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Abundando en la construcción de los personajes

No quedé muy conforme con todo lo expresado con anterioridad acerca de los personajes, no porque lo que haya escrito me parezca incorrecto, sino porque lo considero insuficiente.

Está claro que al parecer, los personajes tienen psicología e incluso que algunos se parecen en sus reacciones ante los fenómenos externos, a ciertas personas que conocemos. Esto lleva a errores a los lectores, al considerar que los personajes son personas y le atribuyen una cierta psicología, sin tener en cuenta que un personaje, por importante que sea en una obra literaria, no es más que una construcción hipotética del autor.

Porque en realidad eso de decir que el autor no es el narrador, sólo es una hipótesis de trabajo constructiva para poder encarar cada trama desde una posición o punto de vista privilegiado, libre de ataduras. Pero desde luego que detrás de cada narrador están los criterios en general del autor. Y tanto es así, que no hay dos escritores que narren de igual manera un mismo fenómeno, porque la narración (cuento o novela) no es más que una construcción hipotética a la que se le supone un espacio y un tiempo poblados por personajes, elementos narrativos todos que no tienen existencia en el mundo real en que vivimos, por mas que se le parezca a esa realidad real.

Para que se entienda mejor esta posición mía acerca de los géneros narrativos de ficción, iré más lejos. Los historiadores, que muchas veces describen con lujos de detalles batallas o acontecimientos históricos supuestamente reales que ocurrieron cientos de años atrás, ¿qué pruebas tienen de que cierta persona a las que ellos aluden, pensaban de tal manera o reaccionaron de la forma que ellos dicen? ¿Quién puede saber lo que realmente dijo Napoleón cuando supo que sus tropas habían perdido la batalla de Waterloo? ¿Quién puede asegurar que Caupolicán sentía odio contra los conquistadores españoles? ¿Cómo estar convencidos de las circunstancias reales en que murieron cientos de héroes que existieron en la realidad? ¿Cómo asegurar las palabras que le dijo un general a uno de sus ayudantes de campo, minutos antes de ser atravesado por una bala enemiga?

Pues si estamos conformes de que las descripciones históricas que leemos llevan algo de la impronta del historiador que las relata, ¿cómo no admitir entonces que el escritor de ficciones no es más que un gran mentiroso, en el sentido lato de la palabra?

Porque los personajes de los escritores de ficción no son jamás seres humanos, por mucho que se les parezcan. Y entonces pretender estudiar en ellos su psicología es un vano intento de capturar lo inasible.

Desde luego, eso sucede en gran medida porque en la narrativa contemporánea algunos escritores y la crítica literaria asumen el concepto de la verosimilitud de manera extrema y equivocada. Verosimilitud no quiere decir que lo que yo cuento se tiene que parecer a la vida real, que tenga que regirse por sus leyes. Verosimilitud lo que quiere decir realmente es que lo que me vienen narrando sea creíble con las propias reglas de la lógica interna que me impone el relato. Solo con tal principio puedo entonces tener plena libertad para crear personajes al parecer absurdos sin que por ello tenga que recurrir al género de la ciencia ficción.

Otro mal que estamos arrastrando en esto de escribir y de leer, es que consideramos que la narrativa sirve para algo diferente a lo que no sea leerle sin otro fin que la lectura en sí misma. La narrativa no convence a nadie de ninguna doctrina filosófica, ni persuade a alguien que abandone su errada forma de vivir. La narrativa no es para hacer propaganda política ni para enseñar historia o la forma de componer música. La literatura sólo tiene una función: ser leída. Y los personajes no son más que los entes de ficción que le permiten al escritor escribir narrativa.

Lo dicho hasta aquí no significa que esté negando los métodos de construcción de los personajes por parte del escritor, sino que una vez construidos los mismos lo que le corresponde al lector (sea un lector que asume la literatura en su sentido de simple juego o diversión; o bien se trate de un crítico literario que pretende descubrir o crear reglas de escritura) es simplemente evaluar, no la construcción misma sino la filosofía de los personajes.

Al analizar la filosofía de los personajes, nos estamos ubicando como lectores y lo que debemos tener en cuenta es la relación existente entre cada personaje con la dramaturgia de la narración concreta que se esté leyendo o analizando. Porque la construcción de los personajes por parte del escritor posee otras reglas, por decirlo de alguna manera con el lenguaje de lo obligatorio.

Ya traté en otro artículo la regla de la función actancial, por lo que no volveré sobre ella. Dicha regla está más vinculada con la dramaturgia de la narración en sí que con la construcción de los personajes, pero tiene incidencia en los mismos por lo que en cierta medida me parece una regla ambivalente.

Esas otras “reglas” que debe tener en cuenta el escritor durante la construcción del personaje a mi juicio son los atributos antropomórficos de los mismos, que es en lo que desea detenerme.

Teniendo en cuenta que el antropomorfismo es la tendencia a atribuir características humanas a algo que en sí no es humano, resulta obvio que todo personaje tiene al menos un atributo antropomórfico, incluido el caso de los personajes de las novelas de ciencia-ficción en los cuales se nos presentan por lo general seres extraterrestres y monstruos inexistentes en el planeta Tierra.

