
Ella cerraba los ojos y él bebía su alma.

Un ave y una garra, sus manos blancas.
Con una inventaba el vuelo,
la otra el corazón le arrancaba.

Era la niña roja, la niña hermosa,
redundaba lunas su pecho desierto.
Visitante extasiado el labio trémulo,
en su boca guardaba el descubrimiento.

El barco y la playa, sus pies de plata.
En uno viajaba lejos,
el otro en tierra la esperaba.

Era la niña roja, la niña hermosa.
Clamaba por la luz a un paso del alba,
era una boca roja, toda una boca,
repitiendo un nombre que la llamaba.

Él era capaz de amarla y de olvidarla.
Con su amor sería eterna,
su olvido podría matarla.

Era la niña roja, la niña hermosa.                          
Caída la flor desnuda junto al camino.
Era un grito rojo, todo un grito
marcado a fuego en su boca, grito cautivo.

 

LUNA

Noria cósmica del poeta,
tras vigilias de besos y agonías
persistes
en cada grieta simulada en los muros.
Y desde esa sombra voluptuosa
enciendes y pretendes
al junco del día
y a la dama ansiosa de la noche,
pliegas cortinas y glicinas,
deshaces nudos, escondes,
materializas.
En tu regazo cae
la tarde
porque no tiene alas ni brazos
para resistir a lo oscuro;
sin embargo ella se guarda
como un hueso bajo tierra
un crepúsculo.
Crees
y llegará el amor a posarse suavemente
en esa turbada espalda que te busca
para hechizarte.

 

NADA MÁS

Me duele, rosa, tu espina
clavada en su mirada esquiva.
¡Ay, si llegase hasta mí ese perfume!
Aspirar la aspiración, rozar la nube.

Más allá de nosotros la noche
nos bendice, única presencia.
Quizás algún día testifique mi inocencia
o me juzgue culpable del reproche.

Prometimos sobre un lago de tinta
sumergidos hasta las manos,
¿Dónde la firma, la seguridad, los datos?
Recuerda, rosa, a tu espina recidiva:

partir sin amar no es volar,
pues volar es desgarramiento, lejanía, un puerto;
es dejar el alma atrás y llevar el cuerpo.

 

NADAR

Fui hacia el mar
descalza y sin palabras,
volví sin juicio y con las manos llenas de peces.
Caminé mil kilómetros
junto a un elefante,
di tres pasos en la Luna, cuatro en Marte,
fui un álamo carolina.
Probé las aguas insalubres
y la comida envenenada,
golpeé con furia, lloré una lágrima.
Perdí los dientes,
no el grito.
A yacer bajo los árboles
como una tumba
preferí
vociferar mi propaganda.
Cubrir ese mar con camelias blancas,
cruzar en carros de papel
tirados por abejas,
corazón de navegante bajo su estrella,
recuperé continente y contenido.
Eché un ancla, rendí mi espada,
quemé redes y velas, todo lo que arrastra.
Y en mi boca las mareas
dejaron el tiempo de tu amor tendido.

 

UN RAYO

La estrella celeste
va soldando los alambres,
pronto
una corona de púas enrojecida
cierne mi casa.

Sabemos hasta dónde
puede llegar el quebranto.

La hermana cigüeña
traerá un almita en el pico
–porque siempre en las tormentas
toda agua se aquietará
en lechos milenarios.

Cuando no les quede ni una gota
en el cuerpo
a los caballos les crecerán alas
y llevarán esos carros vaporosos
hacia Sirio.

Pero
con la sangre ¿qué haremos con la sangre?
¿Cómo sofocar ese estruendo rojo lavínico?

Otra vez cerrar el cuaderno,
embolsar los libros,
resguardar esta corteza
que no vale nada,
como encerrar los animales,
tapar las jaulas,
tuve que hacerlo
para cuando se detenga,
cuando el silencio.

 

ORACIÓN

Quisiera morirme suavecito
como el pétalo
que se desprende y se entrega
a las manos del aire.
No molesta, no hace ruido,
el sol brilla
y el árbol
sigue florecido.

Categorías: Escritores amigos

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