5:05 pm - domingo octubre 22, 2017

Rubén Patrizi

Cuando le pedí a Rubén Patrizi (*) su ficha curricular, me respondió con desenfado y humildad tales, que tuve que sonreír y a la vez sentirme satisfecho de ser su amigo, de haber compartido con él tantas verdades que traigo dentro, y sobre todo, de corresponder en cierta medida a la promoción que ha hecho él de mi obra literaria en su natal Venezuela. Lo demás, lo juzgarán los lectores por medio de sus narraciones.

 

(*) ACERCA DEL AUTOR: Rubén Patrizi. Filósofo y deportista. Venezolano al que le  gusta  leer, y caminar por  montañas. Director de la revista Voces, susurros, rumor y gritos. Aparece  en  varios blogs y revistas y tiene publicaciones  en España, USA, Perú y México. Sus blogs pueden encontrarse en:

http://vocessusurrosrumorygritos.blogia.com/
http://revistavoces.ohlog.com/profile
http://vistasdemipueblo.blogia.com
http://monumentosdecaracas.blogspot.com
http://elsaltodelarana.blogia.com

 

 

MALA SUERTE

Cerca de los catorce años estaba muy enamorado de una mujer mayor y, dizque, por que ella no lo quería, se tomó casi todo un frasco de pastillas. Las primeras que consiguió. El resultado fue tres días de intensa diarrea que no se le paraba con nada. 

El piensa que a partir de ese día empezó su mala suerte.

Un tiempo más adelante cortó una soga y la colocó en una viga en el techo. Se montó en una silla y cuando iba a colocarse la soga al cuello, a la silla se le rompió una de las patas y él fue a caer con toda su humanidad al filo de la pared abriéndose una gran cortadura en la ceja derecha. Resultado de su aventura le cosieron varios puntos en la frente.

Pero no. No todo quedó así, el amigo insistía y trato de cortarse las venas de las muñecas con un cuchillo, que, además de estar oxidado, era medio romo y lo que agarró fue una gran infección.

Según él, esto era el colmo de su mala suerte y para lograr combatirla, decidió lanzarse al vacío.

Subió a un cerro y observó el descampado, analizó su caída y las probabilidades. Pero en un descuido, la tierra bajo sus pies cedió y él rodó. Se deslizó por la pared de la cuesta, cayendo rápidamente, las ramas y los arbustos que crecían en la pendiente, amortiguaron su caída. Salió solo con rasguños, algunos moretones y corriendo, porque detrás iba un enjambre de furiosas avispas.

Al final el amigo estaba muy decepcionado y echaba la culpa de todo a su mala suerte. Entonces, decidió lanzarse a unas vías férreas. Y se fue al metro.

Esta vez casi logra su cometido, pero con tan mala suerte que al ver venir el tren; calculó tan mal la distancia, que tratando de caer al frente para ser bien arrollado, se lanzó al aire y el tren lo regresó en un solo envión, rebotando cual muñeco de plástico y cayó de nuevo en el andén. Resultado: unos huesos rotos, aporreos y moretones en general, una buena reprimenda y amenazas de ponerlo preso por tratar de asesinarse.

Por ahora, descansa tranquilo en su habitación. Se encuentra en una cama alquilada de hospital con un pie en el aire atado a ciertas pesas y medio cuerpo enyesado. Su mente divaga y está libre, planeando y maquinando la próxima aventura, a ver si sale de su mala suerte.

 

BESOS DE OLAS DE MAR 

–¡Te quiero mucho!

–¿Cómo cuánto?

–Así de grande –abre los brazos y los abanica.

–¿Qué es grande?, ¿un tren?

–Sí –sonríe y muestra los dientes de niña. –Un tren, un elefante, una ballena. Todos son así de grandes –de nuevo abre los brazos como si abarcara el mundo.

–Sí, todas esas cosas son grandes, ¿y qué cosas son pequeñas? –contesta.

–Una hormiga, una mariposa, un botón, un pececito de los de la pecera aunque hay mariposas grandes, pero no tan grandes como los elefantes –ríe al decirlo.

–Te envío un beso muy grande  –y de nuevo mueve los brazos como alas de mariposa. Me imagino una ola del mar que se va abriendo y enseñando su flor y que explota en mil chispas  blancas.

–Ese beso es como una ola del mar –le contesto.

–Sí, y te envío otro más grande –de nuevo abre los brazos; esta vez hace un gesto exagerado como queriendo abarcar más, y mi imaginación vuela y es una ola enorme que se va expandiendo hasta llegar muy cerca de la orilla y una vez allí, descarga su ímpetu en un estallido del mil estrellas fugaces.

–Bueno otro beso de ola de mar, y otro y otro.

–Esos besos de ola de mar tan grandes.

–Sí, como mi amor.

–¿Tu amor es así de grande, cómo tan grande?

– Desde aquí hasta el cielo.

–¿Y que es más grande que el cielo?

Hace un silencio, deja de sonreír, se pone pensativa; una pequeña arruga se asoma en su ceño como un signo de interrogación. Pasa en segundos y así mismo regresa la sonrisa a los labios, ya tiene la respuesta, fue como una nube que tapa a la luna y todo se oscurece y de pronto se diluye la sombra y de nuevo la plata de sus rayos ilumina la noche.

–¡Umh! –expresa– más grande que el cielo es el amor que te tengo.