Dichos atributos podemos reducirlos a:

1º El uso de la palabra.

2º Tener un cuerpo material.

3º Tener una vida interior (a la que falsamente se le llama psicología del personaje porque entran en ella los sentimientos, las emociones, las creencias, las meditaciones, etcétera.

4º Vivir en un medio concreto caracterizado por un espacio (sin que sea necesario mencionar el lugar geográfico) y un tiempo (sin que sea preciso especificar la época que transcurre).

5º Tener una identidad precisa.

Creo que también resulte obvio que ni los personajes de las fábulas y los cuentos infantiles (generalmente animales y objetos inanimados como árboles, automóviles y otros objetos de la vida cotidiana) pueden escapar a estos atributos mínimos a la hora de ser construidos para propiciar el desarrollo de la trama.

Es por tal motivo que, en dependencia de la función actancial que tenga el personaje dentro de la narración concreta que se vaya a escribir, el autor debe elegir para el mismo uno o varios de tales atributos, buscando inducir al lector a que crea lo que se le está narrando como algo posible, porque se quiera o no admitir así, toda narración (cuento o novela) lo que pretende es imitar en mundo de la realidad real.

De ahí que algunas veces sea necesario ponerle un nombre y hasta apellidos a determinados personajes, mientras otros basta para asignarles una identidad simplemente esbozarlos con determinadas características al estilo de el hombre gordo, la mujer del pelo largo y el lunar en la cara, etcétera. De algunos resulta imprescindible relatar su biografía en detalles, otros en cambio entran como de pasada en la narración y con unos datos mínimos basta para que cumplan la función actancial que se les asigna. Si he comenzado por referirme al atributo que llamo identidad precisa, es porque se trata de lo primero que necesita el lector para identificarse y reconocer a los personajes  a todo lo largo de la narración, concediéndoles mayor o menor importancia. Aquí se cumple que a mayor cantidad de datos de la identidad de un personaje, mayor es la importancia que tiene en la narración concreta que se construya.

La vida interior en mi parecer es en orden de importancia la que sigue a la identidad. Un recurso que se emplea generalmente para dotar de vida interior a los personajes es observar personas reales, las que pueden ser conocidas integrando los tres factores siguientes:

1º Lo que dice esa persona de sí mismo y de los demás. También el lector evalúa a los personajes por lo que hablan dentro de la narración.

2º Lo que dicen otras personas sobre la que estamos evaluando. También los lectores van conociendo a cada personaje por lo que dicen los otros sobre él. En este caso, lo que dice una persona sobre otra depende del grado de empatía que exista entre ellos, por lo que la evaluación puede ser más objetiva o más subjetiva. También el escritor se vale de tal recurso, de manera que puede aumentar la intriga durante el desarrollo de la trama y tenderle trampas al lector.

3º  Lo que piensa esa persona de sí mismo y de los demás. De manera objetiva, es este el factor más difícil de evaluar en el mundo real, por no decir imposible, por cuanto a pesar del estudio de la Psicología, no existe ningún equipo que verdaderamente sea capaz de leer el pensamiento de los seres humanos. De ahí que los escritores recurran a artificios de ficción tales como el monólogo interior, los diarios íntimos del personaje encontrado luego de su muerte, el narrador omnisciente que se mete dentro del cerebro de los personajes y otros tantos recursos que están en las novelas y cuentos que leemos a diario.

Por mediación de estos tres factores, el escritor va dándonos a conocer cada personaje dentro de la narración. Sin embargo, un escritor profesional jamás piensa que un personaje de ficción sea una persona, pero sí le conviene para ganar lectores que estos establezcan un signo de equivalencia entre personajes y personas, lo que contribuye al cumplimiento de la regla de la verosimilitud.

El cuerpo material, aunque no se describa, por el hecho de estar el personaje en la narración ya se sobreentiende que lo tiene. Si amarramos al lector a una determinada descripción  física, está obligado a aceptarlo. Si no lo describimos con precisión, el lector queda en libertad de imaginarlo. Pero el hacerlo de una manera u otra, una vez más, depende de la función actancial que le asigne el escritor a ese personaje concreto.

La existencia de un plano espacio-temporal (regla que he denominado vivir en un medio concreto) también forma parte de la regla de la verosimilitud y por tanto es algo obligatorio construirlo, pues resultaría absurda una narración con personajes viviendo en ningún lugar  y en un tiempo inexistente. Y aunque no descarto la posibilidad de que algún escritor llegue a crear tal narración y resulte verosímil, hasta ahora doy por sentado que no se puede prescindir de esta regla en la narración, por mediación de la cual el escritor está obligando una vez más a creer que los personajes son personas.

Sólo si aceptamos estos requisitos podremos crear personajes libres dentro de nuestros relatos de ficción, que sean capaces de moverse dentro de un cierto plano espacio-temporal regido por la dramaturgia, y no por las leyes del Universo real existente.

En relación con esto, volveré en el siguiente artículo sobre la dramaturgia en la narrativa.

Categorías: Artículos literarios

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