Y brinca en un pie y brinca en el otro, como para demostrarme su  triunfo, y ríe.

(Fragmento  del  libro  conversaciones  con  Patricia)

 

A  VER LAS ESTRELLAS

“Abue, ¿cuándo vamos a ver las estrellitas?”

Buscando una estrella en el cielo nublado, la niña mira las luciérnagas que revolotean entre los árboles, me pregunta curiosa: “¿Y esas lucecitas no son estrellitas?”, me río en silencio, su ganas de ver estrellas es inmensa. Le contesto serio: “Sí, también son estrellas, estrellas del bosque, que ayudan a las hadas a recorrer los senderos”.

“¿A las hadas Abue?”.

“Si amore, cuando una noche como esta, nublada, la luna no deja ver su luz de plata, y los senderos se oscurecen como ahora. ¿Ves?”.

“Ah si, Abue. Entiendo. Entonces estas estrellitas señalan su camino”.

“Si mi amor, ¿ves cómo se mueven?; ahora, en cuanto las nubes se vayan, vas a ver el cielo y allí en esa inmensidad vas a notar cómo se ilumina con tantas lucecitas”.

“Verdad abue, son muchas. No había visto tantas así, desde la casa no se ven tantas”.

“Acá en el monte se ven las estrellas con más intensidad porque está muy oscuro, entonces se ve mejor lo que está arriba. Las estrellas son muchas e infinitas, están muy distantes pero se ven muy cerca”.

“Si Abuelito, estoy feliz de que me hayas traído a ver las estrellas. ¡Mira cómo brillan! ¡No las puedo contar todas!

El sueño vino a dominar a la cansada niña, que dormía feliz luego de haber visto tantas estrellas.  

 

SABRINA, LA SONRISA DE LETRAS

En el vaivén del columpio, entre las risas de niños y una suave brisa que acaricia las tiernas cabelleras y las hojas de los árboles dándoles un murmullo de olas de mar, se encuentra Sabrina con una sonrisa de A, mostrando dos dientecitos. Se agarra con fuerza a las cadenas del columpio, mira el azul cielo y al verde césped en cada vaivén pendular.

Unas risas como florecitas del campo que brotan en los caminos, se oyen por doquier; hay fiesta y algarabía en el parque, hoy los niños vinieron a jugar, inundándolo de alegría.

A veces vienen todas las tardes a gastar sus energías, brincando y saltando en los aparatos disponibles: la rueda, el columpio y el tobogán; y corriendo a través del césped mullido entre las flores de cayena y árboles que dan sombra al parque infantil.

Vienen con sus globos de colores, con sus ayas y sus madres, con sus golosinas, con sus juegos y llantos.

Sabrina ahora trae una sonrisa de U, toma de la mano a su madre y la lleva a un recodo del camino cerca del jardín, y allí se agacha mostrándole un caracol que va en su eterno andar, con su casa a cuestas, llenando de curiosidad a todos los niños.

Ahora lleva una sonrisa de A, de A muy grande, va con los brazos abiertos donde la madre la espera para abrazarla y besarla, para apretarla en su pecho estrujándole su amor.

A veces lleva una sonrisa de E, cuando da una sorpresa a su madre tratando de asustarla fingiendo que va a caerse mientras corre, o cuando le abraza las piernas en un acto de amor.

Tiene una sonrisa de O cuando ve una ranita, y la sorpresa no le da tiempo de reaccionar. La quiere asir y la ranita se le escapa, dando un salto, dando otro, mimetizándose entre el verdor de las plantas y desapareciendo como un mago en plena actuación.

Ahora lleva una sonrisa de I, se acerca a su hermano que trata de pintar estrellas, que pinta el sol y las nubes de rosa, que hace atardeceres con colores de iris, él muy serio juega a pintar. Circunspecto, no le hace caso y sigue ensimismado en su labor, rayas acá, rayas allá, dibuja dragones en las ramas de lo árboles, pinta castillos sobre montañas sagradas, ríos lejanos que van al mar, un mar de sueños y gnomos, de ondinas y hadas, un mar verde, que la fantasía llena de barcos, de islas, de ilusiones.

Sabrina le habla, le toca, le llama, su hermano muy serio no responde porque está ocupado en su labor de pintar cuanto se le ocurre.

Ella con su sonrisa de guión (–) se retira viendo a su madre y con los ojos tristes se va a corretear tras el gato que está debajo de la banca; entonces cambia su sonrisa a una U, y tremenda se le acerca queriéndolo tocar. El gato, arisco, se escapa. A Sabrina se le transforma la sonrisa en otro guión (–), sorprendida por el brinco del gato tan alto, y sus ojos redondos se llenan de luz. Allí hay una sonrisa de U invertida, una mueca de dolor, tiene una espinita en el dedo, corre donde la madre que la sana rápidamente, y olvidando los percances sufridos, corre por el parque, cantando, riendo, brincando, con sus cambiantes sonrisas.

Una A, muy grande a veces, mostrando dos dientecillos. Otra A, esta de amor. Una O de sorpresa, y sálvese quien pueda. También canta el borriquito mostrando sus dientes con sonrisa de letras.

De la A, a la E.

De la I, a la O.

Y de la O, a la U.

Cantando que el borriquito sabe más que tú.

Y continúa cantando y se ríe. 

Categorías: Escritores amigos

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